Cuando EEUU arrojó la primera bomba atómica sobre Hiroshima el 6 de agosto de 1945 abrió la compuerta: la de la energía atómica al servicio de la destrucción y la muerte, como nunca antes con otra arma. Sólo tres días después Nagasaki fue también la prueba de campo que necesitaban los constructores de las bombas, desarrolladas en el ultra secreto "Proyecto Manhatan": eran la de uranio y la de plutonio, respectivamente, y por eso arrojadas las dos cuando en rigor con la primera había harto suficientes evidencias de muerte y destrucción como para provocar la rendición japonesa. Aprendizaje de Hiroshima: un arma descomunal, fuera de toda escala en tanto de destrucción masiva como ninguna otra. Lo saben los "hibakusha", esos sobrevivientes de las bombas que cargan el estigma de una salud gravemente erosionada y una supervivencia que les modificó la vida.

Rimando con ese nombre, Hiroshima, al que nos venimos familiarizando como un ícono definitorio entre dos eras -pre y pos nuclear- se nos aparece Fukushima. Aquella, la tragedia calculada y ejecutada por el hombre. Ésta, una tragedia impensada, abatiéndose impiadosamente sobre las gentes sin resguardo posible. Entre Hiroshima y Fukushima, finalmente, la advertencia universal del riesgo nuclear. Nunca antes los gobiernos se espantaron tanto con el uso de energía nuclear. Nunca antes. Dictaron sus primeras medidas preventivas: Alemania, Suiza, EEUU, y otros y empezaron a revisar las ecuaciones que desembocaban -hasta ahora- en números entusiastas sobre el costo de le energía eléctrica por centrales nucleares. Las medidas de seguridad necesarias ahora aparecen tan abrumadoramente costosas que algunas variables de la ecuación se dispararán tanto que el costo final del kilovatio será impracticable en el mercado. He ahí el dilema. Hay que encaminar la investigación hacia otras formas "limpias" de producción eléctrica: en su operación y ante los riesgos de un desastre. Ninguna central termoeléctrica (gas, petróleo, etc.) ni hidroeléctrica ni eólica, así entre en crisis por terremoto o tsunami podrá generar ese fantasma abarcador, implacable e invisible no sólo en el lugar del desastre, como el que se advierte con temor y hasta la desesperación en Fukushima.

La rima nuclear de Fukushima con Hiroshima -66 años entre ellas- deberá servir de definitivo alerta rojo sangre para la Humanidad, no sólo para Japón. El país insular, con esa rima nuclear brinda doloroso testimonio y lección para el futuro, desde ya mismo.