¿Qué ocurre si se mezcla un clásico de la literatura con una historia conocida -la interminable pelea por el amor de un hombre entre su madre y su mujer-, junto a grandes coreografías y actuaciones? Se obtiene "Las mil y una noches", el último espectáculo de Pepe Cibrián y Angel Mahler.
Ni el frío ni la gran variedad de opciones artísticas que ofreció el fin de semana impidieron que la sala del Alberdi se llenara para ver un espectáculo que se sabía bueno. Por la jerarquía de los actores y por la calidad de su dirección y musicalización. Razones de peso que llevaron a los tucumanos a decir presente en el show. Y si los aplausos hablaran, dirían que no se arrepintieron.
Bailes, luces y música se mezclan durante toda la noche contando la historia de un modo cabal. Los bailarines a veces hacen de actores y otras de música hecha carne, creando un espectáculo visual completo. Esto, sumado a una historia tradicional, pero desde una perspectiva distinta, entretiene al público durante más de dos horas.
Claudia Lapacó interpreta a Feyza, la sultana de Turquía, que sin ninguna intención de perder su trono procura matar a todas las amantes de su hijo. Una sola noche es garantía de mantener a cualquier intrusa con aires de grandeza lejos de su "trono". El hijo, Solimán, no es un villano, sino un autoritario sultán. Juan Rodó interpreta a un hombre que parece tener fuerza para todo, menos para impedir que su madre se meta en su vida personal.
Leila, consejera de la realeza, encuentra una nueva esclava para el sultán. Elena, interpretada por Georgina Ferré, es una joven rebelde y sencilla, cuya única aspiración de volver a su amado mar. Antes del encuentro con Solimán, Leila le aconseja a Elena ser inteligente. En un ataque de bondad, le recomienda conquistar al sultán. ¿Cómo? Contándole un cuento que no tenga final.
Así pasan las noches, perdiendo protagonismo los cuentos en pos de la relación entre los tres. Un relato de amor, pasión y celos, junto a un extraño complejo de Edipo, le dan un toque muy particular y humano a la historia.
La elección entre las dos mujeres por parte del sultán; la lucha de la madre por mantenerse en su lugar (una obsesión por el poder de la corona y el amor de su hijo); y la pureza de Elena logran que la historia recorra distintas emociones.
Esto, más una brillante musicalización y puesta en escena, transportan al espectador por todas las sensaciones que se desprenden de cada personaje. Amando y odiando a cada uno, según el ritmo marcado por una muy buena producción.

Ovación
Un final entre trágico y romántico cierra la noche. A medida que aparecen los personajes en el escenario los aplausos van creciendo. Y llegan a su punto máximo cuando sale Lapacó, que logra que desde el más pequeño, subido a la butaca, hasta el más grande del heterogéneo público se levante para ovacionarla. Será por su gran actuación, será por su extensa trayectoria, será porque, por más mala y odiosa que sea la sultana, todos reconocen a una madre a la que le cuesta renunciar al trono.