Los inmigrantes japoneses llegaron a comienzos del siglo XX. Provenientes de Buenos Aires se radicaron desde 1910 con la intención de instalar en Tucumán una sucursal del café Paulista, un local que había ganado prestigio en la capital del país, según una investigación de Sergio Naessens, licenciado en Geografía e integrante del Centro de Estudios sobre Asia y África de la Facultad de Filosofía y Letras. Lo cuenta la nota “Cocina & Colectividades: japoneses que huyeron de la posguerra y hoy sus platos se comparten en Tucumán”, de Álvaro Medina (LA GACETA, 20/08/2023).
“Muchos ‘paisanos’ de Córdoba, Rosario y Buenos Aires habían tenido éxito dedicándose a esta actividad”, dijo Naessens. “Debido a esto, los que se habían hecho de algún capital, llegan a Tucumán e instalan cafeterías, mientras que otros trabajan como mozos”, dijo. Entre 1910 y 1920, la ciudad llegó a contar con cinco bares-café alrededor de la plaza principal en los cuales había entre 40 y 50 japoneses trabajando como mozos. “Cuando los inmigrantes de Japón llegaban al país buscando trabajo en las ciudades de Buenos Aires o Córdoba, era común que les recomienden viajar a Tucumán para integrarse a esta actividad”, dijo Keiko Saito, presidenta de la Asociación Nikkei, una de las dos agrupaciones de la comunidad en la provincia. “Las cafeterías redituaron importantes beneficios hasta que comenzó la competencia con los tucumanos en el rubro. Hacia 1930 abandonaron la actividad, dedicándose a otro tipo de emprendimiento: las tintorerías. En 1933 instalan la primera de ellas en Tucumán”, añadió Naessens.
Recuerdos fotográficos: 1937. La confitería París “cede al soplo de la civilización”Uno de los cafés era el Japonés, ubicado en calle Las Heras (hoy San Martín) 667. En ese lugar se instalaría en 1948 la Librería Sarmiento, que daba a la vereda, muchos años antes de que se construyera ahí la galería San Martín (foto pequeña, actual).
Se sabe que el Café Japonés, ubicado en plena “city” bancaria, era muy popular. Según el relato de 1947 de un anónimo periodista del desaparecido diario “Trópico”, que firmaba como “El hombre de la calle”, esta confitería era “la bolsa de las cotizaciones de la industria de la construcción”, sobre todo en las primeras horas del día. Así se relata en la nota “Cafés en la ciudad de los 40”, de Carlos Páez de la Torre (h) (LA GACETA, 04/02/1997). “Notorio hervidero de gente”, allí “era difícil encontrar mesas y aún sillas, no obstante la gran cantidad de ellas que se alinean en el enorme salón, y entre las cuales los mozos, auténticos hijos del Sol Naciente, se deslizan silenciosamente”, decía el periodista. Añadía que “en todas las mesas se hablaba de cemento, de ladrillos, de maderas, de instalaciones eléctricas. Los constructores van pergeñando sus presupuestos para los clientes que deben convencer esa misma tarde, mientras salen dispersados a los bancos cercanos”.