Por Jorge Namur

Y fue esa madrugada cuando la gelatina hizo su aparición.

La cotidianeidad de mi vida, la de ese tranquilo y despreocupado vecino llamado Francisco Barquez, el que yo era, esa bucólica imagen fue destrozada de raíz aquel amanecer: un día podía aparecer como una remolacha, otro como un desgarrado hongo atómico para aparecer al siguiente convertida en ágil colibrí de metálicas y variadas tonalidades del rojo.

Era esa hora en que el cielo trasunta distantes llamaradas que me lleva a rememorar aquella similar en la que parece que la llanura fuera a decir algo aunque ni Borges ni la llanura nunca lo dicen; podía tratarse del incipiente día o de los distantes reflejos de la urbe sobre nubarrones tiñendo de fuego la encapotada bóveda, también el agua que escurría por los vidrios de mi ventana se veía rojiza. La estación lluviosa subtropical se prolongaba en un otoño fresco y húmedo, los tímidos gorjeos de aves nocturnas en plena migración me devolvieron a la realidad: abrí los ojos y alcancé a divisar esa presencia movediza, traslúcida y rojiza palpitando sobre la vidriera. Permanecí quieto y aterrado hasta que la luz del día borró con su franqueza los noctámbulos fantasmas. Pude superar el mal trance haciéndome a la idea de que se trataba de un sueño nefasto porque, te digo que a pesar de que nunca soñaba o al menos no tenía conciencia de ellos, siempre me ha gustado alardear de que nunca sueño, especialmente desde que descubrí que la mayor parte de las personas no soportan la idea de que alguien pueda morir cada noche para resucitar nuevamente con el día, o viajar a ese país sin memoria ni recuerdos tan parecido al infinito tiempo que precede a la vida consciente, desde la original explosión con los elementos, transmutando, repeliéndose o atrayéndose hasta organizar la mortal consciencia, el temporal conocimiento. Muchas de las veces que lo he contado, invariablemente me responden que es imposible no soñar ya que la mente se libera con el mismo y etcétera: que seguramente los olvido, algunos han invocado a Freud y toda su perorata sobre el mundo onírico como si este señor fuera infalible olvidando que muchos de sus preceptos han quedado circunscriptos al reprimido período victoriano. Pero esta fanfarria es también un poco de exageración porque si bien es cierto que muero con la noche para renacer con el día, hay algunas oportunidades en las que sueño o que sigo vivo. Son escasas ocasiones en el año, pero existen; sin embargo con el paso de los días al querer evocarlos me resulta imposible, puesto que también los he olvidado.

Pero en sucesivos amaneceres volví a comprobar que mis peores pesadillas eran recurrentes.

La siguiente noche no era ya un agua escurridiza sino algo que palpitante parecía arrastrarse o reptar transparente sobre el vidrio. Supe en el instante que ese ser tenía alguna forma de vida, distinta pero también consciente, y el terror me impidió moverme o expresarme, aunque ningún escándalo hubiese solucionado nada puesto que me hallaba solo en la vivienda.

El amanecer volvería invariablemente a desvanecer mis temores pero la vigilia comenzaba a ser la antesala de peores momentos. Los días mutaron a ser de sobresaltos y nerviosismo.

Pálido y desconcentrado se lo conté a mi padre, éste trató de hacerme volver a la cordura azuzándome con epítetos irreproducibles.

Pero para mí todo esto no era nada simple y casi imposible de realizar.

"Eso" volvía cada amanecer a asentarse sobre la vidriera y desde allí parecía espiarme silenciosamente, auscultando mis mínimos movimientos.

Cada vez dormía menos, permanecía largas horas en vigilia y el descanso era casi nulo, por lo que me veía pálido, decaído. Llegué incluso a recordar las gelatinas de mi predilección en mi infancia, cuando enloquecía por comerlas. Rememoraba aquellas temblorosas compoteras que mi madre preparaba, a veces sustituyendo parte del agua por el zumo de dos limones para acentuar mis predilectos sabores agridulces, sólo que ahora no tenía ese atractivo compulsivo sino lo contrario: hubiera huido de su presencia a toda carrera pero presentía que de moverme, eso saltaría con la agilidad de una inmensa araña para posarse sobre mi pecho y al igual que la octópoda comienza a tejer la red sobre su víctima con parsimoniosa e insensible indiferencia, la gelatina comenzaría a traspasarme, a invadirme, a sorberme y a quitarme la mínima energía que sentía tener.

Para mí enfrentar mis rutinas era cada vez más difícil; estaba desconcentrado, distraído de mis tareas habituales.

Pero la noche volvía irremisiblemente a acaecer y tras ella el ahora odiado amanecer. Uno de ellos creí percibir imágenes evanescentes confundidas en los brillos de la gelatina. ¿Sería el pasado repetido como un eco en imágenes fugaces que se sucedían vertiginosas ante mis ojos? Por un momento sospeché que algunas de estas imágenes podían ser también el futuro. La sola idea me aterró. Verme a sí mismo con todas mis faltas, tomar consciencia de mis excesos, aunque todo fuera apenas una ilusión, la materialidad de los objetos lo es, porque la mayor parte es vacío, una insignificante partícula de materia rodeada por un inmensa órbita de electrones aún más pequeños girando con vertiginosa energía alrededor del núcleo. Y ni qué hablar del vacío por el que se desplazan astros y planetas, que originalmente eran parte de una masa del tamaño de una bola de billar que al estallar origina aquello que llamamos infinito. Aunque paradójicamente sólo el vacío es infinito. La materia más bien que es finita.

Todo esto pude percibir a través de ese ser amorfo que se paseaba por el vidrio como si tuviera algo de divertido espiar a alguien mientras duerme.

Entonces se asomó a mi mente una idea descabellada. La gelatina podía ser mi otro yo. También quizá una puerta a una dimensión paralela donde como en un Aleph se condensa pasado y futuro.

Tras tantas dolorosas cavilaciones ¿lograré vencer el paralizante miedo para acercarme a mirar más de cerca?

¿Y usted qué opina?

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Jorge J. Namur - Escritor