En el Día Mundial de la Ecología (1 de noviembre), una reflexión sobre las advertencias que durante décadas fueron ignoradas, los desafíos ambientales globales y la responsabilidad de Tucumán en la conservación de su patrimonio natural.

En la década de 1970, cuando las preocupaciones ambientales comenzaban a ganar espacio en la agenda internacional, defender la naturaleza no siempre era una tarea comprendida ni valorada. Quienes advertían sobre la destrucción de los bosques, la contaminación de los ríos o la desaparición de especies eran, con frecuencia, objeto de burlas y descalificaciones. «Les interesan más las mariposas que la gente», se decía, como si proteger la biodiversidad fuera un capricho de naturalistas y no una cuestión vinculada directamente con el bienestar humano.

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El tiempo se encargó de demostrar el error de aquella mirada. Hoy, el planeta enfrenta una crisis ambiental de dimensiones extraordinarias: el calentamiento global, la pérdida acelerada de biodiversidad, la degradación de los suelos, la contaminación del agua y del aire, la alteración de los ciclos hidrológicos y la creciente frecuencia e intensidad de numerosos fenómenos climáticos extremos. Lo que algunos consideraban una preocupación secundaria se ha convertido en uno de los grandes desafíos de la humanidad.

La ecología, como ciencia que estudia las relaciones entre los seres vivos y su ambiente, nos enseñó que la naturaleza no es una suma de elementos aislados. Un bosque no está compuesto solamente por árboles; es un sistema que regula el agua, captura carbono, protege los suelos, alberga miles de especies y contribuye a sostener las actividades humanas. Cualquier especie animal, vegetal o microorganismo forma parte de una red de relaciones ecológicas cuya alteración puede tener consecuencias mucho más amplias de lo que imaginamos. Por eso, la falsa oposición entre las necesidades de la gente y la conservación ambiental debe quedar definitivamente atrás. No hay bienestar social duradero sin agua segura, suelos productivos, aire limpio y ecosistemas saludables. La protección de la naturaleza no compite con el desarrollo inteligente: constituye una de sus condiciones fundamentales.

Nuestra provincia tiene razones para ocupar un lugar destacado en esta reflexión. Tucumán posee una larga trayectoria en materia de conservación de la naturaleza. La creación del Parque Provincial La Florida, en 1936, constituyó un antecedente pionero para la protección de nuestros ambientes naturales y se inscribe entre las primeras experiencias de conservación de la Argentina. Décadas después se fueron incorporando nuevas áreas protegidas, con el propósito de resguardar la extraordinaria diversidad de paisajes, especies y ecosistemas provinciales.

Riqueza natural

Desde las Yungas, con sus selvas de montaña y bosques nublados, hasta los pastizales de altura, los valles y los ambientes áridos, Tucumán concentra una riqueza natural excepcional en un territorio relativamente pequeño. Estos ambientes cumplen funciones esenciales: regulan el escurrimiento del agua, contribuyen a la estabilidad de las cuencas, almacenan carbono y sostienen una biodiversidad que también forma parte de nuestra identidad cultural. Sin embargo, haber avanzado en la creación de áreas protegidas no significa que hayamos resuelto el problema de su conservación. Existe una distancia considerable entre declarar un territorio protegido y garantizar que efectivamente lo esté. Las áreas naturales requieren presupuestos acordes para garantizar personal, infraestructura adecuada, investigación científica, monitoreo, prevención de incendios, control de actividades ilegales y restauración ambiental. Y mas aun se debería considerar que las áreas protegidas formen parte de la Subsecretaria de Ambiente y no de la Producción. Esta es una de las grandes deudas pendientes de la política ambiental. En definitiva, debemos avanzar más allá de las buenas intenciones. No alcanza con reconocer la importancia de un parque o una reserva en una ley o un decreto: es necesario asignarle los recursos que permitan sostener su funcionamiento a lo largo del tiempo. Invertir en ellas no debería considerarse un gasto prescindible, sino una inversión en seguridad hídrica, prevención de riesgos, conservación de la biodiversidad, investigación, educación y desarrollo local.

La naturaleza no puede esperar

El Día Mundial de la Ecología, que se conmemora cada 1 de noviembre, nos invita a comprender que la crisis ambiental exige decisiones concretas. No basta con celebrar la naturaleza, organizar jornadas de plantación o difundir mensajes de concientización si, al mismo tiempo, se debilitan los instrumentos necesarios para conservarla.

Tucumán tiene una oportunidad y una responsabilidad. Debe fortalecer su sistema de áreas protegidas, asegurar presupuestos acordes con sus necesidades, promover la participación de las universidades y de las instituciones científicas, restaurar los ambientes degradados y desarrollar actividades productivas y turísticas compatibles con la conservación.

La ecologia tucumana

La pregunta ya no es si debemos elegir entre las personas y las mariposas. La pregunta es qué calidad de vida podremos ofrecer a las personas si desaparecen las mariposas, se degradan los bosques, escasea el agua y se altera el clima del que depende nuestra propia existencia. Aquellos que hace medio siglo defendían la naturaleza no estaban distraídos de los problemas de la sociedad. En muchos casos, estaban anticipando algunos de los más graves. Hoy sabemos que conservar el patrimonio natural no es una causa marginal ni una preocupación exclusiva de los especialistas. Es una responsabilidad colectiva, una obligación con las generaciones futuras y una condición indispensable para cualquier proyecto de desarrollo que aspire a perdurar.

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La ecología dejó de ser una advertencia para convertirse en una urgencia. Y Tucumán, que supo dar pasos tempranos en la protección de su naturaleza, debe demostrar que está dispuesta a sostener ese legado con decisiones, recursos y políticas públicas concretas.