El crédito en la Argentina se utiliza cada vez con mayor frecuencia para pagar cuestiones relacionadas con el día a día de la familia, en vez de un recurso para adquirir un bien durable o planificar vacaciones. Así lo describe el último Monitor de Opinión Pública elaborado por Zentrix Consultora, realizado entre el 25 y el 31 de agosto sobre una muestra nacional de casi 1.500 casos. El relevamiento expone que seis de cada 10 argentinos tuvieron que endeudarse en el último semestre y, entre quienes tomaron compromisos financieros, un 76% lo hizo exclusivamente para cubrir necesidades elementales como alimentos, medicamentos, consultas de salud, tarifas y servicios públicos.

El análisis sobre el endeudamiento desnuda que afecta más a los estratos más vulnerables. En los sectores de menores recursos, la proporción de familias endeudadas escala por encima del 70% y el destino de ese dinero se concentra en más de un 85% en comida y servicios esenciales. El mismo patrón golpea la franja de jóvenes de entre 18 y 39 años, donde casi siete de cada 10 cargan con pasivos recientes. En este segmento, la necesidad de pedir prestado se combina con la sobreocupación laboral para intentar mantenerse a flote, consolidando un esquema donde la subsistencia material depende de sumar horas de trabajo y encadenar deudas.

Llegar al 15 de cada mes

La causa de este endeudamiento se explica en gran medida por la pérdida de poder adquisitivo . Los números de Zentrix confirman que el dinero se esfuma mucho antes de la próxima fecha de cobro del salario: casi la mitad de la población se queda sin fondos antes de alcanzar el día 15 del mes, uno de cada cuatro agota su presupuesto al cruzar el día 10 y un 12% ni siquiera llega con saldo al día 5. Al llegar al día 20, casi dos tercios del país ya no cuentan con liquidez, una cifra que en los sectores de menores ingresos roza un 88%. La brecha generacional es igualmente elocuente, ya que más del 80% de los adultos jóvenes se queda sin capacidad de gasto antes de la tercera semana, contrastando con el 60% de los adultos mayores de sesenta años.

Este ahogo financiero convive con un marcado divorcio entre los números oficiales y la experiencia de bolsillo. Casi dos tercios de la ciudadanía afirman no creer en el índice de inflación del Indec, al considerar que la cifra estadística no representa el encarecimiento que sufren en el día a día. En sintonía, más del 80% sostiene que su salario corre muy por detrás del ritmo de los precios. Este descontento no reconoce grietas políticas: incluso entre los votantes del oficialismo en las legislativas de 2025, seis de cada 10 admiten la pérdida del poder adquisitivo, aunque en ese sector la resignación suele vivirse con la esperanza de que llegue la recuperación.

Miedo al desempleo

El clima social de agosto muestra también un reordenamiento de las urgencias colectivas. La preocupación por el índice inflacionario se derrumbó al último escalón entre las inquietudes ciudadanas, y la corrupción perdió el liderazgo de meses atrás. En su lugar, el podio quedó copado de lleno por el deterioro de los ingresos y salarios, la incertidumbre económica general y el temor al desempleo. El foco de la angustia popular ya no reside en el porcentaje de remarcación semanal, sino en la incertidumbre sobre la continuidad laboral y la certeza de que el sueldo no alcanza para la canasta básica.

Pese a este escenario, el informe detectó una leve mejoría en el ánimo: la mirada negativa sobre el rumbo general del país descendió ligeramente al 59%, mientras que la evaluación positiva sobre las finanzas personales subió dos puntos hasta rozar el 30%. Cuando se consulta por las sensaciones hacia los próximos 12meses, palabras como incertidumbre y angustia dominan el paisaje emocional, pero conviven de manera llamativa con el término esperanza.