Se había recuperado de una severa adicción al "paco", había conseguido empleo y se encargaba de ayudar a otros chicos que sufrían lo que él ya había pasado. Sin embargo, Cristian Villagra, de 32 años, sentía que no daba más. Después de una recaída, decidió cerrar un capítulo oscuro de la manera más drástica: se quitó la vida. Su muerte despertó dolor e indignación entre las madres de la Costanera, donde vivía el joven. Las mujeres sostienen que la situación está peor que hace un año y medio, cuando se instaló la polémica por el consumo descontrolado del sustancias ilegales después del crimen de un joven adicto.
Dora Ibáñez no tiene consuelo. Es la madre de Cristian y también una de las primeras que se animó a denunciar el drama que vivían los jóvenes a la orilla del Río Salí. Cuando relata su historia, sus ojos se inundan de lágrimas. Pero, orgullosa, dice que no permitirá que el dolor le gane la pulseada. Su familia, al igual que las de muchas madres de la Costanera, está destruida por el "paco" y ella intentará salvar lo poco que le queda.
En el corazón del barrio, frente a la escuela recientemente estrenada, en la casa de Dora aún se percibe el inmenso sufrimiento que dejó la partida de su hijo, el sábado. Falta poco para el mediodía y las madres no paran de llegar. "A mí me va a pasar lo mismo", grita Elsa Juárez. Y llora. Todas se funden en un abrazo y en medio del silencio se mezcla el sonido de un llanto amargo, insostenible.
"La droga nos venció; se llevó a mi hijo. Ya no soy una ?Madre de la Esperanza?, soy la madre de un ataúd. En vez de lucir un pañuelo verde en la cabeza, llevaré uno negro", suelta, mientras a su lado se sienta su nuera. Laura Cajal está desencajada. Quedó viuda, con tres hijos mejores y no tiene trabajo. "Pensaba que nuestra realidad iba a cambiar", dice mientras esconde su mirada agotada, enrojecida, debajo de la palma de sus manos.
Las madres denunciaron que la venta y el consumo de droga en la Costanera se agravó en los últimos meses y que, pese a todas las promesas que les llevaron las autoridades, nunca recibieron ayuda. Contaron que los jóvenes adictos hicieron tratamientos de entre nueve meses y un año, pero cuando volvieron al barrio todos empezaron a consumir de nuevo. "Dijeron que iban a abrir talleres de oficio y esto nunca ocurrió. Los chicos estaban desocupados y tenían que seguir tratamientos ambulatorios, pero cuando iban a los centros de rehabilitación les decían que había turnos para 15 días después. Terminaban de nuevo en las drogas", expresaron las mamás.
En otro momento de la entrevista, atacaron a la Policía. "Sólo hicieron allanamientos cuando la prensa los obligó. Después, algunos siguieron pasando a cobrar su parte cada medianoche para que los transas (como ellas les llaman a los vendedores de droga) siguieran trabajando tranquilos", remarca Dora. Ya están hartas de denunciarlos a los delincuentes y de recibir a cambio amenazas, en vez de que los repriman a ellos, sostiene Elsa. "Los transas se nos ríen en la cara y en las comisarías, cuando nos ven llegar, nos dicen: ?ahí vienen las locas de la droga?", denuncia.
Las madres no se equivocan cuando describen a los adolescentes adictos, flaquísimos, encorvados, caminando sin destino por los pasadizos de tierra que tiene el barrio. En La Costanera, la imagen de los jóvenes con papelitos metalizados en las manos y pipas caseras en la boca nunca desapareció. "Mi hijo me confesó que se pone como loco si no consume esa porquería. Lo encontré varias veces con todos los brazos cortados. Ya no sé qué hacer", relata Elsa. "Ha tratado de rehabilitarse varias veces, pero el único camino que encuentra es el de la droga", añade.
Sin infancia
Según las mamás, en el barrio ha desaparecido la infancia. Aseguran que empiezan a drogarse a los ocho años y que hacen cosas tremendas para conseguir sustancias: roban a sus padres y vecinos y las chicas llegan a vender sus cuerpos. "¿Para qué queremos escuelas si dentro de poco estarán vacías?", se preguntan. Cuentan que los chicos amanecen tirados y que el "paco" está destruyendo de tal forma el organismo de los adolescentes que algunos hasta tienen que usar pañales. "Los deja discapacitados", cuenta Claudia Romano, que tiene dos hijos adictos, de 21 y 25 años.
Después de la catarsis, llega el momento de tomar decisiones. Y las madres no tiemblan: pedirán al Estado que saque la droga del barrio de una vez por todas y que abra un centro de rehabilitación en el corazón de La Costanera. Mientras tanto, seguirán caminando cada noche la zona para hablar con los chicos y llevarlos a sus casas. Y rematan su plan de acción, con un método más que arriesgado: "saldremos con cámaras a filmar a los transas. Si así no los sacan, tendremos que ir cada por casa y matarlos. Ya no tenemos nada que perder".