Si lo primero que hacés al lavarte el cabello es poner el champú en toda la superficie, cuero cabelludo y pelo largo, vas mal. Y si además, casi que rasguñas al frotar las zonas, el proceso que estás realizando empeora. El aseo del cabello tiene varios puntos a tener en cuenta y diferentes niveles de importancia. El más crítico está en el comienzo. El champú está formulado únicamente para limpiar el cuero cabelludo, aplicar el jabón líquido más allá de esa zona es un error.

La piel es la que genera grasa y células que pueden morir, y es lo que combate la aplicación del producto que, para generar una mejor nutrición, por ejemplo, debe ser complementado con otros artículos específicos. Por eso, frotar el resto de la cabellera en la búsqueda de algún resultado positivo es inútil. Al contrario es contraproducente porque rompe la cutícula, genera encrespamiento (frizz) y seca las puntas.

Más limpieza

Si no se pone ningún producto más allá del cuero cabelludo ¿significa que el resto de la zona no se higieniza? Para nada porque los champús están diseñados para limpiar la fibra capilar por arrastre ya que sus componentes son potentes. Al lavarse la cabeza, el agua hace que la espuma baje a lo largo de la melena, esa espuma es más que suficiente para disolver el polvo y la suciedad del pelo sin barrer sus aceites naturales.

Tampoco es necesario frotar con intensidad, un masaje suave en el cuero cabelludo con la yema de los dedos, nunca con las uñas, es lo adecuado. Poner un extra de champú en el largo del pelo es innecesario ya que las puntas no producen grasa por sí mismas; solo acumulan algo de polvo o restos de productos. Poner shampoo de más en las puntas elimina la humedad natural ya que se abren las cutículas del pelo y se vuelve poroso y quebradizo, se genera frizz y enredos al lavarlo agresivamente, las hebras chocan entre sí, pierden suavidad y también sufre el bolsillo porque se desperdicia producto sin ningún beneficio real.

La única excepción donde podría ser necesario frotar con cuidado el largo es si hay uso de fijadores muy pesados, ceras o siliconas difíciles de quitar, pero para el lavado del día a día, la espuma alcanza. También es fundamental la temperatura del agua. La graduación adecuada es tibia o templada; el agua hirviendo quita los aceites naturales y reseca, además de estimular una producción excesiva de grasa como defensa.