El 7 de febrero de 2017, Atlético Tucumán escribió una de las páginas más recordadas de su historia al vencer 1-0 a El Nacional en Quito y avanzar de fase en la Copa Libertadores. Pero aquella noche quedó grabada tanto por el resultado como por todo lo que sucedió antes del partido. Nueve años después, Pablo Lavallén volvió a reconstruir en ESPN F90 aquella odisea y recordó, casi paso por paso, cómo el “Decano” estuvo cerca de ni siquiera llegar al estadio.
El plan para evitar la altura
“Íbamos a jugar en Quito. Llegamos a Guayaquil para no sufrir los efectos de la altura, porque Quito tenía 2.800 metros y Guayaquil está a nivel del mar. La idea era llegar una hora y media antes al estadio, o sea que teníamos que estar dos horas y media antes en la ciudad”, comenzó Lavallén.
Sin embargo, el plan se derrumbó cuando intentaron completar el último tramo del viaje. “Planificamos el chárter que nos había llevado hasta Guayaquil y, cuando quisimos salir hacia Quito, nos decían desde la torre de control que faltaba un papel, que no había una habilitación para que ese avión volara a un aeropuerto de altura como Quito. Que sí, que no, que sí, que no”.
“Nos íbamos a descomponer”
La espera comenzó a hacerse insoportable por el calor. “En un momento me acuerdo que me acerqué hasta la cabina del piloto y le dije que, si no podíamos salir, nos íbamos a bajar porque hacía mucho calor en Guayaquil y nos íbamos a descomponer. Habló con la torre y ahí nos autorizaron a ir hasta la cabecera de la pista”, recordó.
Parecía que finalmente despegarían, pero ocurrió exactamente lo contrario. “Fuimos hasta la cabecera y, cuando nos paramos en la línea punteada para salir, de vuelta dicen: ‘No, no pueden salir, no pueden salir’. Ahí ya nos cansamos y nos bajamos del avión”.
En plena pista activa
Lo que siguió fue todavía más insólito. “Nos bajamos del avión en una pista activa. Una locura, una locura. Nos vinieron a buscar, pusieron esos buses que llevan a la gente hasta los aviones, nos hicieron como un cerco y nos dejaron ahí adentro. Estuvimos como una hora en una pista activa”, relató.
Con el chárter descartado, la dirigencia tuvo que improvisar. “El presidente se fue hasta los mostradores del aeropuerto y sacó pasajes por una línea aérea y nos fuimos. Pero, ¿qué pasa? Nosotros teníamos la ropa en el chárter, teníamos todo. Sacó pasajes para los jugadores, el cuerpo técnico, creo que el médico, y los utileros ya estaban en Quito porque habían viajado antes”.
“Mirá que no tenemos la ropa”
La urgencia impidió retirar la utilería del avión y el problema apareció cuando ya era demasiado tarde. “A la hora de bajar la utilería del chárter no hubo tiempo. Entonces, cuando estábamos llegando a Quito, alguien nos dice: ‘Mirá que no tenemos la ropa’. Nos bajamos, nos subimos al micro y ahí estaba Luis Juez esperándonos en el aeropuerto”.
Mientras el plantel viajaba hacia el Atahualpa, comenzó otra carrera contrarreloj. “La gestión se hace arriba del bus, nosotros yendo hacia la cancha. Los jugadores me decían: ‘No van a dejar jugar sin ropa’. El Nacional nos había preparado un juego negro, pantalón negro, camiseta negra, pero Conmebol decía: ‘No, el informe tiene estipulado que tiene que ser celeste y blanca’”.
Las camisetas de la Selección
Entonces apareció una solución tan improvisada como histórica. “Uno de los colaboradores que tenía el plantel, no me acuerdo si era de prensa o qué, dijo: ‘Yo soy amigo de alguien de la Selección y la Selección está ahí a tres cuadras en el hotel, que está jugando la Sub-20. Déjame hablar’”.
“Empezaron a hablar mientras nosotros estábamos arriba del micro, se pusieron de acuerdo y los utileros de la Selección dijeron: ‘Cuando ustedes lleguen, nosotros ya les llevamos los cajones de la utilería’”, agregó.
Un viaje al límite
El trayecto hacia el estadio tampoco fue tranquilo. “Imaginate que nosotros llegamos una hora y media tarde. El bus iba haciendo willy. Llegamos al aeropuerto de Quito y todo el viaje hasta el estadio es bajada de montaña. Íbamos en un micro de dos pisos y le dijimos al chofer: ‘Pará un poco porque nos vamos a matar’”, recordó Lavallén.
La velocidad fue tal que el vehículo tampoco resistió. “Fijate cómo venía el chofer que, cuando el micro para en el estadio y estaciona, el motor se funde y empieza a echar humo”.
La amenaza de Conmebol
La llegada al vestuario no alivió la tensión. “Cuando entramos estaba la gente de El Nacional con los utileros y toda la ropa negra, la gente de la Selección y los utileros. Había no menos de 60 personas en el vestuario”.
Entonces apareció la última advertencia. “Entra alguien de Conmebol y me dice: ‘El partido arranca, ponele, 10.30. Faltan 10 minutos. Si en 10 minutos no están en la cancha, pierden los puntos’”.
No había margen para ninguna preparación convencional. “Agarraron las camisetas así, se las pusieron, salieron a la cancha, no sé para qué porque estuvieron tres minutos y entraron de nuevo. Fue una locura”.
“Estábamos sacados”
Para ese momento, además, el clima dentro de la delegación estaba al límite. “Con todo esto que te relato bastante acortado, habrán sido tres horas, tres horas y media, cuatro horas. Desde que estuvimos en el aeropuerto de Guayaquil hasta que llegamos al estadio nos quisimos pelear con un hincha que nos cargó y nos dijo: ‘Se van a comer tres’. El Laucha se lo quería comer”.
“Estábamos todos muy nerviosos, irritados, estaba crispado el clima. Algunos decían: ‘No tenemos que ir, no sabemos si vamos a jugar, no vayamos’. Estábamos sacados”, rememoró.
“Vamos a la guerra”
En ese contexto llegó una charla técnica que quedó para siempre. “Me acuerdo que, cuando se ponen la camiseta los jugadores en el vestuario, que ya habían hecho una entrada en calor que duró tres minutos y medio, se reúnen así en un grupito y me miran a mí. Y yo les digo: ‘Muchachos, vamos a la guerra. Guerra como en el barrio’”.
“Porque la verdad era como en el barrio. Nosotros, los entrenadores, cuidamos que el jugador llegue al vestuario, tenga su tiempo, organice sus cosas, se cambie tranquilo, esté pensando lo que va a hacer... Bueno, eso no pasó. Nada”, agregó.
El plan salió perfecto
Sin embargo, cuando empezó el partido ocurrió algo que hasta el propio cuerpo técnico observó con sorpresa. “A los 15 minutos, el Mono Claut, que era mi ayudante de campo, viene al lado de la línea donde yo estaba parado y me dice: ‘¿Te diste cuenta?’. ‘Sí’, le digo. Y me dice: ‘Están haciendo el plan de partido que habíamos trabajado antes en Tucumán, sobre todo jugar todo al pie, no jugar pelotas largas porque nos íbamos a desgastar con el tema de la altura’”.
Lavallén ya tenía una sensación. “‘¿Te diste cuenta que están haciendo todo?’, me dice. ‘Sí, están haciendo todo’, le contesté. ‘Lo vamos a ganar, lo vamos a ganar’”.
El primer tiempo terminó 0-0 y Atlético consiguió llevar el encuentro hacia el escenario que había imaginado. “Ellos habían empatado 2-2 en Tucumán y tenían la pelota en su campo y nosotros no salíamos. Entonces la gente empezó a chiflar para que el equipo de ellos fuera y atacara. La gente los empezó a empujar a que vinieran y nosotros estuvimos bien, correctos, bien parados”.
“Después de los 15 podemos soltarnos”
En el complemento llegó el momento de ir a buscarlo. “Les dije: ‘Después de los 15 ahí podemos soltarnos’. Después de los 15 hicimos el gol a los 16”, recordó.
Fernando Zampedri convirtió de cabeza el 1-0 que clasificó al “Decano” y transformó definitivamente aquella noche en leyenda.
Lavallén todavía encuentra difícil separar el partido de todo lo que ocurrió antes. “Fue una locura que terminó bien en anécdota y en libro”, resumió. Para el entrenador, aquella campaña conserva además un lugar especial dentro de su recorrido: “Lo de Atlético Tucumán también ha sido una excelente experiencia. Queda para el recuerdo”.