Con la muerte de Jorge “Roña” Castro, ocurrida este miércoles en Morón a los 59 años, se apagó también una historia de vida que el ex campeón mundial contó siempre sin rodeos. Antes de los guantes y de los títulos, hubo una infancia marcada por el hambre en Caleta Olivia, donde creció con cinco hermanos.

A los nueve años, su madre lo envió a vivir con su padre a Catamarca. Lejos de la aventura que imaginaba, aquella etapa fue una de las más duras de su vida: el propio Castro contó que su padre era alcohólico y que en esa casa sufrió golpes. Volvió a Santa Cruz cerca de los 13 años, cuando su madre decidió llevarlo de regreso.

De nuevo en el sur, las peleas callejeras le dieron fama de bravo y su primer apodo: “Roña”, por su estilo agresivo. En la adolescencia se calzó los guantes y descubrió que el boxeo podía ser también un sustento, porque su primera bolsa equivalió a un mes entero de trabajo en la calle. “Yo lustraba botas y vendía diarios”, recordó en una entrevista.

Dos apodos

El de “Roña” lo acompañó siempre, sobre todo entre los suyos en Caleta Olivia. El de “Locomotora” llegó con la fama: se lo puso un periodista, y el boxeador lo explicaba a su manera, porque siempre iba para adelante y nunca retrocedía.

Ya como amateur mostró el arrastre que tendría: llegó a cobrar más que muchos profesionales. Debutó en el profesionalismo en febrero de 1987 con un nocaut y, siete años después, alcanzó la cima mundial de los medianos.

Aquel chico que conoció el hambre terminó siendo uno de los boxeadores más populares del país, y así lo despide hoy el deporte argentino.