La pintora mexicana Frida Kahlo es uno de los grandes íconos femeninos del siglo XX latinoamericano. Un sujeto se transforma en símbolo y se multiplica en imágenes y relatos. Las narrativas surgen no sólo de su obra sino de su vida. Su historia conjuga un arte deslumbrante, una personalidad fuerte, una vida tempestuosa y un cuerpo sufriente. Belleza y padecimiento se unen en sus cuadros develando las diversas Fridas que compuso la autora y que sigue componiendo su público. Las pinturas y los escritos exponen y reponen imágenes diversas. Si la espina bífida, la polio y el riel del tranvía la condenaron al dolor y a la pérdida, su entrega al arte y a la vida fueron su forma de enfrentarlos. Llena de pasiones su existencia estuvo marcado por su gran amor por Diego Rivera, el mítico muralista mexicano. Los unía una relación tumultuosa y romantizada. Ambos ayudaron a Trotsky en su estadía mexicana y se mantuvieron en el centro del mundo mexicano posrevolucionario, marcado por las tormentas de la primera mitad del siglo.
De la artista al mito
En Mitologías Roland Barthes define al mito como una palabra robada y devuelta a otro lugar, que transforma la historia en naturaleza. La popularidad de Frida la ha convertido también en fetiche y mercancía -al igual que otras figuras como el Che Guevara y Eva Perón-. Además de películas y libros, hay ropa y zapatillas con su imagen. La casa azul en Coyoacán recibe peregrinos, sus cuadros se multiplican en museos y calles. Incluso en billetes y zapatillas.
Néstor García Canclini considera que la potencia del “personaje” elaborado por Kahlo no reside tanto en una serie de sentidos propios, sino en su capacidad para reunir sentidos cruciales para el siglo. Esa figura autoral no es suplemento, sino que es el material del cual está hecha la obra y también su sentido último. Toda la obra de Frida Kahlo gira alrededor de la construcción de una identidad estética. Es la pintora de la proliferación del Yo, de la performance identitaria. También es cierto que cada tiempo tiene su Frida, Bellatin la imagina eterna. Monsiváis la explica: “La fridomanía es una moda, y el concepto Frida Kahlo incluye y trasciende la fridomanía...”.
Margo Glantz afirma que en los autorretratos de Frida Kahlo cree descubrir una íntima necesidad de reconocerse desde fuera… la perplejidad de no saber cómo enfrentar su alteridad, cómo salir de sí misma, de ese ensimismamiento, de ese estar encima de sí misma sin interrupción, constantemente, mirándose, retratándose y regalando luego su efigie como lo más preciado de sí misma —como lo único valioso que le pertenece—.
En estos días una multitud asiste arrobada a la muestra “Viva Frida” en el Malba en Buenos Aires. Además de objetos, cuadros originales y reproducciones, documentales y fotografías impactan las numerosas muñecas con los vestidos típicos mexicanos que multiplican a Frida y nos sorprenden desde la gran jaula de vidrio. Incluye objetos encontrados hacia 2006 cuando se abrieron dos habitaciones selladas por orden de Diego: una pierna ortopédica (con una bota roja y detalles especiales) y muletas; ropa y textiles: batas con manchas de sangre y ropa de uso personal; medicinas y objetos médicos. Además de una bañera con carteles e iconografía política.
Prisión y alas
Creo que no se equivoca su mejor biógrafa Hayden Herrera cuando sostiene que, en medio de la proliferación, Frida parece completamente sola: “la representación de la persona que veía en el espejo era una manera de confirmar su existencia. Pero la duplicación de su yo, ya sea en el espejo o en los autorretratos, no alivia su soledad”. En la exposición el espectador se detiene en imágenes donde lo asaltan el asombro y la belleza del cuerpo gozante y sufriente de una mujer que clama en su diario: “Esperar con la angustia/guardada, la columna/ rota, y la inmensa mirada, / sin andar, en el vasto/ sendero / moviendo mi vida cercada/ de acero”. El corsé que la oprime se hace palabra, el amor por Diego acecha desde todos los rincones. El día antes de la operación donde perdería un pie una leyenda que ahora nos asalta desde la pared: “Pies para qué los quiero/Si tengo alas para volar, 1953”. Todos sus corsés nos recuerdan que tuvo que anclarse a la tierra. Sus pinturas podrían considerarse las alas.
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Carmen Perilli – Doctora en Letras, profesora emérita de la UNT.