Estudiar Matemática, repasar un tema antes de un examen o buscar respuesta a una inquietud que no se animan a plantear en clase. Para los adolescentes tucumanos y del resto del país, las herramientas de inteligencia artificial (IA) pasaron de ser una novedad a convertirse en un recurso cotidiano. No obstante, para la mayoría de los adultos, el fenómeno representa un terreno desconocido que aún se intenta descifrar.
El impacto del avance tecnológico en la infancia y la adolescencia quedó bajo la lupa tras la publicación de un reciente informe elaborado por Unicef y Unesco. El estudio, que relevó experiencias digitales de estudiantes de entre 9 y 17 años en la Argentina, puso en evidencia que la discusión central ya no gira solo alrededor del tiempo frente a las pantallas o las aplicaciones de moda, sino en el uso crítico de la información recibida: cuánto confían los chicos en lo que responde la máquina y si logran distinguir cuándo una herramienta ayuda a pensar o cuándo piensa por ellos.
La paradoja del “saber”
El ingreso de la IA a la vida familiar suele manifestarse en escenas cotidianas. Un deber resuelto en cuestión de segundos, textos con una redacción atípica para la edad o imágenes generadas por algoritmos que circulan en grupos de WhatsApp sin certeza sobre su veracidad.
Argentina, entre los países que más usan la IA para aprenderAnte esta realidad, especialistas advierten que la reacción adulta oscila frecuentemente entre la prohibición y el reto, medidas que raras veces logran comprender la raíz del problema.
La psicóloga y especialista en crianza Maritchu Seitún sostiene que el foco no debe estar en que los padres dominen cada herramienta tecnológica, sino en sostener el vínculo de escucha.
Según la profesional, abordar la dimensión digital requiere acercarse con interés y sin convertir la conversación en un interrogatorio. Consultarles para qué usan las aplicaciones o pedirles que expliquen su funcionamiento suele abrir puertas que las acusaciones cierran.
El peligro de manipular y distribuir imágenes con IAEn ese sentido, el desafío adulto pasa por construir un espacio de confianza donde los jóvenes puedan acudir ante situaciones de confusión, error o vergüenza en el entorno virtual.
Verosimilitud no es verdad
Uno de los principales riesgos del uso intensivo de chatbots radica en su capacidad para responder con solidez formal, incluso cuando incurre en errores categóricos. La fluidez de un texto o la claridad de un gráfico no garantizan la veracidad de los datos.
Por ello, analistas educativos coinciden en la necesidad de entrenar la capacidad crítica de los estudiantes. Preguntarse por el origen de la información, contrastar con otras fuentes y verificar si hubo un proceso real de aprendizaje o simplemente una copia automática resulta determinante.
La frontera es clara porque si la IA se utiliza para evitar cualquier tipo de esfuerzo intelectual, termina por desplazar el aprendizaje. En cambio, si se la emplea para buscar explicaciones alternativas, practicar idiomas o despejar dudas puntuales, puede consolidarse como un complemento pedagógico valioso. En ese escenario el rol de las instituciones educativas parece ser esencial. “Creo que la clave es el equilibrio, la tecnología y la IA llegaron para quedarse y debemos convivir”, manifiesta la psicopedagoga Melina Bella.
Qué encontró el estudio que analizó la tensión entre expertos humanos y contrapartes de IA“Las escuelas utilizan las aulas virtuales para tareas lo cual trae quizás , mayor facilidad y utilidad para ejecutar las mismas . La importante es que mientras estén en clases los ayuden a pensar , y en tal caso, a utilizar apropiadamente las herramientas de estos tiempos”, dice.
Imágenes manipuladas
El problema trasciende las aulas y el rendimiento académico. La posibilidad de generar o modificar imágenes a través de IA derivó en episodios complejos dentro de las comunidades educativas, vinculados a la circulación de contenidos sin consentimiento.
La dimensión ética del uso de algoritmos tuvo su manifestación más cruda en el ámbito provincial. La protesta registrada en la comunidad educativa de San Pablo -donde alumnas denunciaron la manipulación de sus rostros mediante IA para fabricar contenido digital sin su autorización- obligó a las autoridades educativas y a las familias a encarar jornadas de reflexión. El hecho redefinió la conversación sobre la alfabetización digital, demostrando que la prioridad ya no es solo enseñar a usar la tecnología, sino ponerle límites éticos a sus consecuencias.
En estos escenarios, la discusión trasciende lo estrictamente tecnológico para rozar aspectos de intimidad y de convivencia.
Especialistas en convivencia escolar señalan que la conversación familiar debe abordar explícitamente el impacto de difundir material que humilla a un compañero y la responsabilidad sobre el uso de la imagen ajena.
Los agentes de IA ya llegaron al celular: ¿puedo confiarles mis datos?Asimismo, enfatizan la importancia de que las sanciones o límites marcados en el hogar no anulen la posibilidad de pedir ayuda.
Cuando el temor al castigo predomina, los episodios de acoso o manipulación digital tienden a quedar invisibilizados por más tiempo.
Establecer pautas sobre el uso de dispositivos, horarios y privacidad continúa siendo una tarea indispensable para las familias. No obstante, los consensos suelen ser más efectivos cuando se construyen de forma preventiva y no como una respuesta punitiva tras un conflicto.
En un contexto donde la tecnología evoluciona a mayor velocidad que las pautas culturales de crianza, no existen recetas únicas.
La edad, la autonomía progresiva del adolescente y el tipo de plataforma utilizada marcan las pautas de intervención.
En definitiva, la alfabetización digital en el hogar no exige que los adultos tengan todas las respuestas técnicas, sino que mantengan la capacidad de enseñar a dudar, contrastar y reflexionar. En una época signada por la inmediatez de las máquinas, el diálogo cotidiano sigue siendo la herramienta más eficaz para proteger a los más jóvenes.