Por Juan Gustavo Cobo Borda
Para LA GACETA - Bogotá (Colombia)

Desde su primera novela, La ciudad y los perros (1963), Vargas Llosa mostró una enérgica capacidad para recrear la realidad del poder y la violencia con un estilo eficaz que nunca dejó de prestar atención a los ritmos poéticos del lenguaje ni a las complejas arquitecturas de su composición narrativa que se abren, bifurcan y ramifican en un racimo incesante de historias dentro de la historia.
De ahí que tres de sus obras mayores - Conversación en La Catedral (1969), La guerra del fin del mundo (1981) y La Fiesta del Chivo (2000)- sean tres de las más logradas novelas políticas que se han producido en nuestro continente. La primera y la tercera afrontan la figura del dictador -Odria, en el Perú; Rafael Leonidas Trujillo, en la República Dominicana-. Y La guerra del fin del mundo, situada en Brasil, también aborda la complejidad del poder, desde el fanatismo milenarista de quien encabeza una rebelión de desposeídos, en el sertón brasileño, y convoca unidos hasta la muerte a sus seguidores religiosos que desprecian las aparentes virtudes positivas de la modernidad y el progreso.
No olvidemos en ningún momento que Vargas Llosa es un lector insaciable, que siempre en prólogos, reseñas y libros enteros ha dado cuenta de sus admiraciones literarias. Pero toda esta convergencia fecunda de suscitaciones literarias se halla inserta en un marco autobiográfico muy claro, que podemos disfrutar con empatía, distancia y humor, cuando el mismo autor se vuelve ficción y personaje, involucrado al hablar de su primer matrimonio con su tía Julia Urquidi, en la gozosa y refrescante La tía Julia y el escribidor (1977) con su larga cadena de trabajos mercenarios para sobrevivir y lograr mantener activa esa vocación literaria que le exigía la entrega absoluta. 
O cuando en El pez en el agua (1993), a raíz de su inspiración frustrada a ser presidente del Perú en competencia con un desconocido de origen japonés apellidado Fujimori, recobra la crónica de esa fulgurante campaña y realiza un feliz contrapunto con la figura de su padre ausente, que retorna de súbito y rechaza ese propósito de "maricones" de dedicarse a la literatura. De ahí su ingreso al colegio militar Leoncio Prado, donde su profesor de francés sería el gran poeta surrealista -y homosexual por más señas- César Moro. De ahí también su recurrente fijeza en personajes militares como el sargento Lituma, ya presente desde su primer y juvenil libro de cuentos: Los jefes (1959).
Todo ese estudio de las jerarquías de poder y fidelidad cerrada de clan piramidal que distingue al ejército será motivo, una y otra vez, de su atención, sea en clave de sorna, en Pantaleón y las visitadoras (1973), eficaz servicio de prostitutas que el ejército Peruano pone a disposición de sus hombres en la selva. O como en Historia de Mayta (1984), enfocada en rebeliones trotskistas, tan irreales como sangrientas, infectadas por el sectarismo ideológico de los grupúsculos de izquierda, en una América Latina sacudida por el huracán de las muchas guerrillas, impulsadas desde Cuba, Moscú e incluso Pekín. 
En tal ámbito es imperativo mencionar su preocupación civil, y constante, por el régimen democrático y la libertad de expresión en un mundo intolerante donde fenómenos de raíz campesina, como Sendero Luminoso, acicateado por profesores Universitarios de izquierda, nos remiten a una América arcaica, de rituales indígenas y sacrificios humanos.
Sus discrepancias y alejamiento de la Cuba de Castro, sus informes sobre la Nicaragua sandinista (por lo cual polemizó con otro nobel, el alemán Günter Grass), su rechazo a las dictaduras militares en el Cono Sur, sus reiteradas polémicas con la Venezuela socialista del coronel Hugo Chávez Frías: todo ello ha quedado, y quedará, documentado en los sucesivos volúmenes de su trabajo periodístico, agrupado en los tres volúmenes con el título común de Contra viento y marea (1990).
Pero también tenemos contrapeso, a favor de la literatura, con que enriquece cada nueva edición de La verdad de las mentiras (2002). Un jugoso breviario sobre los escritores más intrigantes del siglo XX, de Conrad y Orwell, a Virginia Woolf, Faulkner y Canetti, de Malraux a Isak Dinesen, donde cualquiera que desee internarse de la mano de un gran lector que es ante todo un gran narrador, podrá quedar atrapado en el mundo de la ficción. Esa ficción que se nutre de una realidad precaria, insuficiente y mezquina en aras de la plenitud sin grietas que es la obra literaria, redonda y autosuficiente. Por todo ello (y algo más), la Academia Sueca hizo bien, en otorgar, en el 2010, el más justo Premio Nobel de Literatura al peruano Mario Vargas Llosa.
© LA GACETA

Juan Gustavo Cobo Borda - Miembro de la 
Academia  Colombiana de la Lengua y de la 
Real Academia Española. Su último libro es 
Vargas Llosa: la pasión de narrar (Alfaguara).