¿Puede una familia tipo vivir con $ 43,20 diarios y no ser considerada pobre? ¿Cuánto tiempo resistirá la tasa de desempleo a un dígito con tantos planes asistenciales vigentes, pero precarios por su duración? ¿El Gobierno puede seguir sosteniendo las tarifas en base al reparto de subsidios con una caja que, si bien ahora le sonríe al Estado, en 2012 será más ajustada?
Demasiados interrogantes para la economía que se viene en la Argentina. Y, ¿por qué tanta preocupación por la economía que se viene? Los comportamientos de los actores económicos son cíclicos, como las conductas políticas. Nada está seguro de lo que puede pasar después de octubre, cuando se sepa con firmeza quién dirigirá los destinos del país durante los próximos cuatro años.
La fiesta del gasto público ya muestra sus luces, con un DJ (el Gobierno nacional) que se encarga de hacer bailar a los invitados -y no invitados- al banquete sobre una tarima endeble que no encuentra financiamiento hacia el mediano plazo.
Los estratos más pobres temen que pueden seguir siendo la variable de ajuste de ese gran monstruo que ni siquiera las estadísticas del Indec pueden contener. Los que reciben un plan siguen rezando para que, por caso, el Argentina Trabaja (que en el Gran San Miguel de Tucumán sacó de la desocupación a unas 15.000 personas) se mantenga más allá del año de gracia. La lucha contra la pobreza, que se monta en la suba sostenida de precios, y contra el desempleo debe ser estructural. En el estudio de la UCA, los jóvenes son los que aún ponen sus fichas (optimismo) al futuro. Y la banca (Estado) no debería defraudarlos. Ellos también quieren ser parte de la fiesta y de la redistribución de la riqueza.