Cuenta la leyenda que, durante 464 días, hubo un pasajero más en cada viaje de Atlético Tucumán. Tan invisible como imposible de ignorar. No era de carne y hueso, pero arrastraba toneladas de frustración, bronca y resentimiento. Tampoco figuraba en la lista de concentrados, no ocupaba una habitación en el hotel y mucho menos tenía un asiento asignado en el micro. Pero ahí estaba. Viajaba con el plantel a todas partes y aparecía, casi con una puntualidad enfermiza, cada vez que el “Decano” intentaba ganar lejos de Tucumán.

Hasta que un día Atlético consiguió abandonarlo en Núñez. Volvió a ganar de visitante frente a River y pareció sacarse de encima aquella compañía detestable que lo había perseguido durante más de 15 meses. Lo que nadie advirtió entonces es que aquel pasajero era terco como pocos y, sobre todo, que había aprendido el camino de regreso.

Tal vez volvió escondido entre los bolsos. Tal vez se adelantó al micro. Tal vez nunca terminó de irse del todo. Lo cierto es que, casi al mismo tiempo que Atlético recordó cómo ganar lejos del Monumental, dejó de hacerlo adentro. El maleficio cambió de forma y adoptó la más fría de todas: un número. Ya son 200 días sin victorias en 25 de Mayo y Chile.

Sin invitación

Aquel pasajero hoy parece haberse convertido en huésped y, vil como pocos, encontró en las propias falencias del “Decano” el alimento suficiente para instalarse. Como un parásito, se nutre de cada ataque sin dirección, de cada pase mal dado, de cada desconcentración defensiva y de cada minuto que pasa sin que el equipo encuentre respuestas. Aunque nada parece alimentarlo tanto como aquello que en el fútbol muchos llaman fortuna: en cada rebote que cayó del lado equivocado, en cada pelota que pasó a centímetros del arco y en cada jugada que pudo terminar distinto, ahí estuvo, frotándose las manos.

Así empezó a extenderse el mal dentro del José Fierro. Los números desde aquella última victoria 1-0 frente a Gimnasia (la única como local durante el ciclo de Julio César Falcioni) espantan: Atlético obtuvo apenas seis de los 24 puntos posibles en sus últimos ocho partidos en casa. Una efectividad de apenas el 25%, producto de seis empates, dos derrotas y sólo cuatro goles a favor.

Misma génesis

El parásito conserva demasiados rasgos de aquel que tanto se hizo detestar cuando Atlético no encontraba el rumbo fuera de Tucumán. Por eso empiezan a repetirse escenas que hace apenas algunos meses parecían haber quedado atrás.

Una de ellas es quizás la más desesperante: la falta de respuestas. Las fechas pasan, Atlético sigue sin ganar y vuelve una y otra vez a dejar puntos valiosos en el camino. Cambian las arengas, rotan algunas piezas y por momentos también cambia la forma de jugar, pero el desenlace sigue siendo parecido. Entonces aparece una pregunta que empieza a recorrer las tribunas, los pasillos y hasta el propio vestuario: ¿cómo debe hacer Atlético para “desparasitarse”?

Los hinchas, que no cargan al huésped en el cuerpo pero tal vez sufren sus consecuencias más que nadie, ensayan explicaciones. Una de las hipótesis que más fuerza gana después de cada partido sin victoria es que al equipo le falta protagonismo. Que el sistema táctico está preparado para esperar, defender espacios y atacar cuando el rival se expone, pero no para asumir riesgos, tomar la iniciativa y construir durante largos pasajes. Esa conjetura, sin embargo, tampoco alcanza para explicar todo.

El último partido frente a Barracas es una buena muestra de ello. Atlético consiguió el primer gol y, por un momento, el escenario parecía haber quedado servido para hacer aquello que mejor sabe: proteger la ventaja, reducir espacios, obligar al rival a adelantarse y encontrar terreno para lastimar de contra. Sin embargo, en el complemento se derrumbó y terminó sin nada. Ahí aparece otra similitud con aquella racha anterior: el maleficio parece fortalecerse con cada partido que pasa. La desesperación, la bronca y la resignación que provoca el tiempo sin ganar se acumulan como capas y terminan convirtiendo cada nuevo encuentro en una carga más pesada que el anterior. Cuanto más se prolonga la racha, menos parece necesitar el huésped para intervenir.

El antídoto

Pero, por fortuna para el “Decano”, hay una diferencia importante. Atlético no es el mismo equipo sin identidad del primer semestre. El conjunto de Falcioni se desdibujó en los últimos partidos, pero todavía conserva la base que hace apenas semanas ilusionó a los hinchas con las semifinales de la Copa Argentina, los triunfos frente a Racing e Independiente y varias victorias como visitante.

Ahí aparece la gran paradoja: Atlético volvió a ganar justamente en la condición que durante más de 15 meses había parecido embrujada y, casi al mismo tiempo, perdió la fortaleza de su propia casa. Como si el maleficio no hubiera desaparecido, sino apenas cambiado de escondite.

Tal vez, si el hechizo es el mismo, también pueda serlo la forma de romperlo. Contra River, Atlético tuvo un plan, ambición y concentración para ejecutarlo. Durante estos 200 días como local, esas virtudes rara vez aparecieron juntas.

Y las maldiciones, cuando encuentran un lugar cómodo donde alimentarse, rara vez se marchan por voluntad propia. Por eso, el “Decano” tendrá que expulsarla con aquello que alguna vez ya le funcionó: recuperar su identidad, volver a creer en su plan y sostenerlo con la misma convicción que le permitió romper aquella vieja racha. El antídoto, después de todo, no es desconocido. Atlético ya lo utilizó una vez. Ahora deberá hacerlo de nuevo, pero en casa.

Y antes de Halloween, si es posible: al Monumental ya le sobra con una maldición.