Los mineros de Atacama fueron capaces de convocar solidaridades mundiales, esfuerzos tecnológicos y todo tipo de recursos para un salvataje que hace historia. El Estado, la comunidad y la confluencia del ingenio del hombre y su empeñosa tarea de alcanzar metas aparentemente imposibles trazaron en Copiapó las coordenadas mejores para mostrar la vocación de vida y de paz de los hombres: los de abajo, a 700 metros, y los de arriba, en la aridez y los extremos del desierto. Treinta y tres vidas pendientes de ingenieros, socorristas, médicos, paramédicos, psicólogos y de máquinas de avanzada tecnología. Contemporáneamente, a miles de kilómetros, en una tierra arrasada por una llamada "guerra preventiva" (Bush, Blair y Aznar dixit) un país ve destrucción y muerte por doquier. Día a día, desde marzo de 2003, salvo los esfuerzos de la Cruz Roja, la Media Luna Roja y los Médicos sin Fronteras que asisten a las víctimas, en Irak el hedor de la muerte se apodera del aire mezclándose con olores de pólvora y humos asfixiantes. Y la tecnología de la guerra con armas cada vez más mortales y sofisticadas (aviones sin pilotos y con puntería exacta) está toda, toda, al servicio de la muerte. Los psicólogos, los psiquiatras y los cirujanos tienen tareas muy distintas de las de los que mantienen vigilia en Copiapó: deben atender los daños postraumáticos de la guerra; evitar los muchos suicidios que, sin embargo, sobrevienen como "liberadores" de los veteranos de guerra; amputar cuidadosamente piernas y brazos para desechar carne infectada.
Copiapó convoca a la humanidad por la vida, por la paz, por la dignidad del trabajo del hombre. Irak muestra el "crimen de la guerra" ese que tanto motivó a nuestro Alberdi en sus escritos condenatorios del belicismo. Este columnista no puede menos que, para mejor expresarse, sumar su voz poética: Minero de Atacama: Desde el vientre profundo del desierto/treinta y tres buscadores de oro y cobre/tejen días y noches, mar salobre/ese mar que sin barcos y sin puerto/se asemeja al olvido, mar que ha muerto/a los ojos marinos. No zozobre/el velero esperanza, que maniobre/entre fríos y fuegos de Atacama./Desde arriba, anotamos ¡Oh, minero!/nota a nota por fin un pentagrama/melodías de luz y de aire nuevo:/de tu Chile, minero, marinero, /desde el mundo te envían tu relevo.