Hay un momento en la trayectoria de todo gobierno -y cuanto más dogmático es más expuesto queda- en el que la física política impone su ley: el choque entre la velocidad del ajuste fiscal y la gravedad de las urnas. Javier Milei ha ingresado de lleno en esa zona de tensión. Tras casi tres años de gobierno, el margen para avanzar solo con la lógica del ajuste chocó contra otra realidad igualmente poderosa, la de una sociedad golpeada por los sacrificios, la de una economía que exige resultados tangibles y la de un calendario electoral que avanza al margen de cualquier teoría económica.
La encrucijada no es inédita, aunque en el laboratorio libertario adquiere rasgos más intensos por una combinación de inexperiencia política y convicciones muy rígidas. Por un lado, profundizar el rigor del manual económico corre el riesgo de perforar el piso de tolerancia social de la clase media y de los sectores más vulnerables. Por el otro, relajar la disciplina fiscal amenaza con erosionar la confianza de los centros financieros y de los aliados externos que observan el experimento argentino con la calculadora en la mano.
Lo complejo es que esas dos necesidades rara vez evolucionan al mismo ritmo. Lo que tranquiliza a los mercados puede generar malestar social; lo que alivia a la sociedad puede despertar dudas entre inversores y acreedores y lo que resulta políticamente conveniente no siempre coincide con lo que indican los manuales. Como sucede siempre en la política, se trata del arte de hacer todo “en su medida y armoniosamente”.
En el caso argentino existe además un tercer componente que vuelve todavía más delicado el equilibrio. El Presidente no sólo debe administrar las demandas de votantes y acreedores, sino también preservar la identidad de un proyecto político construido alrededor de algunas convicciones centrales: equilibrio fiscal, disciplina monetaria y una marcada desconfianza hacia cualquier flexibilización que recuerde experiencias económicas del pasado.
Esa marca registrada constituye una de sus principales fortalezas, ya que le permitió diferenciarse del sistema tradicional y conquistar a quienes buscaban un cambio drástico de rumbo. Sin embargo, también puede transformarse en una limitación cuando la realidad obliga a administrar matices, secuencias y tiempos. La dificultad no consiste necesariamente en cambiar la dirección, sino en reconocer cuándo las condiciones exigen reacomodar la marcha. Después de todo, el recuerdo del "gradualismo" macrista sigue demasiado presente en la memoria colectiva como para que Milei quiera acercarse, siquiera retóricamente, a esa experiencia.
Dicho de otro modo, el Gobierno enfrenta el desafío de mantener simultáneamente tres respaldos. El de los votantes, cuyo humor terminará siendo determinante en las próximas pruebas electorales. El de los organismos, acreedores y mercados, que observan la consistencia de las cuentas públicas. Y el de su propia base doctrinaria, que suele interpretar cualquier concesión táctica como una señal de debilidad o una claudicación ideológica. A todo ello se suma una dificultad adicional, la de construir las mayorías políticas necesarias para sostener ese equilibrio.
El problema aparece cuando satisfacer plenamente a uno de esos actores implica tensar la relación con los otros dos. Si se privilegia exclusivamente la ortodoxia económica, puede resentirse la tolerancia social. Si se busca aliviar más rápidamente los costos del ajuste, pueden surgir dudas sobre la consistencia fiscal. Y si la prioridad pasa únicamente por tranquilizar a los acreedores sin atender el clima interno, la estabilidad política que esos mismos acreedores necesitan para sostener sus apuestas termina entrando en zona de riesgo.
Paradójicamente, los mercados suelen comprender este trilema mejor que los dogmáticos. Saben que rara vez es posible avanzar a la vez con la velocidad de la doctrina, el alivio que pide la sociedad y las garantías que exigen los acreedores. Su prioridad no es la ortodoxia por sí misma, sino la previsibilidad para cobrar, reconociendo que las cuentas públicas no alcanzan si el programa pierde viabilidad política. Para ellos, un desvío táctico es preferible a una inflexibilidad que termine favoreciendo el regreso de una opción capaz de revertir lo avanzado.
Si se juzga por su exposición ante la Cámara de Comercio de los Estados Unidos, esa lógica parece haber sido comprendida por el propio Milei. Los inversores que lo escucharon destacaron un tono inusualmente sereno del Presidente, bastante alejado del que suele exhibir en la discusión doméstica. Queda abierta la duda acerca de si se trata de dos registros distintos de una misma persona o de una adaptación consciente hacia auditorios diferentes. En cualquier caso, el mensaje fue claro: hacia afuera, Milei optó por transmitir previsibilidad.
Las experiencias internacionales muestran que lo más peligroso ante una crisis es la parálisis. En Bangkok, Kristalina Georgieva citó ante Luis Caputo el caso de Grecia para probar que la disciplina supera situaciones límite y que de esa forma, la Argentina le va a poder pagar al FMI. La observación omitió un matiz central: cuando Alexis Tsipras aceptó el duro ajuste exigido por los organismos, su país contaba con el respaldo institucional y financiero de la Unión Europea. La Argentina, en cambio, transita un sendero parecido con redes de contención mucho más limitadas, aunque cuenta con el aval de los Estados Unidos de Donald Trump.
Del otro lado ideológico del actual oficialismo, Brasil ofrece una enseñanza diferente. En 2015, Dilma Rousseff intentó recuperar credibilidad ante los mercados nombrando al ortodoxo Joaquim Levy al frente de Hacienda. El resultado fue el peor para ambos mundos, ya que no reconstruyó plenamente la confianza externa y, al mismo tiempo, comenzó a perder sustento político interno. Ambas experiencias recuerdan que la economía y la política rara vez avanzan por carriles separados.
Hasta aquí, todo podría parecer una discusión teórica. Sin embargo, la semana dejó algunas señales concretas de las tensiones que empiezan a rodear al programa oficial. Una de ellas es política y tiene que ver con la dificultad para reunir los apoyos legislativos que el Gobierno necesita para avanzar; la otra es económica y remite a los precios, precisamente el terreno donde Milei construyó buena parte de su capital político.
El Ejecutivo nunca terminó de tener asegurada en el Congreso la cantidad de votos que necesita para avanzar con comodidad. Esa debilidad lo deja a merced de los gobernadores y suelen traducir el respaldo legislativo en recursos para sus provincias. A Caputo cada vez le cuesta más encontrar partidas para sostener esos acuerdos y esa es, precisamente, una de las vulnerabilidades que le cuestiona la Mesa Política. Diego Santilli intentó poner las cosas en perspectiva con una advertencia tan simple como efectiva: “Ya los quiero ver si gobierna Kicillof”. Y aseguran que, al menos por un momento, logró desactivar varias objeciones.
A esas dificultades se sumó otro llamado de atención durante la semana y esta vez llegó nada menos que por el lado de los precios. Más que el 1,9% de inflación minorista, inquietó el salto de los valores mayoristas impulsado por factores internacionales, especialmente el petróleo. El indicador que Milei considera un anticipo de lo que luego ocurre en las góndolas escaló en setiembre a 3,2%, por encima del 2,1% de agosto. El dato no alcanza para modificar tendencias, pero recuerda que incluso en el terreno que más rédito político le ha dado al Gobierno siguen apareciendo señales de cautela.
Por todo eso, el verdadero examen para Javier Milei ya no pasa por la arquitectura teórica de su programa, sino por su capacidad para conducir la realidad. El desafío es saber administrar las tensiones sin transformarlas en crisis y entender que la autoridad no se mide por la intransigencia del discurso, sino por la sostenibilidad del proyecto. En política, el dogma es una brújula útil para iniciar el viaje, pero solo la templanza evita el naufragio cuando el mar se pica. Al final del día, la política no es una batalla doctrinal, sino el arte de gobernar las contradicciones, antes de que las contradicciones se devoren a quien conduce.