En un tórrido y solitario verano en Tucumán, sólo interrumpido por inundaciones y vendavales, cuando mucha gente ya se había ido a las montañas o al mar, consideré que era el momento adecuado para comenzar a leer un libro de 1.663 páginas: Borges, el libro que reúne los diarios en los que Bioy Casares registra sus conversaciones con su íntimo amigo (edición a cargo de Daniel Martino, albacea literario de Bioy).
Mi admiración por Borges viene desde mi lejana adolescencia y continúa hasta hoy; y, quizás por eso, llegué a imaginar que todo lo que se refiriera a él debía ser perfecto. Cuando ya había comenzado la lectura me contaron que, conversando con Bioy Casares, se divertía hablando mal de los demás escritores, ridiculizando a esos autores menos dotados que él; que decía cosas muy desagradables de mujeres a las que había amado o con las que había escrito libros en colaboración. Por supuesto, todo eso me desconcertó.
Genialidad y crueldad
Ocurre que yo pensaba que existía una relación muy estrecha entre inteligencia y bondad, entre razón y piedad. Tuve que recordar que científicos muy importantes utilizaban su talento para construir armas cada vez más mortíferas y que ejemplos de este tipo abundan en la historia humana, pasada y presente. Entonces, ¿por qué me parecía tan grave que Borges se burlara inclusive de sus amigos, si un genio no es necesariamente un santo?
Aparte de estas reflexiones, la lectura del libro me reconcilió con Borges, pues esa lectura fue un placer. Asistir a las conversaciones de dos personas muy inteligentes y agudas, con mucho sentido del humor, puede hacer olvidar rápidamente cualquier situación climática. Borges y Victoria Ocampo fueron dos personalidades muy fuertes que, evidentemente, debieron chocar varias veces. Borges la acusa de “mandona”, pero no deja de publicar en “Sur”, ni de visitarla en su casa. Cuando vuelve de sus reuniones, se dedica a criticar también a sus invitados, especialmente cuando son celebridades internacionales, como el poeta hindú Tagore. Se ensaña con Sabato presentándolo como un hombre que, careciendo de una obra, busca la publicidad, y cuenta de él que si en una reunión aparece un fotógrafo, corre a ponerse en primera fila. De Mujica Láinez dice que cuando va a Europa, con sus extravagantes chalecos y sus sombreritos, se cree que lo confunden con un lord inglés, y que, en cambio, los ingleses lo ven como un sudaca ridículo. En general, los escritores no le gustan; de Molinari dice que es un compadrito ignorante y, sin embargo, superior que Bernárdez; a Lugones le falta inspiración, etc, etc. La lista es muy larga; y entre los clásicos, el más agredido es Goethe.
Intimidad del oficio
Por supuesto, todo eso es parte de la charla de dos grandes amigos que se divierten con sus chistes y sus bromas, y dicen cosas que Borges pensaba que nunca se publicarían. También analizan la obra de los poetas ingleses y franceses, pero con un tono completamente distinto. Se comportan como serios críticos literarios, agudos y eruditos. A Borges le interesa la poética; Bioy es, sobre todo, un narrador. En sus diálogos se descubre el proceso del trabajo literario. Borges es muy estricto en el empleo de las palabras. Cuando leemos sus poemas, muchas veces sentimos el esplendor de la belleza, la revelación de sentidos secretos del mundo. Pero lo que vivimos como el resultado de una inspiración fulgurante se nos revela aquí como la consecuencia de un arduo trabajo. Busca las palabras, no sólo por su significado, sino también por su belleza, su sonido, el número de sus sílabas, su consonancia con otras palabras. Borges ciego escucha la música de sus versos…
Borges comía varias noches durante la semana en casa de Bioy, pero Silvina Ocampo parecía intervenir muy poco en las conversaciones, aunque en el libro se hace mención a una violenta discusión con Borges, debido a sus constantes críticas a su hermana Victoria.
En una comida en casa de los Bioy, Silvina está contenta porque uno de sus libros se estaba traduciendo al inglés. Entonces, Borges le dice severamente: “No sé por qué te interesa tanto que tus libros se traduzcan”. Bioy Casares escribe: “Tal vez tenga razón, pero es un poco cruel decir eso a Silvina... Sobre todo no parece bien recomendarle ese tipo de discretismo cuando los libros de uno fueron traducidos a todas las lenguas y cuando uno viaja de una a otra universidad para que lo doctoren honoris causa. Estas palabras pueden parecer una prueba de falta de afecto; no es así. Lo quiero a Borges como siempre... pero deploro su rigidez, fácilmente irritada y cruel con el prójimo”.
Última conversación
El 12 de mayo de 1986, Bioy escribe: “Hoy hablé con Borges, que está en Ginebra. A eso de las nueve, cuando íbamos a tomar el desayuno, llamó el teléfono. Silvina atendió. Pronto entendí que hablaba con María Kodama. Silvina le preguntó: ¿Cuándo vuelven? María no contestó a esa pregunta. Silvina habló también con Borges y volvió a preguntar: ¿Cuándo vuelven?. Me dio el teléfono y hablé con María. Le comuniqué noticias de poca importancia sobre derechos de autor (una cortesía, para no hablar de temas patéticos). Me dijo que Borges no estaba muy bien, que oía mal y que le hablara en voz alta. Apareció la voz de Borges y le pregunté cómo estaba. “Regular, nomás”, respondió. “Estoy deseando verte”, le dije. Con una voz extraña me contestó: “No voy a volver nunca más”. La comunicación se cortó. Silvina me dijo: ¿Estaba llorando? “Creo que sí. Creo que llamó para despedirse”.
Observaciones de un testigo*
Por Eduardo Paz Leston
En casa de los Bioy se comía tarde cuando empecé a frecuentarlos, a eso de las diez o diez y media de la noche. La mesa, de forma oblonga, era chica y en ella no cabían cómodamente más de cuatro personas. Una vez que empezaban a comer, los dueños de casa hablaban muy poco. Bioy se limitaba a hacer una pregunta a Borges, Silvina Ocampo guardaba silencio, un poco por higiene (para que no le entrara aire en la boca) y otro poco por comodidad. Borges hablaba sin parar. Supongo que no le gustaba la comida, casi siempre la misma. Podía ser muy divertido contando con fingido asombro anécdotas sobre amigas suyas de las que había estado enamorado. Quizá lo hiciera por despecho -era rencoroso- pero también porque lo fascinaba la tontería infinita de ciertas mujeres. Algunas de ellas eran escritoras cuya obra escasa no justificaba sus pretensiones. También influía la misoginia de Borges, que no admiraba sin reservas a ninguna escritora. Ni Virginia Woolf se salvaba.
Borges y Bioy estaban poco interesados en los escritores de moda pero solían espulgar los nuevos libros de amigos o supuestos amigos suyos como Eduardo Mallea, José Bianco, Manuel Peyrou, Estela Canto, Manuel Mujica Lainez y Victoria Ocampo, invariablemente execrada por su cuñado. Borges, por su parte, solía comentar obsesivamente la obra y la vida de algunos escritores argentinos: Leopoldo Lugones, Macedonio Fernández, Arturo Capdevila, Ricardo Rojas, Ricardo Molinari, Oliverio Girondo, Francisco Luis Bernárdez. Varias de estas anécdotas tenían que ver con la vida literaria porteña, sobre todo con la política literaria que interesaba particularmente a Borges aunque no tanto a Bioy.
*Fragmento del artículo incluido en LA GACETA Literaria 1949-2026.
Borges*
Por Adolfo Bioy Casares
Lunes 16 de diciembre de 1963. Por nada hubiera pedido a nadie un prólogo; Borges me regaló el prólogo a La invención (de Morel). Borges ya era como un hermano; sin ningún esfuerzo, él podía corregir cualquier monstruosidad sintáctica en que yo me hubiera atascado; pero nunca me atreví a pedirle que corrigiera un texto mío. Hasta La invención llegué a pedirle soluciones para cosas concretas: “¿Cómo arreglarías esta frase? ¿Y esta?” Nunca más que un corto número de frases que le leía; después de La invención ya no le sometí nunca nada.
Domingo 7 de mayo de 1967. Está muy generoso conmigo. En el disco, antes de recitar “El Golem” comenta que su amigo ABC (Adolfo Bioy Casares) le asegura que ese es su mejor poema. En una cinta que le grabó Victoria (Ocampo) para un libro sobre él y su hermana dice que la gente cree que los mayores enseñan siempre a los jóvenes, pero que yo (hear, hear) he sido su maestro…
Sábado 14 de junio de 1986. Un individuo joven, con cara de pájaro, que después supe que era el autor de un estudio sobre las Eddas que me mandaron hace meses, me saludó y me dijo, como excusándose: “Hoy es un día muy especial”. Cuando por segunda vez dijo esa frase le pregunté “¿Por qué?”. “Porque falleció Borges. Esta tarde murió en Ginebra”, fueron sus exactas palabras. Seguí mi camino. Pasé por el quiosco. Fui a otro en Callao y Quintana, sintiendo que eran mis primeros pasos en un mundo sin Borges. Que a pesar de verlo tan poco últimamente yo no había perdido la costumbre de pensar: “Tengo que contarle esto. Esto le va a gustar. Esto le va a parecer una estupidez”. Pensé: “Nuestra vida transcurre por corredores entre biombos. Estamos cerca unos de otros, pero incomunicados. Cuando Borges me dijo por teléfono desde Ginebra que no iba a volver y se le quebró la voz y cortó, ¿cómo no entendí que estaba pensando en su muerte?”.
*Fragmentos.
Por María Eugenia Valentié - PARA LA GACETA