MADRID.- Después de 22 años al frente del juzgado de instrucción número cinco, Baltasar Garzón, abandonó ayer entre lágrimas la Audiencia Nacional luego de que la Justicia española lo suspendió cautelarmente por un proceso de presunta prevaricación en su investigación de crímenes del franquismo, lo que lo llevará al banquillo de los acusados en juicio oral. El mismo órgano que administra la conducta de los jueces aplazó posteriormente la decisión sobre si le concede permiso para trabajar en La Haya, por invitación de la Fiscalía de la Corte Penal Internacional (CPI).

La resolución del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ) en perjuicio de Garzón fue criticada desde varios sectores políticos y sociales de España y de otros países. En Madrid se realizó ayer espontáneamente una masiva marcha en apoyo al juez español más reconocido en el ámbito internacional.

"El pleno ha acordado por unanimidad hacer efectiva la suspensión cautelar de sus funciones, que viene determinada por la resolución dictada por el Tribunal Supremo de la apertura de juicio contra el referido magistrado", dijo la vocero del CGPJ Gabriela Bravo a la prensa.

A sabiendas
La demanda, planteada por el sindicato Manos Limpias y por la organización política Falange Española -que posteriormente fue apartada por defectos de forma en su escrito de acusación-, dice que el juez abrió unas diligencias contra personas fallecidas, entre ellas el dictador Francisco Franco, sobre delitos que habían prescrito o que estaban amnistiados. En este hecho se basa la figura de presunta prevaricación, es decir, realizar actuaciones a sabiendas de que se hallan fuera de la ley.

Eran cerca de las 14 cuando Garzón, de 54 años, salió del tribunal por la puerta principal. Poco antes, mientras tomaba declaración a un imputado, le habían comunicado por teléfono lo que se sabía de antemano que iba a ocurrir y que implicaba que debía abandonar de forma automática la Audiencia Nacional. Jueces, fiscales y funcionarios se reunieron en la puerta para despedirlo con aplausos, abrazos y ovaciones, junto a ciudadanos anónimos. Su mujer, Rosario Molina, había acudido al lugar para acompañarlo en el trance. La emoción lo embargó: se fundió en abrazos con colegas y ciudadanos. Para entonces, las sonrisas de agradecimiento en la cara del juez se habían convertido ya en mueca que trataba de contener sin éxito las lágrimas. Estas brotaron imparables cuando el juez y su esposa dejaron el lugar en el coche oficial. (DPA)