Antonio Patty maneja un taxi, pero hoy no trabajará. Ocurre que en Bolivia, en los días de elección, no hay transporte público individual o colectivo. Sólo puede hacerlo un puñado de vehículos, expresamente autorizados y con un visible cartel del Órgano Electoral Plurinacional. La imagen tucumana de taxis, combis o autos particulares llevando y trayendo electores, es extraña en este país, tanto como lo es la inédita experiencia de elegir jueces supremos por las urnas.

La explicación es que los centros de votación están en la proximidad más cercana posible al votante, por lo que no se justifica ninguna clase de traslado. Además, la votación se hace en una inmensa boleta única, donde figuran todos los postulantes con su rostro, y una casilla para marcar al elegido.

Patty no reniega de quedarse en su casa, sin recorrer las calles. Sus quejas van dirigidas a la falta de información adecuada para poder elegir. "La gente tenía esperanza de conocer los candidatos y sus propuestas como en otras elecciones, pero esta vez no fue así. La población está molesta, porque la obligan a ir a votar pero no sabe por quién. No sabemos qué hacer y capáz que se vota en blanco o se anula el voto como castigo; era una oportunidad magnífica, y creo que se la puede perder", afirma.

El chofer señala que los nombres sueltos no dicen nada sin que se sepa qué ha hecho antes. Pero reivindica la vuelta de página relacionada con el Poder Judicial. "Antes se elegía a los jueces entre cuatro paredes, y se nombraban entre ellos. Es importantísimo cambiar la Justicia, porque en Bolivia está mala, mala", remarca, con esa característica en el hablar de decir dos veces la misma palabra para resaltarla, sin levantar la voz.

La misma disconformidad tiene el canillita, Carlos Mayta, quien no entiende cómo puede demorarle cinco años un proceso de desalojo que tiene pendiente en Tribunales. "No puede ser que se hagan escritos y escritos y nunca se resuelva nada. Cada vez que voy, me dicen que el expediente no se mueve sin plata y debo pagar algo. Hay que hacerlo todo rápido, que nos llamen y que hagan que nos pongamos de acuerdo", exige, dando pistas sobre una cierta corrupción institucionalizada. Mayta recuerda que, antes de llegar a la Justicia, firmó con su inquilina un acta en la Policía para acordar la salida de la propiedad, que luego se incumplió. "El agente me dijo que no podía hacer nada más, pero me cobró los 20 bolívares (casi U$S 3), aunque yo sea pobre", protesta.

Su esposa asiente con la cabeza o sólo emite monosílabos de aprobación. En una cultura donde la mujer tiene una gran participación, el silencio parece dominarla: ellas no hablan con extraños, no dan a conocer su opinión ni se involucran públicamente, aunque sean el motor real de una economía en negro que domina las calles.

Desde uno de esos puestos callejeros, Brígido Cruz apoya el proceso que lidera Evo Morales, e identifica esta elección como parte del cambio estructural del país: "es lo mejor que Bolivia nunca tuvo, todo lo que está haciendo es aceptable. La Justicia no está bien", asevera. Pese a su apoyo, menciona las mismas quejas que el grueso de los bolivianos. "No conocemos a los que están participando", asegura.