Luis Molina toma una fotografía de la mesa y durante unos segundos se va con ella. Entrecierra los ojos. Reconoce una cara. Dice un nombre, y luego menciona otro. Después aparece una cancha, un scrum, una pelea. Cuando la historia parece agotarse, encuentra otra imagen entre las carpetas y vuelve a empezar. La mesa está cubierta por varias escenas de su carrera rugbística: en Los Pumas, en La Naranja, en Los Tarcos, en Lawn Tennis... Fotografías, revistas, recortes, diarios llegados desde Nueva Zelanda y dos gorras. Una pertenece al Mundial de 1987. La otra, al de 1991. Buena parte de ese archivo sobrevivió gracias a su madre. Casi nunca iba a verlo jugar, pero compraba LA GACETA, buscaba las noticias de su hijo, recortaba y guardaba. “Cuando jugaba en el exterior siempre le traía los diarios, pero nunca fui mucho de verlos”, dice.

Molina, en cambio, guardó las historias. Y durante buena parte de su vida prefirió escucharlas antes que contarlas. Tenía 14 o 15 años cuando Hugo Montilla, un vecino con el que compartía el camino hacia los entrenamientos, encontró un apodo que terminaría acompañándolo para siempre: “Tumba”. Luis casi no hablaba. “Siempre fui callado”, reconoce. Lo siguió siendo de grande. En reuniones numerosas prefería escuchar. También le ocurrió cuando llegó a Los Pumas, rodeado de jugadores que apenas conocía. Necesitaba confianza para soltarse. Algo de aquello todavía permanece. Al comienzo mide las respuestas. Después aparece una fotografía. Luego otra. La confianza hace el resto. “Ahora estoy como todo viejo: hablo de más”, bromea.

RECUERDOS. Luis “Tumba” Molina posa junto a fotografías, recortes y objetos que reconstruyen una carrera que lo llevó a disputar dos Mundiales con Los Pumas. Diego Aráoz/LA GACETA.

Otra fotografía lo lleva hasta el Parque 9 de Julio. Tenía 10 años cuando siguió a uno de sus hermanos a la vieja cancha de Los Tarcos. Ni siquiera existía una categoría para su edad y durante el primer año apenas jugó seis partidos con chicos mayores. Vivía en la zona de Muñecas y Santiago. El parque, por aquellos años, era la meca del rugby tucumano y estaba a unas cuadras.

Tampoco nació pilar. Era tercera línea y estaba haciendo el servicio militar cuando Los Tarcos se quedó prácticamente sin primeras líneas. César “Cacho” Zelarayán y Juan Carlos “Pavo” López detectaron que podía funcionar allí. Una solución de emergencia terminó convirtiéndose en su puesto. “A todos nos gusta ser apertura”, se ríe. Si hubiese insistido, admite, probablemente no habría llegado demasiado lejos.

ORÍGENES. Luis “Tumba” Molina participa de una formación con Los Tarcos, el club en el que comenzó a jugar al rugby a los 10 años y donde desarrolló buena parte de su carrera.

En cambio llegó a la Naranja. Una fotografía lo devuelve a 1982. Los Pumas visitaron a Tucumán en Atlético Concepción y el partido terminó calentándose. En una trifulca, Molina empujó a Hugo Porta. El apertura, según recuerda “Tumba”, le dijo que así no iba a jugar nunca en Los Pumas. “Se tropezó con un compañero, se levantó y me dijo que no iba a llegar nunca”, recuerda. Molina cuenta la escena como otra anécdota de aquellos años. Tucumán todavía estaba construyendo algo mayor. Había estado por detrás de Córdoba, Rosario y Mendoza, pero una generación comenzaba a discutir ese orden. El campeonato Centro de la República de 1979 había sido una señal. Aquel partido, otra.

ÉPOCA. Luis Molina en acción con la camiseta de Tucumán, seleccionado con el que conquistó seis Campeonatos Argentinos.

Tres años después regresó a Atlético Concepción. Esta vez enfrente estaba Francia. El 18 de junio de 1985, los franceses derrotaron 24-7 a Tucumán. “Tumba” habla de aquella derrota como otros hablan de una final ganada. En el scrum se libraba otra batalla. Los franceses tenían una ventaja física considerable y Molina, que rondaba los 100 kilos, buscaba meterse debajo de pilares mucho más pesados.

POTENCIA. Luis “Tumba” Molina avanza con la pelota durante uno de los partidos de una carrera en la que hizo de la fortaleza física una de sus principales características.

En una formación comenzaron los golpes. Primero no sabía quién le pegaba. Después encontró al responsable y reaccionó. Terminó con la nariz quebrada, dos dientes menos y una fractura en el pómulo. Francia ganó. Molina se quedó con otra cosa. “Ese partido para mí ha sido el que nos ha llevado al estrellato a Tucumán”, asegura. Sintió que desde aquella tarde empezaron a mirar de otra manera al rugby provincial.

Para entonces, aquel muchacho tranquilo se había convertido en uno de los pilares de una generación que cambiaría la historia de la Naranja. Durante más de una década compartió la primera línea con Julio Coria y Ricardo Le Fort. Afuera podía pasar inadvertido. Adentro del scrum, no.

BATALLA. Molina se prepara para una formación con la camiseta de Tucumán, el seleccionado con el que conquistó seis Campeonatos Argentinos.

Ese mismo 1985 llegó a Los Pumas. Se convirtió en el Puma 398 y debutó frente a Chile, por el Sudamericano, el 19 de septiembre.

Una de las gorras sobre la mesa lo lleva a 1987. Cuatro tucumanos habían sido convocados a la preselección para la primera Copa del Mundo: Molina, Pedro “Perico” Merlo, Sergio Bunader y Ricardo Le Fort. A Nueva Zelanda llegó uno: “Tumba”.

Durante meses alternó las concentraciones en Buenos Aires con los regresos a Tucumán mientras intentaba terminar Farmacia. Allí volvió a aparecer el Molina de siempre. En un grupo nuevo prefería escuchar. Compartió habitación con Eliseo “Chapa” Branca. “Preguntaba de todo”, recuerda sobre quien terminaría convirtiéndose en uno de sus amigos.  Cuando supo que estaba entre los elegidos se “enloqueció”. Argentina acababa de conquistar el Mundial de fútbol de México 1986 y hasta ellos se permitieron imaginar algo parecido. “Pensábamos que íbamos a salir campeones del mundo también”, recuerda entre risas. No ocurrió. Los Pumas vencieron a Italia, perdieron contra Fiji y quedaron eliminados después de enfrentar a los All Blacks. Algunos compañeros aprovecharon el viaje para quedarse de vacaciones. Molina no tenía ánimo. “No tenía ganas de hacer nada. Yo ahí nomás he vuelto”, recuerda.

PRIMERA LÍNEA. La prensa neozelandesa puso el foco en Luis Molina y Serafín Dengra antes del duelo de Los Pumas contra Waikato.

Volver sería una constante. Tuvo oportunidades para jugar en Europa. Después del Mundial de 1991 apareció otra propuesta. Ya era farmacéutico, tenía trabajo y empezaba a imaginar una familia. También reconoce una razón menos heroica: tenía miedo de no adaptarse. Eligió Tucumán.

Hubo, sin embargo, un lugar del que terminó yéndose. Los Tarcos había sido su casa desde los 10 años. Una disputa interna quebró aquella relación. Molina entendía que determinadas conductas no podían tolerarse simplemente porque alguien fuese importante para ganar. “Yo doy más prioridad a la persona que al buen jugador”, explica. Finalmente se marchó. “Es como cuando te peleás con tu hermano”, dice. Terminó en Lawn Tennis, donde ya estaban sus hermanos.

PUMAS. Luis “Tumba” Molina se afirma en el scrum durante uno de sus partidos con la Selección, con la que disputó los Mundiales de 1987 y 1991.

Molina toma la otra gorra. Cuatro años antes había sido el único tucumano que atravesó el último corte. Para 1991, la presencia provincial se había multiplicado. También había cambiado la Naranja que Molina conoció de chico. Fue campeón argentino en 1985, 1987, 1988 y 1989. Todavía sumaría los títulos de 1992 y 1993. Seis campeonatos para alguien que había comenzado en un Tucumán que todavía perseguía a otros seleccionados.

El hombre que fuera de la cancha hablaba poco había encontrado en el scrum un idioma para el que no necesitaba palabras. Sin embargo, cuando mira la gorra de 1991, no recuerda primero los campeonatos. Recuerda una pelota. Contra Gales, “Tumba” recibió cerca del ingoal. Se le cayó. Pasaron 35 años. Todavía recuerda aquel knock-on.

Así funciona su memoria. Los papeles pueden contar los títulos. Las fotografías pueden mostrar al Puma. Las gorras certifican que fue el primer tucumano en disputar una Copa del Mundo y que cuatro años después volvió a estar allí. Él recuerda también lo que salió mal.

NUEVA ETAPA. Molina en acción con Lawn Tennis, el club en el que continuó su carrera después de una dolorosa salida de Los Tarcos.

El tiempo cambió más su manera de hablar que su manera de recordar. Cuando dejó de jugar, la farmacia y la familia reclamaban otro espacio. Nunca quiso ser entrenador porque no le gustaba quedar atado a horarios. Sin embargo, cuando algún club lo invitaba a trabajar con sus forwards, podía quedarse durante horas enseñando. También podía quedarse hablando. Como ahora.

La conversación vuelve a la mesa. Ya queda poco del hombre que al comienzo esperaba cada pregunta antes de responder. Molina hace chistes. Interrumpe una historia porque recordó otra. Encuentra compañeros en fotografías tomadas cuatro décadas atrás. Cuando le preguntan qué le quedó pendiente, podría enumerar todo lo conseguido. Seis campeonatos argentinos. Los Pumas. Dos Mundiales. Haber sido el primer tucumano en llegar a uno. Pero vuelve a aquello que faltó. “Uno siente que ha fracasado”, admite cuando piensa en aquellos Mundiales.

NARANJA. Luis “Tumba” Molina, con el saco de la Unión de Rugby de Tucumán, durante una de sus concentraciones con el seleccionado provincial.

Las gorras de 1987 y 1991 permanecen sobre la mesa. Alrededor están los recortes que guardó su madre y las fotografías capaces de devolverlo a otra época. La conversación parece terminada. Molina encuentra otra imagen. La levanta. Entrecierra los ojos. Reconoce una cara. Y empieza a contar otra historia.