Cada 27 de octubre se conmemora el Día de Muertos de las Mascotas, una fecha que marca el inicio formal de las festividades del Día de los Muertos y visibiliza el impacto emocional tras la pérdida de un animal de compañía. Según la creencia popular de origen mexicano, durante la noche de este día las almas de las mascotas fallecidas cruzan desde el Mictlán (el "lugar de los muertos" en idioma náhuatl) para visitar por unas horas a sus familias humanas. En la Argentina, la costumbre se ha adaptado con fuerza impulsada por el reconocimiento de los animales como miembros plenos del hogar.
La tradición indica que los espíritus de los animales fallecidos regresan a sus casas durante la noche del 27 de octubre y permanecen hasta las primeras horas de la madrugada del 28 antes de retornar al plano espiritual. Por este motivo, el altar de homenaje debe empezar a armarse entre la tarde y la noche de la jornada previa. Esta ofrenda busca honrar a estos compañeros leales y brindarles hospitalidad durante su breve estadía terrenal.
El significado simbólico de cada ofrenda en el altar
Aunque no existe una ubicación fija en la vivienda para colocar la ofrenda, cada uno de sus elementos cumple una función precisa dentro de la ceremonia. En el centro se ubica la foto favorita del animal, la cual representa el recuerdo tangible de su presencia y su mirada. A su alrededor se encienden velas, cuya luz simboliza el camino de regreso y el afecto ininterrumpido del hogar.
Para orientar el trayecto del espíritu se colocan flores de cempasúchil, acompañadas por agua fresca y sus platos de comida o snacks preferidos como gesto de bienvenida. El altar se completa con juguetes, correas, mantitas o prendas cotidianas que encierran su energía e historia compartida, junto a incienso para purificar el espacio y las urnas con cenizas en caso de cremación.
El "duelo desautorizado"
Más allá del aspecto mítico, la muerte de una mascota altera de forma drástica la rutina cotidiana al interrumpir los hábitos compartidos entre el animal y su familia. A esta transformación se suma con frecuencia la incomprensión del entorno social, que suele minimizar el sufrimiento o sugerir reemplazos inmediatos. En el campo de la psicología, esta situación se conoce como "duelo desautorizado", donde la falta de reconocimiento externo genera soledad, vergüenza y culpa en el doliente.
Frente a la desvalorización del dolor, contar con una fecha específica en el calendario otorga un marco de validación colectiva para expresar el pesar sin temor a ser juzgado. Especialistas en atención terapéutica destacan que montar un altar funciona como un gesto simbólico que le da forma concreta al sentir interno. De esta manera, la conmemoración abre espacio al agradecimiento por el tiempo compartido sin exigir que desaparezca la tristeza.
El inicio de un cronograma espiritual más amplio
La jornada del 27 de octubre representa el primer paso de un calendario de memoria que se extiende hasta comienzos de noviembre. Según la tradición de raíces prehispánicas y católicas, la secuencia continúa el 28 de octubre con el recuerdo de quienes murieron de forma trágica o violenta.
Posteriormente, los días 30 y 31 se dedican a los niños que murieron sin ser bautizados, el 1 de noviembre al Día de Todos los Santos para los niños fallecidos y el 2 de noviembre al Día de los Fieles Difuntos para los adultos