“Funcionamos siempre, pero ¿a qué costo?”. La pregunta de la psicóloga Verónica Figueroa (MP 1747) apunta a un desgaste que no siempre se ve: el de estar pensando qué necesitan los demás, qué falta resolver y qué podría salir mal. La comida, los cuidados, la casa y el trabajo siguen ocupando la cabeza incluso cuando no se está haciendo ninguna de esas tareas.
La carga mental aparece en esa responsabilidad de anticipar y organizar. No alcanza con preparar una comida: antes hay que decidir qué se va a comer. Acompañar a alguien al médico también requiere recordar el turno, la medicación y los cuidados. Figueroa lo describe como tener que ser “casi como omniscientes, omnipresentes, saber todo o pensar en todo”.
La psicóloga, coordinadora de la Unidad de Prevención y Atención de las Violencias del Servicio de Salud Mental del Hospital Centro de Salud, vincula esa sobrecarga con el mandato que ubica a las mujeres como sostenedoras del grupo familiar.
“No es solamente sostener desde lo dicho, es sostener desde lo hecho también”, explica. Pensar las tareas y ejecutarlas quedan, muchas veces, bajo la misma responsabilidad.
A eso se suman otras expectativas: ser buena madre, buena pareja, responder en el trabajo y cumplir con una imagen corporal. “No solamente tenés que ser brillante, sino que además tenés que estéticamente cumplir con un imaginario social”, señala.
La cabeza sigue trabajando
Figueroa distingue el cansancio físico de la responsabilidad de organizar los cuidados. “El cuidado físico agota y desgasta físicamente”, afirma. Pero también pesa tener que pensar en médicos, aseo, medicación y actividades, mientras se atienden las necesidades de los hijos o de los padres.
Así, terminar una tarea puede dejar paso a la siguiente, mientras las necesidades propias siguen pendientes. La profesional describe “una autoexigencia en lo personal que a veces queda negada y postergada por el cuidado de los demás”.
Esa disponibilidad se combina con mandatos transmitidos a lo largo del tiempo. La imagen de la mujer como “reina del hogar” puede esconder, para Figueroa, una “jaula dorada”: un lugar donde se espera que sostenga el funcionamiento familiar.
Aunque esos modelos se modificaron, observa que continúa la presión de responder en todos los ámbitos. La resume en una enumeración: “La ansiedad de estar en todos lados, de poder con todo, de tener que hacer todo, de cumplir, de ser buenas, de agradar, de gustar, de sostener”.
También aparece la culpa cuando algo queda pendiente. Entre lo que se muestra y lo que se siente puede abrirse una distancia: “Muestro que soy esto y puedo hacer todo esto, pero la realidad es que estoy destrozada o rota por dentro”.
Exigirse para algo que se desea
Figueroa distingue esa obligación acumulada de una exigencia que puede resultar motivadora: la que responde a objetivos propios.
Estudiar, desarrollar un oficio o realizar una actividad deseada puede requerir esfuerzo. “Ese nivel de exigencia deseado, que tiene que ver con mis deseos, es válido y es motivacional”, explica.
La diferencia está en reconocer para qué se hace algo y qué lugar ocupa en la vida. “Ahora, el tener que poder con todo, el deber, es el problema”.
Cuando cada actividad se transforma en una obligación, arreglarse, hacer ejercicio o cuidar los vínculos puede vivirse como otro trabajo. Entonces quedan relegadas preguntas que lleva al espacio terapéutico: “¿Y dónde está el placer? ¿Dónde está el tiempo libre? ¿Dónde está el ocio?”.
Descansar sin agregar otra culpa
Reconocer un límite puede implicar postergar una tarea o decidir que ese día no se realizará una actividad. “Si hoy no puedo, no puedo y no pasa nada”, plantea.
Lo explica con el gimnasio: alguien puede ir porque lo disfruta, pero también elegir quedarse en casa un día. “Está bien el permitirnos sin culpa”, dice.
Su propuesta incluye recuperar los deseos propios junto con las responsabilidades. “Yo siempre digo esfuerzos y no sacrificio”. Que un proyecto requiera dedicación, pero no se convierta en una obligación que deje siempre para después el descanso, los vínculos o aquello que se disfruta.