Yo era Orteguita. Con las medias bajas y la camiseta de River fuera del short, pateaba con esmero una naranja por la vereda de mi cuadra, dibujando un amague ante cada vecina, enganchando para hacer pasar de largo los colectivos, tirándoles cañitos a los perros callejeros que osaban disputarme el jugoso balón. No es que creyera que algún día me iban a pagar por jugar con la banda roja sobre el pecho. Pero andá a explicarle a un changuito de ocho o nueve años que ese mundo de defensores urbanos y gambetas que siempre resultan bien no es más que una preciosa ilusión. Y que con el correr de los años esas fantasías van quedando olvidadas junto a los muñecos articulados, la honda con goma tubito y la mancha congelada.
Sin embargo, ya que estamos en plena confesión, les cuento que una vez a la semana -dos, si tengo suerte- desempolvo mis sueños de la infancia. Así como hace 20 años lo irreal se mezcla con lo real sobre un verde césped que es de mentira. La cancha es chica, aunque lo suficientemente grande como para que un contraataque fatigue a los dos equipos. Vamos cinco de un lado y cinco del otro, siempre procurando una distribución equitativa de las capacidades (y, de ser posible, que cada bando tenga su arquero especializado). La táctica es una organización tácita, salvo cuando alguno aclara "yo voy arriba" o "yo me quedo abajo". No tenemos árbitro, pero hay un señor que hace sonar el silbato al final de la hora para dar por concluido el encuentro.
Son escasos los minutos, si los comparamos con aquella fantasía constante de hace dos décadas. Pero en esa canchita, señoras y señores, me pongo la casaca de River fuera del short, me bajo las medias hasta los tobillos y vuelvo a ser Orteguita. Las gambetas no resultan tan bien como ante las vecinas, los colectivos y los perros. Pero mis compañeros me perdonan. A ellos seguro les pasa lo mismo. Por algo todos llevamos a esos partidos camisetas diferentes.