Dos abuelos caminan casi como encorvados por una de las veredas de la plaza Bernabé Aráoz. Con diferencias de minutos, pasan por el mismo sitio y parecen no tener mucho en común. Sin embargo, ambos los dos son afiliados del Pami y tienen muchas quejas al respecto.
René Juárez, de 73 años, carga una bolsa de plástico con la misma mano en la que lleva dos cajas de medicamentos. "Estas me salieron $ 186 entre las dos. La tercera que me recetaron no la compré. Las adquirí porque la obra social demora mucho en entregármelos y ya no doy más del dolor", confiesa el ex agricultor, con gesto apesadumbrando, y precisando que su afección es la artrosis.
"A los viejos no nos dan bolilla en ningún lado", se lamenta mientras, pese a ello, desenfunda una sonrisa enorme. Locuaz, cuenta sin pausa que cobra "apenas" $ 560. Y, a la vez, dice que lo invitaron a participar de un taller de tango. "¡Pero qué voy a bailar con la cintura así!". Y manifiesta que toda su vida trabajó "en" la caña de azúcar. Antes de despedirse, elogia la gestión municipal: "a la ciudad nunca la vi tan linda como ahora".
"Aquí no hay nada"
Ramón Agüero, en cambio, es más tímido. Y también es más crítico que quien lo precedió en el paseo por la plaza. A los 76 años, dice estar "acostumbrado" a que las prestaciones no sean en Monteros iguales que "en la ciudad" capital. "Esperamos meses por un turno. Hasta eso, ya se me pasa lo que tenía -ironiza-. Para nosotros, aquí no hay nada".