Aunque sus declaraciones referidas a que no se negociará la soberanía de las Islas Malvinas fueron las más resonantes en materia política, acaso la más inquietante de las recientes manifestaciones del premier británico David Cameron no estuvieron dirigidas a los argentinos ni a los malvinenses sino a sus propios compatriotas. Consistieron, específicamente, en su polémico pedido a las familias desempleadas de Inglaterra para que dejen de tener hijos y para que no esperen que el Estado se haga cargo de ellos a través de subsidios públicos.

Gran Bretaña destina 180.000 millones de libras (292.000 millones de dólares) anuales para el pago de subsidios de desempleo, vivienda y manutención por hijo. Según cifras oficiales, unos 100.000 británicos que perciben subsidios tienen cuatro o más hijos.

El asunto trascendió las fronteras del Reino Unido. Por un lado, encendió las alarmas contra lo que fue considerado como una propuesta de solución malthusiana de derecha y con motivaciones fiscales. En definitiva, las siempre polémicas políticas de población. (Ver página 11). Por el otro, volvió a poner sobre el tapete una añeja relación: la de la fecundidad y la pobreza. En Tucumán, esa cuestión puede ser observada con una crudeza preclara.

"Dentro de una misma localización geográfica, se manifiestan inequidades reproductivas. La primera atañe a la intensidad de la fecundidad, que es netamente superior entre los grupos menos favorecidos", explica Nora Mónica Jarma en la tesis Heterogeneidad sociodemográfica en el Gran San Miguel de Tucumán.

"Los eventuales beneficios que los padres puedan tener de una prole numerosa, algunos de cuales van en desmedro directo de los hijos y se traducen en trabajo infantil, no superan los costos de la crianza. La sobrefecundidad de los pobres significa una erosión del ya escaso presupuesto familiar, un virtual encadenamiento doméstico de las mujeres, y un contexto debilitado para una crianza exigente. Por todo ello existe la convicción de que una elevada fecundidad es uno de los mecanismos que contribuyen a la reproducción intergeneracional de la pobreza", puntualiza la académica tucumana en su trabajo. Según esa investigación, el segundo indicador de inequidad está relacionado con el calendario de la fecundidad, ya que la reproducción temprana y la fecundidad adolescente se producen con más frecuencia entre las mujeres pobres, las que son en general madres solteras.

"Ser madre adolescente, pobre y además en condiciones de pareja frágiles, configura un cuadro personal y social de mal pronóstico y expone al hijo a una situación de desventaja desde la concepción misma", diagnóstica la publicación.

Los dos últimos indicadores de inequidad reproductiva, según puntualiza la investigadora de la Facultad de Ciencias Económicas de la UNT, son la menor prevalencia de uso de anticonceptivos modernos y los mayores índices de fecundidad no deseada entre las mujeres pobres.

"Esta constatación, que sugiere un ejercicio incompleto de los derechos reproductivos entre los pobres, explica por qué en la actualidad aún se observan mayores índices de fecundidad entre estas mujeres, a pesar de que los ideales reproductivos no difieran tanto entre grupos socioeconómicos". A esto, agrega Jarma en su tesis de maestría en Demografía, se suma que persiste una marcada inequidad de género en relación con la crianza, ya que las mujeres continúan cargando con la responsabilidad en relación a la crianza de los hijos. "Este sesgo se expresa en el hecho de que un nivel reproductivo elevado excluye a las mujeres del mercado laboral", puntualizó.

Cuadrícula social
El trabajo sobre la heterogeneidad sociodemográfica del Gran San Miguel precisa que las desigualdades reproductivas de un área geográfica se vinculan con las condiciones económicas y sociales de la población. "Los territorios más pobres, con mayores desventajas sociales, registran una fecundidad mayor y una iniciación reproductiva más temprana", puntualiza.

Justamente, en su investigación, la demógrafa tucumana traza una cuadrícula sobre el conglomerado urbano del Gran San Miguel, de modo que divide en fracciones censales a los distintos barrios y zonas de la capital y de las ciudades y comunas de su conurbano. Sobre ese mapa, Jarma despliega las tasas globales de fecundidad, sobre la base de los datos del Censo 2001 (los de 2010 aún hoy siguen sin estar disponibles). Para el rango (cohorte) de mujeres de entre 15 y 49 años, se observa que las que viven en el microcentro capitalino, el promedio siempre es inferior a dos hijos: va, según la fracción censal, de 1,6 a 1,9 hijo. En cambio, en las tucumanas de ese mismo universo de edades que viven la periferia, la realidad es distinta. Para las que viven en la zona de Los Vázquez, el promedio es de 3,6 hijos. Para las que habitan en la zona de la avenida Democracia, el promedio es de 3,7 hijos. Para las que viven en la Villa Obrera de Tafí Viejo, la cifra es de 3,9 hijos. Y para las de Banda del Río Salí y Alderetes, en el departamento Cruz Alta, el promedio va de los 3,2 a los 3,5 hijos.

Tanto o más revelador es cuando se ajusta un poco más la lente censal y se la enfoque específicamente en las mujeres de entre 19 y 29 años. El promedio para las fracciones del microcentro es inferior a un hijo. En cambio, es de 2,3 para las mujeres de Los Vázquez, 2,4 para las de la zona de la avenida Democracia, 2,4 para la Villa Obrera taficeña, y 2,1 para las de Alderetes y Banda del Río Salí.

"Se trata de mujeres de estratos sociales desfavorecidos, víctimas de la pobreza crónica o intergeneracional, que suelen tener escasa educación, falta de habilidades útiles para conseguir empleo y perspectivas económicas inciertas. Su alta fecundidad es tanto el producto como la causa de su pobreza", precisa la investigación de Jarma.