CIUDAD DEL CABO.- Diez semanas antes de que arranque el Mundial de fútbol, Sudáfrica debe afrontar de nuevo malas noticias sobre la violencia y el conflicto racial en el país. El brutal asesinato de un líder de la extrema derecha sudafricana, Eugene Terreblanche, removió una vez más los cimientos de la "nación del arco iris" multirracial.

El presidente, Jacob Zuma, está preocupado, y con razón, por las sombras que pueda arrojar este acto violento sobre el primer Mundial del fútbol que se celebrará en tierra africana. El asesinato vuelve a abrir esa vieja herida que nunca se curó del todo en una sociedad que tan sólo hace 16 años abolió el apartheid. Y amenaza además la imagen de una Sudáfrica pacífica y reconciliada, que justo ahora pretende atraer a miles de turistas de cara a la gran fiesta del balompié en junio y julio.

Terremoto político

El sábado pasado, cuando dos jóvenes trabajadores mataron con un machete y un palo -según la policía- al granjero ultraderechista (creador del Movimiento de Resistencia Afrikaner, AWB, grupúsculo que se opuso recurriendo a la violencia a la transición post apartheid de principios de 1990) cuando dormía, probablemente no tenían ni idea del terremoto político que podían desencadenar.

Los jóvenes atacantes, de 15 y 21 años, cerraron su disputa con Terreblanche sobre su salario de la misma forma que se solventan muchas disputas en el país: con violencia. Pero en este caso hay otro elemento que empaña la joven democracia sudafricana, ya que la sociedad sigue sufriendo la tensión intraracial a pesar de todas las políticas de reconciliación de los héroes nacionales y del premio Nobel de la Paz Nelson Mandela, cuya voz ya apenas se escucha debido a su edad.

Tras el crimen, el miedo y el odio eran palpables el sábado en Ventersdor, el pueblo de origen de Terreblanche y ex bastión del AWB. Delante de la granja donde se encontró el cuerpo sin vida, sus partidarios pidieron "venganza".

Responsables

Después del asesinato de Terreblanche los principales grupos de la oposición relacionaron el hecho con los discursos "incendiarios" de Julius Malema, secretario general de las juventudes del ANC (Congreso Nacional Africano), el partido de gobierno, con el violento ataque de trabajadores negros contra un granjero blanco.

Malema, importante aliado de Zuma, no sólo exige la nacionalización de la industria minera o la expropiación de tierras, sino que se vuelva a cantar la "tradicional canción combativa" del ANC, en la que se pide "Kill the Boer" (mata al -granjero- Boer).

La semana pasada Malema visitó Zimbabwe invitado por el partido del presidente Robert Mugabe, que -además dirigir con puño de hierro el país- alienta expropiaciones forzosas de granjeros blancos y de empresas de blancos. Unos nueve millones de blancos y asiáticos que viven en Sudáfrica temen que Malema sea el precursor de una Sudáfrica en la que los negros se apropien del poder y arruinen el país, como hizo Mugabe con Zimbabwe.

La pesadilla de Zuma y de los sudafricanos sería que la imagen de su país se viera empañada justo ahora, en ocasión del Mundial de fútbol, por episodios de violencia y disturbios. No obstante, en los suburbios de la ciudad hay desde hace meses un ambiente tenso y protestas violentas por montañas de basura que no se retiran, por ayudas prometidas que no llegan y por la falta de servicios sociales.

Este último y espectacular asesinato arroja más inseguridad. El AWB, que lideraba Terreblanche, anunció venganza. La organización ya mostró en varias ocasiones que sus amenazas no se quedan sólo en palabras. (DPA)