Víctor Hugo Díaz tiene 70 años y esta semana se animó a competir en una batalla de baile. Irma López eligió el tejo. Cristina Cáceres, que vive sola, participó de un torneo grupal de cocina. Las actividades son distintas, pero detrás de cada elección aparece una búsqueda en común: salir de casa, encontrarse con otros y demostrar que la jubilación no supone el final de una vida activa.
“Esto me ha dado vida. Mi corazón se siente como de 50 todavía. Es la felicidad más grande que pueda tener una persona adulta, nos fortalece el espíritu, el físico, el cuerpo, la mente”, comentó Díaz, quien asiste regularmente a las clases de gimnasia de la Dirección de Adultos Mayores de San Miguel de Tucumán.
Esa es una realidad que también observa Emiliano Ramírez, médico gerontólogo y director de la Casa del Adulto Mayor de la Municipalidad. Para el especialista, la mayor longevidad obliga incluso a revisar la manera en la que se piensa la jubilación.
“Hoy una persona que se jubila tiene que empezar a hablar de futuro porque, en condiciones normales y teniendo en cuenta las características de la vejez, podemos estar hablando de entre 35 y 45 años de vida después de la jubilación. Y puede ser una vida totalmente activa”, afirmó Ramírez.
Cada 20 de septiembre se conmemora en la Argentina el Día del Jubilado y la Jubilada. La fecha recuerda la sanción, el 20 de septiembre de 1904, de la Ley 4.349, que creó la Caja Nacional de Jubilaciones y Pensiones para funcionarios, empleados y agentes civiles. Aquel régimen constituyó uno de los primeros pasos del sistema previsional argentino y, en sus comienzos, alcanzó a trabajadores del Estado.
La efeméride también abre una discusión acerca de los prejuicios que todavía relacionan a la vejez con la pasividad, la incapacidad o el alejamiento de la vida social. Esa asociación fue señalada incluso por organismos públicos como una forma de valoración negativa de las personas mayores.
Ramírez considera que el cambio también tiene una explicación demográfica. “Hay un cambio demográfico en la pirámide poblacional. La natalidad disminuyó y la longevidad es mucho mayor. Estoy casi seguro de que los 80 de hoy son los 60 de antes y los 60 son los 40”, sostuvo.
Distinta vida cotidiana
La escena cotidiana, según describió, también cambió. “Uno ya encuentra personas mayores en reuniones, gimnasios, boliches y recitales. A veces uno pregunta la edad, le dicen 60 años y no puede creerlo. Hay manejo del teléfono y una actividad constante”, señaló.
En la Dirección de Adultos Mayores hay alrededor de 1.750 inscriptos y entre 200 y 250 personas participan por día de diferentes propuestas gratuitas. También el programa Protam, destinado a la Protección ante situaciones de vulnerabilidad, y un esquema de talleres itinerantes que acerca actividades a centros de jubilados y otros grupos de la ciudad.
La semana previa al Día del Jubilado concentró varias de esas propuestas. Hubo un torneo de tango con 15 parejas, un torneo municipal de tejo para mayores de 60 años con 50 parejas, una competencia de cocina con 76 inscriptos y una batalla entre los talleres de bailoterapia y zumba. El programa se completó con el Jubilazo 2026, que incluyó la elección del rey y la reina de los adultos mayores mediante un “aplausómetro”, premios, sorteos y música.
Pero detrás de los torneos y talleres aparece otra dimensión que, para Ramírez, resulta tan importante como la actividad elegida.
“Los espacios, las actividades y los talleres no consisten únicamente en que un profesor dé una clase y después todos se vayan. Se generan vínculos y socialización. Eso es algo que necesita el adulto mayor porque ayuda a contrarrestar el aislamiento social y apuntar a mejorar la calidad de vida”, explicó.
Para Víctor Hugo, esa posibilidad de encontrarse con otros se convirtió en uno de los principales motivos para regresar cada día. “Cuando me jubilé me enteré de este lugar y desde entonces vengo todos los días. Nos reúne y nos hace falta para tener sociabilidad porque a veces nos discriminan por ser viejos. Pero acá es una familia”, manifestó.
Salir de la soledad
Irma López encontró algo parecido en el torneo de tejo. Para ella, el valor de la actividad excede por mucho el resultado de una competencia.
“Es una emoción llegar hasta acá. No todos tienen la templanza para llegar a estos momentos con ganas. Acá nos sacamos de la depresión y la convertimos en alegría, en ganas de vivir, en ganas de seguir adelante. Es la continuidad de nuestra familia, donde compartimos nuestras angustias, nuestras alegrías, nuestros triunfos”, recalcó.
Cristina Cáceres también encontró en los talleres una alternativa frente a las horas dentro de su casa. “Hace dos años que vengo a hacer talleres. Vivo sola y esto me ha dado mucha vida”, expresó.
Su decisión ante la posibilidad de quedarse en casa es directa. “Entre estar en la casa sola, elijo venir acá. Invito a todas las personas a que no se encierren en la casa, que salgan, que vengan”, agregó.
Ramírez explicó que ese efecto no se limita a las propuestas físicas. La música, el tejido y otras actividades artísticas también pueden estimular capacidades necesarias para la vida cotidiana. “Las actividades artísticas tanto como las físicas generan independencia. Ejercitan la memoria, favorecen la autonomía y contribuyen a mantener la independencia. Para los adultos mayores, eso es fundamental”, afirmó.
Moverse con cuidados
Mantenerse activo tampoco significa desconocer las condiciones particulares de cada persona. Antes de comenzar una actividad física, Ramírez recomendó una evaluación que permita establecer cuáles son las posibilidades y limitaciones individuales.
“Un certificado de aptitud es fundamental. Conocer el propio estado de salud es primordial. El estado mental, social y físico son fundamentales”, señaló.
También advirtió que una misma propuesta no necesariamente resulta apropiada para todos. “No es lo mismo alguien que está cien por ciento activo que una persona que tiene comorbilidades, sobrepeso o problemas articulares”, explicó.
Por eso recomendó buscar actividades adaptadas a adultos mayores y, cuando corresponda, a las enfermedades de base de cada persona.
A 122 años de aquella primera ley previsional, el 20 de septiembre conserva su vínculo con el reconocimiento a quienes completaron años de trabajo. Pero las historias que aparecen después del retiro también cuestionan el significado de aquella vieja idea del “trabajador pasivo”. Para Víctor, Irma y Cristina, dejar el trabajo no significó dejar de bailar, competir, aprender, encontrarse con otros ni proyectar qué hacer al día siguiente.