Hay una expresión que se repite cada vez más en las redes sociales: “activar la energía femenina”. Los videos prometen enseñarles a las mujeres cómo reconectar con su feminidad, dejar de comportarse desde la energía masculina y encontrar cierto equilibrio en sus relaciones. Los consejos parecen sencillos: aprender a recibir, permitir que el hombre tome la iniciativa, abandonar la necesidad de control y recuperar la capacidad de ser cuidada. Del otro lado, la energía masculina se asocia con la ambición, la fortaleza, la protección y la capacidad de proveer.
No son conceptos nuevos. La idea de fuerzas femeninas y masculinas complementarias aparece en distintas tradiciones filosóficas y espirituales. Lo que resulta interesante es observar cómo se reinterpretan en la cultura digital. Porque detrás de un lenguaje que habla de bienestar, autoconocimiento y equilibrio aparecen características que durante siglos se utilizaron para definir qué se esperaba de una mujer y qué de un hombre.
La pregunta no es si una mujer puede disfrutar de ser cuidada o si un hombre encuentra satisfacción en proteger a su familia. Por supuesto que pueden. El problema comienza cuando esas elecciones se presentan como expresiones de una naturaleza femenina o masculina. Cuando la sensibilidad se convierte en un atributo de las mujeres y la autoridad en una cualidad de los hombres. O cuando la independencia femenina empieza a interpretarse como un desequilibrio que necesita corregirse.
La filósofa Judith Butler cuestionó precisamente la idea de que el género sea una consecuencia natural del sexo biológico. En su pensamiento, aquello que entendemos como femenino o masculino también se construye mediante normas, comportamientos y expectativas que aprendemos a repetir. Desde esa perspectiva, vale preguntarse cuánto de lo que consideramos espontáneo responde, en realidad, a lo que aprendimos que debíamos ser.
El psicoanalista italiano Luigi Zoja plantea una paradoja que ayuda a ampliar esta discusión. El autor del libro “La pérdida del deseo”, sostuvo que vivimos en una sociedad pospatriarcal, pero no necesariamente menos machista. Para él, el debilitamiento de la figura tradicional del padre no produjo automáticamente relaciones más equilibradas. En cambio, observa el crecimiento de un modelo de masculinidad asociado con la agresividad, la competencia y la búsqueda de resultados inmediatos.
Su interpretación admite discusiones. El patriarcado tradicional tampoco fue una organización que haya favorecido a las mujeres. Sin embargo, la distinción que propone entre la figura del padre y la del macho permite pensar algo: el retroceso de determinadas estructuras de poder no significa necesariamente la desaparición de las ideas que las sostenían.
En las últimas décadas, las mujeres conquistaron derechos, ampliaron su participación en espacios de decisión y cuestionaron mandatos que parecían inamovibles. Pero los avances legales y sociales no siempre modifican, con la misma velocidad, las expectativas culturales.
Cuando nacer mujer condiciona el futuro
Hay una distancia considerable entre lo que una sociedad reconoce como derecho y aquello que continúa considerando aceptable. Esa distancia adquiere una dimensión mucho más grave cuando dejamos las pantallas y observamos qué ocurre con millones de niñas en el mundo.
Según Unicef, aproximadamente una de cada cinco mujeres jóvenes fue casada antes de cumplir los 18 años en América Latina. Entre los varones, la proporción es de uno de cada 30. El matrimonio infantil afecta a ambos sexos, pero la diferencia es suficientemente amplia como para preguntarnos por qué las niñas siguen siendo las principales perjudicadas. El dato resulta especialmente inquietante en tiempos en los que las redes sociales, con fenómenos como las tradwifes, vuelven a idealizar el matrimonio tradicional y los roles de género. La contradicción merece atención: mientras algunas mujeres reivindican ese modelo como una elección personal, millones de niñas todavía no pueden decidir si quieren casarse, con quién ni cuándo.
No se trata solamente de una costumbre que persiste en determinadas comunidades. Es una práctica vinculada con la pobreza, las desigualdades educativas y las relaciones de poder. En muchos casos, las niñas son unidas a hombres adultos o considerablemente mayores, mientras que los varones que contraen matrimonio durante la infancia suelen hacerlo con niñas de edades similares o menores.
Las consecuencias también son diferentes. Para muchas niñas, casarse significa abandonar la escuela, asumir responsabilidades domésticas, enfrentar embarazos tempranos y quedar expuestas a mayores riesgos de violencia. Su futuro empieza a organizarse alrededor de obligaciones que otros decidieron por ellas.
El dato de que 117 países permiten alguna forma de matrimonio antes de los 18 años, mediante excepciones legales o autorizaciones, requiere mirar más allá de las diferencias culturales. No significa que todos tengan las mismas leyes ni que la práctica ocurra con igual frecuencia. Pero sí obliga a preguntarse por qué la protección de la infancia todavía admite excepciones cuando se trata del matrimonio.
Sería incorrecto establecer una equivalencia entre un video de TikTok y una niña obligada a casarse. Las circunstancias, las consecuencias y las responsabilidades son completamente distintas. Sin embargo, ambos fenómenos permiten observar, en escalas incomparables, la persistencia de una misma pregunta: ¿hasta qué punto seguimos pensando que el destino de una persona debe estar condicionado por haber nacido mujer u hombre?
Quizás una de las contradicciones de nuestro tiempo sea esa. Hemos aprendido a reconocer muchas formas de desigualdad, pero algunas de las ideas que las sostienen sobreviven, incluso cuando cambian de nombre. A veces aparecen como tradiciones que parecen imposibles de modificar. Otras, como tendencias que prometen ayudarnos a descubrir quiénes somos.
El desafío no es eliminar las diferencias entre mujeres y hombres, es dejar de convertirlas en instrucciones sobre cómo debemos vivir.