Después de vivir casi 13 años dependiendo de la máquina de diálisis y de sortear serios problemas de salud, en marzo de 1992 Julio Cruz se sintió aliviado. En su Bella Vista natal recibió el anuncio que tanto había esperado. El Pami -su obra social- finalmente le había concedido la derivación a Buenos Aires para realizarse el trasplante renal, gestión que le había costado sudor y lágrimas. "En Tucumán ya estaban haciendo trasplante, pero mi deseo y el de mis hermanos era hacerme operar en el Hospital Güemes. No pudo ser allí. Me derivaron al Instituto Argentino de Riñón y Transplante. Los estudios de histocompatibilidad con mis dos hermanos mellizos fueron favorables y uno de ellos me donó el riñón que me devolvió la vida el 10 de marzo de 1992, cuando tenía 35 años...", narró Julio a LA GACETA.
Haber pasado tanto tiempo en diálisis fue una tortura, aunque le dejó una gran enseñanza "Han pasado casi dos décadas y recuerdo las sesiones como si fueran ayer. Lo importante de esa dura vivencia es que el estar conectado a la máquina tantas horas me llevó a pensar cuán mezquinos somos los seres humanos mientras estamos sanos... Ya estaba inscripto en la lista de espera del Incucai. Pasaban los meses, los años y los donantes no aparecían... Me preguntaba por qué la gente mezquina tanto los órganos de una persona fallecida. Los órganos no le sirven al muerto pero son el tesoro más preciado para las personas que, al igual que yo, luchan día a día para ganarle a la muerte...", relata en tono conmovedor.
"Soy una historia viviente", se define. Y añade: "tengo un Dios aparte". Es que su vida fue un calvario desde los 11 años: sufrió varias caídas, le detectaron insuficiencia renal crónica siendo un veinteañero y también hipoparatiroidismo (trastorno por el cual las glándulas del cuello no producen suficiente hormona paratiroidea). "Antes de viajar a Buenos Aires médicos tucumanos tuvieron que quebrarme la clavícula para sacarme una pelota de calcio que se me había cumulado, ya que el hipoparatiroidismo impedía la buena distribución del calcio que asimilaba -detalla-. Al llegar a Buenos Aires primero me operaron de la tiroides y después me injertaron el riñón. Estuve siete meses..."
"Hace 20 años que soy una historia viviente", reitera. "El amor al prójimo -sostiene Julio- no hay que proclamarlo sino demostrarlo". Instó a los tucumanos a pensar en tantos adultos y niños -ricos y pobres- que esperan un órgano para sobrevivir o para mejorar su calidad de vida. "Todos deberíamos ser donantes. El donante es -ante todo- un potencial receptor en vida", aconsejó.