WASHINGTON.- La enorme montaña de deudas de Estados Unidos causa preocupación en el mundo, pero la verdadera pesadilla para las finanzas está a punto de llegar: el sistema de seguridad social tendrá que hacer frente en breve a 78 millones de nuevos jubilados. ¿Llevarán a su país a la bancarrota?
La generación del baby boom es sinónimo de bienestar y crecimiento. Durante años esta generación dorada fue la prueba viva de que Estados Unidos había dejado atrás sus mayores problemas económicos. Pero ahora los 78 millones de ciudadanos que nacieron entre la Segunda Guerra Mundial y 1964 le ocasionan problemas financieros a su país.
Porque sus pensiones empeorarán la carga de endeudamiento del Estado. Los primeros hijos del baby boom se jubilarán este año y en dos décadas el Estado pasará a tener que sostener a 73 millones de jubilados en vez de a los 44 millones actuales. El número de ancianos que reciben atención sanitaria crecerá de 47 a 80 millones. Para el presupuesto es una carga extraordinaria. "En 2019, 92 centavos de cada dólar ingresado por el Estado federal se irá a gastos sociales e intereses", advirtió la oficina de presupuesto gubernamental (GAO).
La oficina de presupuesto del Congreso (CBO) llegó incluso a la conclusión de que como mucho seis años después, en 2025, todos los ingresos tendrán que gastarse en prestaciones sociales e intereses si los políticos no hacen algo antes.
Para Washington es un futuro aterrador, porque el gobierno se quedaría sin dinero extra para el ejército, las embajadas en el extranjero o los tribunales federales, para educación o el Parlamento. Las afirmaciones de que las cajas de pensiones están llenas no consuelan, porque en los hechos la social security tiene su dinero invertido en bonos del Tesoro. Para poder devolverlo el Estado tiene que volver a endeudarse.
Los críticos hablan de un suicidio financiero y muchos expertos ven una sola salida: "o bien se aumentan los impuestos o se reducen las prestaciones", afirma el especialista en pensiones Robert Clark, de la Universidad de Carolina del Norte.
También otras naciones industrializadas tienen el problema de una sociedad envejecida, pero el sistema de seguridad social es en Estados Unidos limitado en relación a países como Alemania e incluso España. Cada vez más jubilados tienen que trabajar hasta edad avanzada porque su pensión no les alcanza. Es decir que no hay mucho donde cortar.
Los políticos estadounidenses temen que se produzca una ola de protestas si deciden acometer una amplia reforma, y nadie quiere enfrentarse a un grupo de votantes con gran peso. Hasta 2030 el porcentaje de jubilados entre los electores subirá de un 17% a un 26%. Incluso el movimiento populista conservador Tea Party, que tuvo mucho éxito en las elecciones al Congreso con su retórica antiendeudamiento, no quiere ni oír hablar de recorte de pensiones o mayores impuestos. Tampoco el presidente, Barack Obama, está dispuesto a hacer profundos recortes. "Impediremos todos los planes de ahorro de gastos sociales que destruyan la protección para los actuales jubilados, personas con discapacidades y los más débiles", dijo hace poco el secretario del Tesoro, Timothy Geithner. El gobierno tiene apoyos al respecto. "Los recortes son como ofrecer sacrificios humanos para calmar la ira de un dios invisible", dijo el Premio Nobel Paul Krugman. El dios invisible son los mercados financieros que presentan el problema de la deuda estadounidense peor de lo que es, añadió. Los economistas de izquierda como él opinan que un mayor gasto social impulsará la economía. Pero las voces que dicen que el sistema conseguido en los años 60 es un lujo demasiado caro son más fuertes. Su argumento son las frías cifras: Mientras que el rendimiento económico del país creció 2,7 veces desde 1965, los gastos sociales lo hicieron 11 veces, según la Universidad de Stanford en California. Mientras que en los años 50 un total de 16 contribuyentes sostenían a un jubilado, hoy son 3,3. Y en 2025 tendrán que hacerlo entre dos. Para la mayor parte de la población, que le metan la mano en el bolsillo es un tabú. "Aunque la gente apoye reformas en su forma abstracta, la aprobación cae el picado cuando se conocen los detalles", señala Justin Phillips, profesor de ciencias políticas en la Universidad de Columbia, en Nueva York. Su receta es que si no se hace una gran reforma hay que dar pequeños pasos: un cambio legislativo aquí, un leve recorte allá, para evitar la ruina. (DPA)
La generación del baby boom es sinónimo de bienestar y crecimiento. Durante años esta generación dorada fue la prueba viva de que Estados Unidos había dejado atrás sus mayores problemas económicos. Pero ahora los 78 millones de ciudadanos que nacieron entre la Segunda Guerra Mundial y 1964 le ocasionan problemas financieros a su país.
Porque sus pensiones empeorarán la carga de endeudamiento del Estado. Los primeros hijos del baby boom se jubilarán este año y en dos décadas el Estado pasará a tener que sostener a 73 millones de jubilados en vez de a los 44 millones actuales. El número de ancianos que reciben atención sanitaria crecerá de 47 a 80 millones. Para el presupuesto es una carga extraordinaria. "En 2019, 92 centavos de cada dólar ingresado por el Estado federal se irá a gastos sociales e intereses", advirtió la oficina de presupuesto gubernamental (GAO).
La oficina de presupuesto del Congreso (CBO) llegó incluso a la conclusión de que como mucho seis años después, en 2025, todos los ingresos tendrán que gastarse en prestaciones sociales e intereses si los políticos no hacen algo antes.
Para Washington es un futuro aterrador, porque el gobierno se quedaría sin dinero extra para el ejército, las embajadas en el extranjero o los tribunales federales, para educación o el Parlamento. Las afirmaciones de que las cajas de pensiones están llenas no consuelan, porque en los hechos la social security tiene su dinero invertido en bonos del Tesoro. Para poder devolverlo el Estado tiene que volver a endeudarse.
Los críticos hablan de un suicidio financiero y muchos expertos ven una sola salida: "o bien se aumentan los impuestos o se reducen las prestaciones", afirma el especialista en pensiones Robert Clark, de la Universidad de Carolina del Norte.
También otras naciones industrializadas tienen el problema de una sociedad envejecida, pero el sistema de seguridad social es en Estados Unidos limitado en relación a países como Alemania e incluso España. Cada vez más jubilados tienen que trabajar hasta edad avanzada porque su pensión no les alcanza. Es decir que no hay mucho donde cortar.
Los políticos estadounidenses temen que se produzca una ola de protestas si deciden acometer una amplia reforma, y nadie quiere enfrentarse a un grupo de votantes con gran peso. Hasta 2030 el porcentaje de jubilados entre los electores subirá de un 17% a un 26%. Incluso el movimiento populista conservador Tea Party, que tuvo mucho éxito en las elecciones al Congreso con su retórica antiendeudamiento, no quiere ni oír hablar de recorte de pensiones o mayores impuestos. Tampoco el presidente, Barack Obama, está dispuesto a hacer profundos recortes. "Impediremos todos los planes de ahorro de gastos sociales que destruyan la protección para los actuales jubilados, personas con discapacidades y los más débiles", dijo hace poco el secretario del Tesoro, Timothy Geithner. El gobierno tiene apoyos al respecto. "Los recortes son como ofrecer sacrificios humanos para calmar la ira de un dios invisible", dijo el Premio Nobel Paul Krugman. El dios invisible son los mercados financieros que presentan el problema de la deuda estadounidense peor de lo que es, añadió. Los economistas de izquierda como él opinan que un mayor gasto social impulsará la economía. Pero las voces que dicen que el sistema conseguido en los años 60 es un lujo demasiado caro son más fuertes. Su argumento son las frías cifras: Mientras que el rendimiento económico del país creció 2,7 veces desde 1965, los gastos sociales lo hicieron 11 veces, según la Universidad de Stanford en California. Mientras que en los años 50 un total de 16 contribuyentes sostenían a un jubilado, hoy son 3,3. Y en 2025 tendrán que hacerlo entre dos. Para la mayor parte de la población, que le metan la mano en el bolsillo es un tabú. "Aunque la gente apoye reformas en su forma abstracta, la aprobación cae el picado cuando se conocen los detalles", señala Justin Phillips, profesor de ciencias políticas en la Universidad de Columbia, en Nueva York. Su receta es que si no se hace una gran reforma hay que dar pequeños pasos: un cambio legislativo aquí, un leve recorte allá, para evitar la ruina. (DPA)