Lisa y llanamente, una picada es una carrera de autos; o de motos, por extensión. De prosperar el proyecto para darle marco legal a la actividad, habrá que considerar que siempre es necesario un organizador y un fiscalizador, en ambos casos idóneo. Y que quienes se sumen a la iniciativa como pilotos tendrán que cumplir con las normas que rigen en cualquier disciplina motor. Esto comprende cuestiones tan básicas como vehículos aptos e indumentaria adecuada, a otras que pasan por lo administrativo (exámenes psicofísicos, seguros, permisos). Ni qué decir de un sitio, o de sitios en condiciones para poder acelerar. En Tucumán, por caso, no hay ninguno. Y hacer uno requiere de una importante inversión.
Los interrogantes que se plantean a partir del proyecto son casi tantos como los peligros que conlleva la actividad. El mundo de las picadas es complejo. Excede la simple intención de acelerar una máquina a toda velocidad. Hay intereses en juego. Y mucha adrenalina. Esto, mal administrado, representa una bomba de tiempo. Un accidente siempre es una posibilidad palpable en un deporte de alto riesgo. Y, se sabe, la responsabilidad empieza siempre en quienes organizan.