Por Rosendo Fraga - Abogado, Analista político e historiador. Director del Centro de Estudios Unión para la Nueva Mayoría.
Cada vez más, en el ámbito internacional, hay estudios que constatan que los factores emotivos o emocionales -y hasta pasionales-, en una elección, pueden jugar un papel importante al momento de decidir el voto.
Con una economía en crecimiento, no siempre quienes más consumen son quienes más votan por el gobierno. De hecho, la Ciudad Autónoma de Buenos Aires acaba de dar un ejemplo al respecto.
Hay normas generales que suelen cumplirse. El electorado indeciso suele estar en el centro del arco ideológico. De acuerdo con ello, si estoy en la derecha, me debo moderar corriéndome hacia el centro; y si estoy e la izquierda, debo hacer lo mismo. En la elección del 10 de julio, Mauricio Macri se impuso porque supo hacer eso, mientras que Filmus mantuvo una posición más ideologizada que lo alejo del votante de centro.
En 1983, Raúl Alfonsín supo captar que, tras casi ocho años de gobierno militar, la sociedad tenía una agenda política y acertó con el discurso, con frases como con la democracia se come, se educa y se cura.
A su vez, en 1989, con la hiperinflación, la agenda había pasado a ser fundamentalmente económica y Carlos Menem acertó con frases como el salariazo y la revolución productiva.
En 1999, Fernando de la Rua supo captar que la sociedad quería cambios en lo ético, más que en lo económico, y supo adecuar su discurso a ello.
Hoy, el oficialismo nacional tiene a su favor la situación económica y su discurso lo destaca, pero tiene fallas en su planteo político, quizás excesivamente radicalizado. Los recientes fracasos electorales de La Cámpora en Tierra del Fuego y en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, parecen mostrarlo.
Por su parte, la oposición en general busca criticar la inflación de la económica, así como el hiperpresidencialismo que no tiene en cuenta los valores institucionales.
Pero hasta ahora no ha logrado un mensaje con ejes claros para explicar esto. Ricardo Alfonsín tiene discurso, pero no propuestas. Eduardo Duhalde se presenta como el único que puede gobernar por su origen peronista, pero se ubica en una posición de mal menor. Elisa Carrió vuelve a repetir un discurso centrado en lo ético, pero con poca viabilidad política. Hermes Binner aparece como una figura con un discurso equilibrado, pero todavía tiene limitaciones para su proyección nacional. Alberto Rodríguez Saá tiene un discurso claramente opositor desde el peronismo, pero que no logra encontrar el mensaje.
La realidad es que en la comunicación moderna, el discurso como tal ha perdido espacio, frente a las ideas fuerzas o los slogan. La gente cada vez escucha menos el discurso. Quizás el problema que enfrenta el kirchnerismo en los grandes distritos es que sigue buscando imponer un relato, cuando en campaña lo que importan son las ideas-fuerza.
Pero la gran cuestión del mensaje -más que el discurso- de campaña, tanto del oficialismo como de la oposición, se encuentra en el uso del factor emotivo y en esto la Presidente puede tener una ventaja, siempre y cuando modere su discurso ideológico.