Pareciera que nada más podría pedirle la política a la economía. El PBI crecerá un 7,5%, el clima llevó la cosecha de granos cerca del máximo histórico, muchas industrias producen como nunca, el consumo vuela, la recaudación bate récords y baja el riesgo país. Inciden en este buen desempeño decisiones del gobierno de Cristina Fernández (foto) como el canje de la deuda y la asignación por hijo. Otros datos son menos relucientes. El desempleo baja, pero el empleo sube lentamente. Las exportaciones crecen sólo la mitad que las importaciones y el superávit fiscal se ha transformado en déficit. Aunque las autoridades lo soslayen esta bonanza debe mucho al retorno del viento de cola que empujó a la economía desde 2002 hasta 2008, por el vigoroso crecimiento de los países emergentes, que aumentan su demanda de alimentos producidos por todas las provincias argentinas. La más sonora nota discordante la da la inflación, que llegará en 2010 al 25%, la segunda más alta del mundo luego de Venezuela. Muchos otros problemas, que permanecen ocultos, también amenazan la sostenibilidad del crecimiento argentino. La Argentina cumplirá en 2010 nueve años sin un derrumbe macroeconómico, acercándose al récord de 1963 a 1974, y esto es muy bueno para el país. El marco mundial favorable centrado en los países emergentes puede durar aún un par de décadas, por lo que habrá nuevas oportunidades de lograr un desarrollo integral . Por ello es difícil que la campaña electoral del 2011 esté centrada en el problema económico, salvo en el caso de la inflación que sí será protagonista. Ante un gobierno que esgrimirá sólo la cara complaciente de la reactivación económica, la oposición se las deberá ingeniar para mostrar que es posible un futuro verdaderamente mejor en lo económico, pero también en lo político y en lo social.