Por Gustavo Guersman
Violinista, director de las orquestas Sinfónica y Juvenil de la UNT
En estos casi 35 años de experiencia -como estudiante primero y como profesional después- puedo decir que el poder de la música existe y que su dimensión depende de muchos factores. Habría que pensar sobre quién o quienes tiene poder. ¿Todos somos vulnerables a su efecto? Ese efecto, ¿es sólo sensitivo o genera un cambio en aquellos que lo perciben? Personalmente creo que no en todos opera de la misma manera y que además depende del tipo de música. Algunos científicos han realizado pruebas incluso con plantas y animales, al escuchar música de Mozart. Esas mismas pruebas también se hicieron en seres humanos y se descubrió que las melodías estimulan las sinapsis en los hemisferios cerebrales.
Trabajo todos los días con música, con músicos y con el público que asiduamente es generoso receptor con sus aplausos y entusiasmo al finalizar una obra musical. Pero también veo gente que ni siquiera percibe que hay música o también aquellos que percibiéndola tienen un sentimiento de rechazo a determinado tipo de melodías. Podríamos pensar que toda manifestación buena del arte -y por buena hablo de calidad creativa y estética- es buena para nosotros. Hay quienes dicen que nos hace mejores personas. Yo, sin embargo, creo que todo es relativo, que no podemos hacer un juicio absoluto. Desde mi experiencia en mi otra profesión (la Bioquímica), observo a enfermos que no sólo escuchan buena música, sino que relatan lo bien que les hace. Sin duda me gustaría pensar que la música cura el alma, que genera buenos sentimientos, que nos hace mejores personas y que además aporta la belleza estética necesaria para un mundo mejor. Sí, la música nos hace seres más sensibles con todo lo que eso significa.