"Cuando los periodistas decidimos cubrir una guerra sabemos el riesgo que implica. Sabemos que podríamos regresar en una bolsa de plástico. Les mentimos a nuestras mujeres y a nuestros hijos. Les decimos que está todo bien, que no pasa nada, que no crean en todo lo que leen, escuchan o ven en la pantalla del televisor. Les decimos a nuestros editores que tenemos grandes planes de evacuación, que estamos protegidos por todas las fuerzas en conflicto, que el Nuncio Apostólico nos prometió refugio y hasta hacernos beatos en la próxima repartija de santidad del Papa. Les mentimos y nos mentimos". Este párrafo es uno de los primeros de Bajo las bombas, el libro en el que Gustavo Sierra reúne sus crónicas de la invasión a Irak. La cara y el nombre del autor se hicieron familiares para los millones de argentinos que seguían sus coberturas de la guerra a través de Canal 13, TN y Clarín. Luego describiría las escenas de otros conflictos, como el de Afganistán, y el fanatismo de regímenes como Irán. Sierra, como pocos, conoce los límites de su oficio y las técnicas con que se puede pintar el horror de una guerra. Después de recibir en Mérida (México) un premio de la Sociedad Interamericana de Prensa por su cobertura de la narcoguerra en ese país, dialogó con LA GACETA Literaria.

- ¿Qué se siente en una guerra?
- La guerra es solamente muerte y destrucción. La idea de que la guerra puede limpiar de alguna manera a una sociedad para hacerla renacer de las cenizas es completamente falsa. Los pueblos han sufrido enormemente, y en muchos casos generación tras generación, a causa de las guerras. Las lanzadas por el presidente George Bush tras el terrible ataque a las torres gemelas se combinaron con las interpretaciones forzadas del extremismo islámico. Eso derivó en guerras absurdas. Estuve tres veces en Irak y nunca se recuperó; en cada oportunidad vi mayor destrucción. En Afganistán, los campesinos siguen cosechando amapolas para producir heroína y así alimentar a sus familias. Nada ha cambiado.

- ¿Cómo era su vida cotidiana en Irak?
- Estuve antes y después de la guerra. Al principio, cuando decía que era argentino, todo el mundo me respondía "Argentina - Maradona". Andaba solo por las calles, hablaba con la gente en los cafés, sin necesidad de traductor. Con la guerra y la invasión estadounidense todo cambió. Aparecieron el recelo y una creciente guerra interna entre chíitas y sunnitas que transformó a Bagdad en un lugar sumamente peligroso para moverse. Había solamente tres periodistas latinoamericanos en Irak y yo era el único argentino. Te sentís solo en un lugar que pasó de ser un sitio pintoresco a un escenario de experiencias extremas. La última vez en que estuve, viví en un campus de la universidad y fui a un lugar cercano a entrevistar a unos refugiados. Al día siguiente, mientras esperaba mi vuelo de Bagdad a Ammán (Jordania), me avisaron que habían secuestrado a una compañera italiana en el mismo lugar en el que yo había estado entrevistando a los refugiados.  Cualquier extranjero es hoy un billete con patas para muchas de las bandas que hay. Eso es algo que debemos entender los que entramos allí. Las guerras terminan armando mafias de todo tipo y el negocio del secuestro es uno de los más lucrativos.

- Eso nos recuerda a Ignacio Ezcurra, el periodista de La Nación que desapareció en Vietnam. ¿Es recurrente la idea de que eso puede pasar?
- Claro. En Irak un tanque estadounidense disparó contra el hotel en el que yo estaba y mató a uno de mis compañeros. Lo primero que pensé es "me podría haber pasado a mí". Y también apareció un sentimiento de culpa. Te debatís todo el tiempo, porque la línea entra la vida y la muerte es muy delgada. Tenés que cuestionarte a cada instante qué decisiones tomar en un clima de máxima tensión. Te preguntás "¿Qué hago? ¿Voy o no voy? ¿Salgo o no salgo? ¿Entro o no entro?". De las respuestas a esas preguntas, aparentemente simples, depende tu supervivencia. 

-¿Cuáles son los límites en la cobertura del horror?
-Los periodistas debemos contar lo que podemos ver, con todo el sufrimiento encima. Contar las historias que nos parecen extraordinarias, aquellas en las que el hombre está más expuesto que nunca. La guerra es el mejor espacio para conocer a una persona. Allí aparece lo peor y lo mejor del ser humano porque no hay margen para hipocresías o falsedades. La frontera que nos separa de la muerte se diluye y no podemos sino ser auténticos. Yo creo que hay que contar esa desesperación que ahí se vive. Pero jamás un periodista debe tomar un arma, a menos que sea para autodefensa en algún momento extremo. Nuestro deber es narrar el horror de la guerra para que los hombres añoren y busquen la paz que han perdido.

- ¿Tuvo la disyuntiva de ayudar a un herido o seguir cubriendo lo hechos? 
- No tuve esa disyuntiva pero creo que allí está el límite. La vida siempre está antes que la noticia. Hay que preservar la vida y no arriesgarse tontamente. La experiencia profesional nos permite intuir donde están los riesgos que deben evitarse. La mejor forma de contar una guerra, para mí, es a través de las historias de la gente que la sufre. Más que en las minucias bélicas, que en las características de los tanques o de los aviones de combate, pienso que la clave pasa por registrar las vidas que esos tanques o esas vidas pueden cercenar. Con mis notas intento transportar al lector al lugar en el que estoy. Creo que la tarea del corresponsal es justamente ser ese enviado especial que puede trasladarnos, con nuestra particular forma de enfocar la realidad, a esos sitios lejanos en los que pasan cosas que nos conmocionan.

- Jon Lee Anderson, el reconocido periodista de The New Yorker, suele decir que la mejor manera de describir la brutalidad de una guerra es concentrarse en los detalles. ¿Coincide con esa idea?
- Sí. Los detalles sobre una casa destruida, por ejemplo, te pueden dar una idea clara de las secuelas de una guerra. Te permiten llevar al lector a ese lugar y hacerlo reflexionar. A veces es necesario usar la primera persona, sobre todo cuando somos testigos privilegiados de un hecho extraordinario. Los detalles contribuyen a la presentación de un clima, a registrar ese miedo que mata tanta gente como las balas. 

- ¿Qué pasa cuando uno vuelve a casa? ¿Cómo se procesa todo lo que se experimentó?
- Ahora mismo, mientras recuerdo lo que viví, me conmuevo intensamente. La guerra me modificó profundamente, cambió mis perspectivas frente a la vida en varios aspectos. Valoré más las pequeñas cosas, traté de entender más al hombre, sus reacciones ante el miedo y los extremos a los que puede llegar su crueldad. En ese lugar te das cuenta que la maldad existe, mas allá de las concepciones religiosas. Por otra parte, mi experiencia me sirvió mucho desde el punto de vista profesional. Hoy no estoy dispuesto a escribir historias que no me interesan; sólo voy detrás de lo que me parece relevante. La guerra me moldeó de manera definitiva y me llenó de compromisos. 

- ¿Y cómo se produce la reinserción en las rutinas cotidianas?
- Es muy difícil. Cuesta mucho, aparecen angustias intensas, una sensación de pérdida de sentido. Todos los que estuvimos allí sufrimos de stress postraumático. Algunos compañeros cayeron en adicciones y otros, como yo, en depresiones. Es algo de lo que no se habla, que usualmente los periodistas tratan de ocultar dentro de las redacciones para no ser catalogados como "locos de la guerra". Pero todos lo padecemos. Yo pude superarlo a través de la terapia psicológica y también gracias a la escritura de mis libros, que tuvo un efecto terapéutico. 

- ¿Qué diferencia a la escritura de las crónicas en el lugar de la acción de la escritura de un libro sobre lo que allí vivió?
- En las crónicas se escribe "en caliente". No hay tiempo para editar, para corregir. Eso sí es posible a la hora de escribir un libro. Lo que me gusta de la crónica en el lugar es la posibilidad de apreciar lo que ocurre con todos los sentidos comprometidos. Poder oler, escuchar, sentir, tocar lo que pasa y transmitirlo inmediatamente. Uno vive con una intensidad increíble cuando está en una guerra y es presa de un impulso irresistible por transmitir esa experiencia. Cuando volvemos, surge lo que está detrás de esa experiencia. Hay tiempo para procesar, para buscar causas y explicaciones, para el análisis. Escribí Bajo las bombas en unos pocos días, después de volver a Buenos Aires. Me senté frente a la computadora cuando aún resonaban en mí las explosiones de las bombas; cuando todavía sentía un profundo dolor por los compañeros muertos; cuando seguía teniendo grabadas las caras de los chicos del hospital de Hilla, mutilados por un ataque de aviones estadounidenses; cuando aún me acordaba claramente cómo estaban vestidos los kamikazes musulmanes que venían a Bagdad para inmolarse; cuando permanecía mi bronca contra algunos de los funcionarios saddamistas; cuando aún podía recordar el nombre de la maestra kurda que lloraba de alegría mientras mirábamos juntos cómo caía la estatua de Saddam.
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