Las películas de terror tienen una particularidad: aunque provocan miedo, tensión y sobresaltos, millones de personas las eligen voluntariamente para entretenerse. Halloween suele ser una de las épocas del año en las que aumenta el interés por este género, pero el atractivo de las historias escalofriantes va mucho más allá de una celebración. ¿Por qué disfrutamos de una experiencia que, en principio, debería provocarnos rechazo?

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La explicación está relacionada con la manera en que funciona nuestro cerebro frente a las amenazas. Cuando vemos una película de terror, el cuerpo puede reaccionar como si estuviera ante un peligro real, aunque sepamos que estamos sentados en el sillón de casa o en una butaca del cine. Esa combinación entre miedo y seguridad genera una experiencia emocional que los especialistas estudian desde hace años.

Qué sucede en el cerebro cuando vemos películas de terror

El miedo que producen las películas de terror puede compararse con la sensación que experimentamos al subir a una montaña rusa. Aunque sabemos que el recorrido fue diseñado para ser seguro, nuestro organismo responde ante la velocidad, las caídas y los movimientos bruscos como si existiera una amenaza.

Algo similar ocurre cuando miramos una escena aterradora. El cuerpo activa mecanismos relacionados con el miedo y libera hormonas que preparan al organismo para reaccionar frente a un posible peligro. Sin embargo, esa respuesta puede convivir con otra sensación: el placer.

El psiquiatra y neurólogo alemán Borwin Bandelow explicó a DW News que, durante estas experiencias, también se liberan endorfinas. Estas sustancias actúan como analgésicos naturales y pueden generar una sensación de bienestar y euforia.

La clave está en que el espectador reconoce que no corre un riesgo verdadero. Aunque el cerebro responde emocionalmente a las imágenes, la conciencia de estar en un entorno seguro permite disfrutar de esa descarga de adrenalina sin exponerse a las consecuencias de una amenaza real.

El cine de terror como entrenamiento psicológico para enfrentar los miedos

El género de terror tiene una larga historia dentro del séptimo arte. Una de sus obras fundamentales es Nosferatu: Sinfonía del Horror, dirigida por Friedrich Wilhelm Murnau y estrenada en 1922. La película, protagonizada por el siniestro conde Orlok, estableció algunas de las bases visuales y narrativas que marcarían las representaciones cinematográficas del miedo.

Pero el terror no solo busca provocar sobresaltos. El director estadounidense Wes Craven (1939-2015), responsable de títulos como Pesadilla en Elm Street, consideraba que estas historias podían funcionar como una especie de entrenamiento para la mente.

Según su mirada, las narraciones de terror permiten representar situaciones amenazantes dentro de un escenario ficticio. De esa manera, los espectadores pueden enfrentarse simbólicamente a temores que, en la vida cotidiana, resultarían mucho más difíciles de procesar.

Craven sostenía que las historias convierten los peligros en acontecimientos que pueden observarse y comprenderse. Así, el cine ofrece una oportunidad para pensar sobre los propios miedos sin tener que atravesar realmente las situaciones que los provocan.

Qué es el punto óptimo del miedo y por qué buscamos sentirlo

Desde 2020, el Laboratorio de Miedo Recreativo de la Universidad de Aarhus, en Dinamarca, investiga por qué algunas personas buscan voluntariamente experiencias que les generan temor.

Uno de los conceptos centrales de sus investigaciones es el llamado punto óptimo de miedo: un nivel de intensidad en el que la experiencia resulta suficientemente aterradora para generar emoción, pero no tanto como para convertirse en algo desagradable.

Mathias Clasen, codirector del laboratorio, sostiene que quienes disfrutan del terror no son espectadores pasivos. Por el contrario, regulan su exposición al miedo y buscan un equilibrio entre la tensión y el placer.

Cuando una película resulta demasiado aterradora, la diversión puede desaparecer. En cambio, si el nivel de miedo es adecuado, la experiencia permite jugar con emociones negativas en un contexto controlado.

Los estudios sobre miedo recreativo también plantean que estas experiencias podrían contribuir al desarrollo emocional y a mejorar la capacidad para afrontar situaciones estresantes.

Los tres tipos de personas que disfrutan del cine de terror

En sus investigaciones, Mathias Clasen y el psicólogo estadounidense Coltan Scrivner identificaron tres perfiles de aficionados a las experiencias aterradoras. Cada uno se relaciona de una manera diferente con las emociones que despierta el género.

  • Adictos a la adrenalina: son quienes buscan principalmente la descarga emocional inmediata que producen los sustos y las escenas intensas.
  • Adictos al miedo: encuentran en las experiencias aterradoras una oportunidad de crecimiento personal y de exploración de sus propias emociones.
  • Afrontadores de la oscuridad: combinan el disfrute del miedo con una mejora en el estado de ánimo, el autoconocimiento y el desarrollo personal.

Por eso, la intensidad importa: el miedo puede convertirse en una experiencia entretenida e incluso aportar herramientas emocionales, siempre que se mantenga dentro de un nivel tolerable para cada persona. Al fin y al cabo, parte del encanto del cine de terror consiste justamente en sentir que estamos en peligro, mientras sabemos que estamos a salvo.