“‘Vestirme donde la luz no llega’ intenta mostrar que el silencio no siempre es ausencia de palabras. Muchas veces hablamos muchísimo, pero callamos aquello que nos pasa. También existe un silencio construido por la vergüenza, por la culpa y por haber aprendido a pensar que determinadas cosas son normales. Antes de poder nombrarlas, ya aprendimos a esconderlas”.
De este modo define -en diálogo con LA GACETA- la dramaturga y directora Julieta Savio la obra que presenta en la sala Juan Tríbulo del Teatro Alberdi (Jujuy y Crisóstomo Álvarez) y que hoy tendrá su última función a las 21. Las actuaciones son de Paula Palacios Galletti, Celeste de Haro y Valentina Molina.
- ¿Cómo surge esta obra?
- Por la inquietud sobre la manera en que las mujeres aprendemos a mirar nuestros propios cuerpos; qué sucede cuando las exigencias, las comparaciones y las opiniones que recibimos dejan de ser voces externas y pasan a formar parte de nuestra propia manera de hablarnos. El probador de un local de ropa funciona como un espacio de exposición y juicio, un ring al que una ingresa a dar batalla. A pesar de ser aparentemente banal, es un lugar donde el cuerpo está siendo constantemente medido, observado y comparado.
- ¿Qué buscan con la puesta?
- Mostrar lo difícil que resulta modificar una voz que llevamos incorporada desde hace años. El personaje de Sandra lo expresa cuando dice: “Yo a veces me hablo... exactamente igual”. En la antesala hay una caja interactiva de sombras, con la para la experiencia del público. La obra no comienza ni termina necesariamente en escena. Invita al espectador a preguntarse qué cosas de sí mantiene ocultas.
- ¿De qué forma se abordó el tratamiento dramatúrgico?
- Hay varios procedimientos. Por un lado, el cuerpo como territorio que está presente en las acciones: vestirse, desvestirse, mirarse, tocarse, esconderse, caminar, incluso simular ser un maniquí. También está el probador como dispositivo donde el personaje queda literalmente encerrado con su propia mirada. La luz cenital funciona casi como una agresión escénica. El humor también es importante, absurdo por momentos, que de aparecer algo mucho más doloroso, junto con la repetición de acciones y de textos. Frases que comienzan como comentarios cotidianos y que terminan convirtiéndose en una especie de coro de voces.
- ¿Tiene elementos autobiográficos?
- Hay experiencias personales y observaciones que inevitablemente atraviesan mi escritura, y situaciones que fueron disparadores. Pero no me interesa pensarla como una autobiografía. La dramaturgia transforma esas experiencias en estos personajes y en este conflicto, que terminan excediendo lo individual.
- Hablás del dispositivo escénico como eje, junto con el cuerpo.
- Desde un primer momento resultó imprescindible la construcción de un probador de gran tamaño que dejase a la vista lo que sucede adentro. Está el maniquí Penélope y unos sillones que funcionan como refugio para los diálogos; el perchero con los vestidos y la presencia de una violinista, que entra y sale dependiendo de la escena. Es un espacio que también habla. Todo comienza en un lugar cotidiano y termina casi en uno abstracto. Lo corporal fue fundamental, porque el conflicto sucede en el cuerpo antes que la palabra: la respiración, la mirada, las tensiones, las formas de esconder el cuerpo, tocarlo, corregirlo y, finalmente, habitarlo... Nos interesa que el espectador pueda ver físicamente aquello que muchas veces sucede internamente.
- ¿Qué están heredando y qué están planteando como alternativa a ese silencio?
- Se hereda una manera de mirar el cuerpo, una idea de mujer que siempre está en falta, con la exigencia de agradar. No creo que la alternativa sea amarnos tal como somos; sería demasiado fácil. No pueden resolverse 10 años de dolor diciéndose frente al espejo que se es hermosa. No hay una respuesta cerrada ni una intención de dejar un mensaje. Hay un trabajo que se expone para que cada uno se vaya con sus propias preguntas. No se trata de pasar de odiar a amar el cuerpo, sino de poder habitarlo sin sentir que tenemos que pedir permiso para existir. Porque el recorrido no es de “fea” a “linda” y final feliz. Es de cuerpo criticado a cuerpo habitado.
Humor en CiTá: “Las reglas del fulbo 5”
Catto Emmerich, Gustavo Delgado y Sebastián Finkelstein reponen esta noche a las 21.30, en CiTá, Abasto de Cultura (La Madrid 1.457), “Las reglas del fulbo 5”, una comedia que explora los vínculos humanos, las masculinidades y las dinámicas sociales, escrita por Fabrizio Origlio y con la dirección de Jackie Anastasio Salas. Tres amigos integran el equipo de padres del colegio al que asisten sus hijos. Entre anécdotas y cargadas, una pregunta incómoda desata un vendaval de malos entendidos en el que salen a la luz los prejuicios y los secretos.