Dicen que Napoleón Bonaparte, cuando le recomendaban un oficial, preguntaba “¿tiene suerte?” Evidentemente, consideraba muy importante que se tratara de un hombre con suerte, además de un buen militar.
Woody Allen también tiene predilección por este tema. Es recurrente en sus películas e incluso en su concepción vital: ha declarado más de una vez que nuestro destino depende menos del talento y el esfuerzo, que del azar. Y comparó las situaciones más cruciales de la vida con un partido de tenis en que la pelota golpea el borde de la red y, por una fracción de segundo, puede caer hacia un lado u otro, sin ningún control por parte del jugador, con opuestos desenlaces. Esta idea encuentra su expresión más contundente en “Match Point” (2005), una de sus grandes películas, donde el protagonista termina saliéndose con la suya de la manera más azarosa.
Este modo de entender el destino puede incomodar a los entusiastas de la meritocracia, tan convencidos de que, con esfuerzo y dedicación, se puede lograr prácticamente todo lo que nos propongamos: un mejor trabajo, un cuerpo atlético y, por qué no, un buen amor.
Recientemente, en el podcast “Un pensamiento con Mai Pistiner”, la periodista conversó con Florencia Sichel (filósofa, escritora y docente), sobre el misterio del amor y el azar. “Uno a veces quiere entender el amor, quiere calcular el amor, quiere prepararse para el amor -decía Sichel-. Yo conocí a quien hoy es mi marido a los 18 años, en un boliche de rock en Flores”. Aseguró que, obviamente, en ese momento ella no estaba buscando un novio o una familia. Pero que él “tenía una remera de Divididos y yo le dije ‘¡aguante Divididos!’ y él tenía un fernet en la mano y me dijo ‘¿querés tomar fernet?’” Ella respondió: “¡dale!”.
Y reflexionaba sobre lo desilusionante que podía resultar su historia para algunas personas que están en esa búsqueda: “porque entonces... qué hago, cómo me preparo, dónde lo compro, por más de que me tunee toda…” Concluía que el amor es “mucho más contingente de lo que uno piensa” y citaba al filósofo francés Alain Badiou (1937), que también lo considera de este modo.
Y es tal cual: Badiou concibe el amor como un “acontecimiento”: algo que irrumpe inesperadamente, altera el curso de una vida y abre la posibilidad de experimentar el mundo desde la perspectiva de dos. Pero ojo, que no se trata de un flechazo definitivo, garantizado. Es, más bien, el comienzo de una construcción que exige trabajo, fidelidad a aquel encuentro y disposición a seguir apostando, incluso mucho después de aquel recital de Divididos.