La protesta policial, que se incubaba desde cinco días antes, sacudió a los altos mandos, y al tratar de desalentarlo sólo atizaron las llamas.
Primero fue la intervención del Departamento Inteligencia (D2), que, con su jefe Fernando Maruf, filmó a los policías de la Patrulla Motorizada reunidos en la Jefatura. Hubo forcejeo y pelea y eso detonó la protesta en calle Italia al 2.600. Luego siguieron los sumarios. A la noche, llegó la circular imponiendo recargos al personal (es decir que los que debían dejar sus guardias no podían irse, con lo cual se intentaba evitar que se plegaran a la protesta).
Con ello se consolidó la exteriorización del malestar que al principio estaba centrado sólo en los policías motorizados y vinculado a mala paga y falta de equipos (dicen que no les arreglan las motos y que los chalecos antibalas que usan ya están vencidos). Pero era más que eso. Precisamente los agentes de la sección calificada como la estrella de la fuerza, los que deben salir a la calle a correr riesgos, vigilar y socorrer, y que son la cara visible de la Policía ante la sociedad, son los peor tratados, sin derecho a reclamo. Están encorsetados en un sistema casi castrense de disciplina y tienen que obedecer ciegamente las órdenes. Encima, están mal pagos y cuando hay errores o denuncias, ellos siguen siendo la cara visible también para las críticas o las sanciones, mientras que los jefes están tranquilos detrás de los escritorios.
Tener autos y motos no significó una mejora. La estrategia de estos años llenos de dinero, de apuntar a lo cuantitativo (más autos, más equipos, más personal) y no a lo cualitativo no ha dado resultados.
Como los autoconvocados de la salud, los nuevos policías no tuvieron quién los defienda y su reclamo ha puesto en crisis el principio de autoridad, sustentado en un sistema de disciplina casi feudal que no ha cambiado en décadas.