El pueblo donde alguna vez floreció la actividad económica y cultural se convirtió en un paraje donde el milagro, la esperanza y el porvenir son sólo las denominaciones de tres localidades que forman parte de la comuna La Trinidad, ubicada a 11 kilómetros de la ciudad de Concepción y en donde residen unas 10.000 personas. En las elecciones del 28 de agosto, el subcomisario de la Policía y candidato a comisionado rural, Dino Cáceres, logró ser reelecto con el menor porcentaje votos en toda la provincia para cargos ejecutivos: obtuvo apenas el 21% de las voluntades. ¿Fue un mensaje directo de los electores?
Los vecinos afirman que se cansaron de vivir en una ciudad donde el 90% de las calles no tiene asfalto, donde cada vez es más peligroso salir a la calle por los reiterados robos que padecen, y del -quizás- más grave inconveniente: tener que lidiar con la falta de agua potable. Ese cansancio, los pobladores se lo hicieron sentir al actual comisionado rural del Frente para la Victoria, Edgardo Ortiz, quien en las elecciones no logró sumar los votos suficientes para ser reelecto. Como si el descrédito mismo se hubiese corporizado en las urnas, sólo fue votado por el 17% del padrón.
A pocos kilómetros antes de ingresar a La Trinidad, las humeantes chimeneas del ingenio con el mismo nombre avisan que se trata de un pueblo donde la economía gira en torno a la zafra azucarera. Y es así. Cada habitante depende y dependió desde hace más de 100 años de esa actividad. Hubo épocas -según comentan los vecinos- en que el ingenio cumplió con una tarea fundamental para el desarrollo de la pequeña ciudad y se metió de lleno en las cuestiones de estado de la villa. Hoy la realidad es otra, aseguran. Cuentan que la industria que alguna vez perteneció a su creador, Juan Manuel Méndez, ahora sólo se dedica embolsar azúcar y producir bioetanol.
Como en Río
Al transitar por las pedregosas calles, una decena de imágenes religiosas construidas en cemento y pintadas de blanco acompañan al visitante. Por momentos, las esculturas de la Virgen María o del Nacimiento del Niño Jesús, apenas pueden divisarse.
De manera intermitente cambian de color a medida que el viento comienza a levantar la tierra que descansa desde hace años en las principales arterias. Porque en La Trinidad carecen de asfalto hasta las calles principales. Como en la avenida San Martín, donde un pequeño Cristo Redentor -similar al de Río de Janeiro- extiende sus brazos en forma de T.
Los pobladores cuentan que al no haber pavimento, las calles se tornan intransitables cuando llega el período de lluvias. "Aquí el problema principal es la acequia que bordea al pueblo. Como no tiene profundidad, cuando empieza a llover se desborda y las calles se inundan. Pasa todos los años y nadie le encontró la vuelta todavía. Tienen que cavar y hacerla más honda", aconseja Alejandro Sanavera, un jubilado de la industria azucarera que reside en el pueblo desde hace 74 años.
Al transitar por las calles internas, las precarias viviendas afloran. Las necesidades también. La falta de agua potable en algunos barrios es un problema que los vecinos padecen desde hace muchos años y que todavía ningún comisionado rural pudo resolver. "En verano es imposible tomar agua por la suciedad. Si ponés el vaso en la canilla te sale lleno de arena", se queja Mónica Arévalo, una joven mamá que reside en una casa prefabricada, junto a otras 14 personas.
El aumento de los robos preocupa. Pero según el electo comisionado rural, el problema se resuelve de manera sencilla. "El estado de abandono es lamentable. Voy a trasladar el destacamento al frente de la plaza y voy a solicitar más efectivos para que haya un agente en cada turno", precisa Concha, actual jefe de la División Criminalística de la Unidad Regional Sur. Dentro de un par de semanas, el hombre que tendrá la responsabilidad de poner en marcha un pueblo tan inmóvil como las estatuas que pululan por sus calles.
Los vecinos afirman que se cansaron de vivir en una ciudad donde el 90% de las calles no tiene asfalto, donde cada vez es más peligroso salir a la calle por los reiterados robos que padecen, y del -quizás- más grave inconveniente: tener que lidiar con la falta de agua potable. Ese cansancio, los pobladores se lo hicieron sentir al actual comisionado rural del Frente para la Victoria, Edgardo Ortiz, quien en las elecciones no logró sumar los votos suficientes para ser reelecto. Como si el descrédito mismo se hubiese corporizado en las urnas, sólo fue votado por el 17% del padrón.
A pocos kilómetros antes de ingresar a La Trinidad, las humeantes chimeneas del ingenio con el mismo nombre avisan que se trata de un pueblo donde la economía gira en torno a la zafra azucarera. Y es así. Cada habitante depende y dependió desde hace más de 100 años de esa actividad. Hubo épocas -según comentan los vecinos- en que el ingenio cumplió con una tarea fundamental para el desarrollo de la pequeña ciudad y se metió de lleno en las cuestiones de estado de la villa. Hoy la realidad es otra, aseguran. Cuentan que la industria que alguna vez perteneció a su creador, Juan Manuel Méndez, ahora sólo se dedica embolsar azúcar y producir bioetanol.
Como en Río
Al transitar por las pedregosas calles, una decena de imágenes religiosas construidas en cemento y pintadas de blanco acompañan al visitante. Por momentos, las esculturas de la Virgen María o del Nacimiento del Niño Jesús, apenas pueden divisarse.
De manera intermitente cambian de color a medida que el viento comienza a levantar la tierra que descansa desde hace años en las principales arterias. Porque en La Trinidad carecen de asfalto hasta las calles principales. Como en la avenida San Martín, donde un pequeño Cristo Redentor -similar al de Río de Janeiro- extiende sus brazos en forma de T.
Los pobladores cuentan que al no haber pavimento, las calles se tornan intransitables cuando llega el período de lluvias. "Aquí el problema principal es la acequia que bordea al pueblo. Como no tiene profundidad, cuando empieza a llover se desborda y las calles se inundan. Pasa todos los años y nadie le encontró la vuelta todavía. Tienen que cavar y hacerla más honda", aconseja Alejandro Sanavera, un jubilado de la industria azucarera que reside en el pueblo desde hace 74 años.
Al transitar por las calles internas, las precarias viviendas afloran. Las necesidades también. La falta de agua potable en algunos barrios es un problema que los vecinos padecen desde hace muchos años y que todavía ningún comisionado rural pudo resolver. "En verano es imposible tomar agua por la suciedad. Si ponés el vaso en la canilla te sale lleno de arena", se queja Mónica Arévalo, una joven mamá que reside en una casa prefabricada, junto a otras 14 personas.
El aumento de los robos preocupa. Pero según el electo comisionado rural, el problema se resuelve de manera sencilla. "El estado de abandono es lamentable. Voy a trasladar el destacamento al frente de la plaza y voy a solicitar más efectivos para que haya un agente en cada turno", precisa Concha, actual jefe de la División Criminalística de la Unidad Regional Sur. Dentro de un par de semanas, el hombre que tendrá la responsabilidad de poner en marcha un pueblo tan inmóvil como las estatuas que pululan por sus calles.