KABUL.- Un día después de la revelación oficial sobre riquezas minerales de valor inconmensurable todavía no explotadas en Afganistán, el país asiático volvió a ser noticia: según la emisora británica BBC Asia, los talibanes reclutan para su lucha en Afganistán musulmanes drogadictos de países occidentales. Tal el caso de un joven británico que fue enviado por su padre a Pakistán para desintoxicarse. Allí estuvo 40 días en una escuela coránica antes de que los talibanes lo reclutaran. Durante su estancia en la escuela recibió metadona para acabar con la dependencia de la heroína. Después fue instruido en el manejo de las armas y en la lucha de guerrillas. Y al término de entrenamiento, fue llevado a Bagram, en el norte de Kabul, donde se encontró con jóvenes de otros países. Pero finalmente decidió salir del grupo y volver a Reino Unido a través de Pakistán.
El Consejo de Musulmanes británico advierte a los musulmanes desde hace años del alto riesgo de una radicalización durante una terapia de desintoxicación en esos países.
El flagelo del opio
La drogadicción es un flagelo en el país asiático, considerado el corredor de la heroína hacia mercados europeos. Al mirar atentamente los dibujos en la pared de la clínica Sanga Amaj surge un sentimiento desgarrador. Un dibujo de un niño de 11 años muestra a sus padres acurrucados sobre los implementos para drogarse con heroína mientras sus hijos los miran desesperanzados. En otro boceto aparecen jóvenes sonriendo alrededor de una planta de amapola que fue tachada en rojo. El conjunto de dibujos forma la imagen ideal de la recuperación que Sanga Amaj, una de las tres clínicas financiadas por Estados Unidos para mujeres y niños, ofrece a los marginados y vulnerables adictos al opio del país. Mientras que en Occidente es común que las madres consumidoras den a luz a bebés adictos, el fenómeno afgano de padres que exponen a sus hijos al humo de opio de segunda mano o los alientan a participar activamente, es único y muy poco conocido. Algunos niños ingresan con niveles latentes hasta 15 veces más altos que los de los usuarios de heroína en Estados Unidos. Expertos achacan por este hecho a la pureza de los productos de amapola en Afganistán y a la alta tolerancia desarrollada por la prolongada inhalación en espacios cerrados.
Sanga Amaj, un complejo de habitaciones y talleres en Kabul, comenzó a funcionar hace cuatro años como clínica para mujeres adictas. Los 15 niños y niñas que ahora viven allí tienen entre 3 y 10 años. Siete de ellos son sanos y están aguardando la desintoxicación y reeducación de sus madres. (Reuters)