Es habitual que ante un despiste cotidiano aparezca el temor a estar sufriendo una condición neurodegenerativa. Sin embargo, la ciencia médica y la neurociencia cognitiva son claras: sufrir olvidos ocasionales no significa padecer Alzheimer ni implica necesariamente un deterioro patológico. La clave para mantener la tranquilidad reside en comprender la diferencia entre una falla atencional pasajera y un cambio sostenido en las capacidades cognitivas.

La ciencia detrás de los despistes cotidianos

La mayoría de las fallas de memoria que experimentamos a diario no son problemas de almacenamiento del cerebro, sino fallos de atención en el momento de registrar la información. Cuando apoyamos los anteojos o las llaves mientras pensamos en la rutina del día, el cerebro actúa en "piloto automático". Al no haber prestado atención en el segundo exacto en que soltamos el objeto, la información nunca se guardó en la memoria a largo plazo.

Asimismo, atravesar una puerta y olvidar qué se iba a buscar responde a un mecanismo de optimización del cerebro para enfocar la atención en el nuevo entorno. Factores como el estrés, la depresión, la falta de sueño o el consumo de ciertos medicamentos también afectan transitoriamente la concentración y el recuerdo, sin que esto constituya una enfermedad degenerativa.

Olvido normal y el que exige consulta

La frontera central entre el envejecimiento cognitivo esperable y un proceso patológico radica en dos factores: la conciencia del propio olvido y el impacto directo en la autonomía diaria. Como explica el neurólogo Facundo Frissia, lo que debe llamar la atención es un cambio persistente respecto de cómo funcionaba habitualmente la persona y la interferencia con su vida cotidiana.

Con esos parámetros se puede catalogar un olvido benigno y cotidiano y la señal de alerta para hacer la consulta médica. Por ejemplo, olvidar dónde se dejaron los anteojos o las llaves, no es preocupante; no saber para qué sirven los anteojos o la función de las llaves, sí.

Entrar a una habitación y olvidar el motivo, pero recordarlo más tarde, no es grave. Desorientarse o perderse en trayectos habituales del propio barrio, lo es. Tardar en encontrar una palabra en la charla o usar un sinónimo no es para preocuparse, perder el hilo conversacional o usar palabras incorrectas sin notarlo, sí.

Cuando los lapsus se vuelven repetitivos, interfieren en la capacidad para realizar tareas habituales o generan desorientación espacial y temporal, es fundamental realizar una evaluación profesional. La detección oportuna permite evaluar no solo la memoria sino también el lenguaje y la atención, diferenciando causas tratables de otros trastornos y garantizando una mejor calidad de vida.