A José Francisco Gorriti le decían “Pachi” y cuentan que, por alguna promesa brumosa, peleaba enfundado en el hábito franciscano. Era un jinete cabal y su destreza con la lanza sembraba pánico entre sus enemigos. Imaginemos la escena: de entre las espinas del monte irrumpe un hombre al galope. Parece un fraile, pero en vez de repartir bendiciones se dedica a atravesar a quien se le ponga enfrente. O a quien intente escapar. Segundos después, él y su partida se esfuman en la espesura. Atrás dejan sangre, muerte y el espanto de saber que, en el instante menos previsto, pueden reaparecer para cobrarse las vidas que aún no se llevaron. Parece ficción, pero no lo es: así se combatía en Salta y Jujuy durante las contiendas emancipatorias. Y el “Pachi” fue un engranaje central en la rústica pero eficiente maquinaria de la guerra gaucha.

No hay consenso sobre la fecha de su muerte. Ciertas fuentes sostienen que ocurrió el 1 de octubre de 1830; otras fijan el 31 de aquel mismo mes. De ser esta última, mañana se cumpliría un nuevo aniversario del deceso de este hombre, el menor de tres hermanos épicos -no en el sentido hiperbólico y devaluado de hoy, sino en la acepción estricta del término. Se trata, sin dudas, de una oportunidad inmejorable para recordarlos.

EL

José Francisco integró una estirpe que desempeñó roles decisivos en los primeros tiempos de la patria: el primogénito fue Juan Ignacio, sacerdote y estadista. Le seguía José Ignacio: abogado, hacendado, militar y diputado en el Congreso de 1816. Este último fue padre de Juana Manuela Gorriti, pionera de la literatura argentina y una de las precursoras del feminismo en América Latina (comentario al margen: qué bien nos vendría estudiar a fondo su legado, el de las letras, por supuesto, pero también el consagrado a los derechos de las mujeres que, más que en libros, se expresó a través de sus decisiones de vida).

Un linaje legendario

Los tres eran hijos de Ignacio Gorriti y de Feliciana Cueto. Nacidos en Jujuy, en cuanto llegaron las noticias del 25 de mayo de 1810 adhirieron de inmediato a la causa patriótica. Juan Ignacio, célebre como el canónigo Gorriti, bendijo la bandera nacional sostenida nada menos que por Manuel Belgrano en la iglesia Matriz jujeña el 25 de mayo de 1812. Además, integró la Junta Grande de 1811 y el Congreso Constituyente de 1825. Gobernó Salta durante casi dos años y, perseguido por los federales, marchó al destierro en Bolivia, donde finalmente murió.

José Ignacio asumió la administración de la estancia Horcones, propiedad familiar en suelo salteño, pero apenas tronaron los tambores revolucionarios se puso a las órdenes de Martín Miguel de Güemes y lo secundó hasta el final. En 1816 representó a Salta en el Congreso de Tucumán. Se hizo cargo del gobierno salteño tras la caída del prócer gaucho y luego rigió esa misma provincia en otras dos oportunidades. Al igual que el hermano mayor, marchó al exilio empujado por las disputas intestinas. Con él partió una joven Juana Manuela, cuyos restos hoy descansan en el Panteón de las Glorias del Norte de la Catedral salteña, junto con los de Güemes, cuyo semblante -del que no hay registro- ella misma describió en sus textos.

“Pachi”, el menor, cuya muerte se recuerda mañana, cursó estudios con la orden franciscana, pero duró poco: abandonó los hábitos -salvo para vestirlos en las batallas- y se dedicó al trabajo rural. En el campo forjó esa destreza ecuestre incomparable que lo convirtió en figura descollante de la guerra de recursos y emboscadas que Güemes libró contra los invasores. Su afinidad con José Gervasio Artigas y con otros caudillos federales lo orientó hacia caminos políticos opuestos a los de sus hermanos. Sin embargo, se cree que la relación nunca se resintió. Tanto fue así que, cuando el canónigo asumió el mandato provincial, “Pachi” se replegó a sus tierras y depuso definitivamente las armas.

JUANA MANUELA GORRITI. Imagen de la escritora que se conserva en el Museo Histórico Nacional

Su contribución a la causa americana resultó crucial. Durante años asedió sin tregua a las columnas realistas al mando de escuadrones gauchos implacables. Ese dominio del caballo, el conocimiento íntimo del paisaje jujeño y un arrojo lindante con la temeridad forjaron un guerrero legendario, aunque injustamente olvidado: apenas un par de calles en Salta y Jujuy llevan su nombre (la salteña, próxima al aeropuerto, consta de unas pocas cuadras marginales en contraste con la magnitud del homenajeado).

Más allá de las ingratitudes con las que se suele castigar la memoria colectiva, la trayectoria del “Pachi” y de su linaje funciona como un prisma para interpelar el presente y sopesar la talla de quienes hoy nos gobiernan en el norte argentino, Tucumán incluído. Frente a esa estatura histórica, el balance actual resulta desolador.