Hay una tradición que se repite cada septiembre en Salta y que comienza mucho antes de que las imágenes del Señor y la Virgen del Milagro salgan a las calles. Durante tres días, familias enteras trabajan en silencio para preparar uno de los símbolos más reconocibles de la celebración: las enormes coronas de claveles que acompañan a las imágenes durante la procesión.

No se trata simplemente de una tarea de ornamentación. Detrás de cada flor hay una historia familiar y, para muchos fieles, también un pedido, una promesa o un agradecimiento.

La tradición distingue a las dos imágenes por el color de las flores. El Señor del Milagro es acompañado por los claveles rojos, mientras que la Virgen del Milagro lleva una verdadera nube de claveles blancos.

"La Virgen camina en una nube de claveles blancos y el Señor con claveles rojos", explicó Alicia, una de las mujeres que desde hace años participa de la preparación de las coronas. Para ella, formar parte de este ritual representa "un momento de paz, esperanza y reflexión profunda".

Tres días para preparar las coronas del Milagro

El trabajo comienza varios días antes de la procesión. Los claveles son aportados por los propios fieles y también entregados por la Catedral. Cada una de esas flores termina incorporándose a las coronas que adornan las imágenes.

La tarea requiere paciencia y dedicación. Durante tres días, las familias encargadas de esta tradición seleccionan, acomodan y preparan los claveles para conseguir la ornamentación que acompañará al Señor y a la Virgen durante su recorrido por las calles de Salta.

Pero las flores tienen además otro destino.

Aquellos claveles que se desprenden o se rompen no son descartados. Se transforman en los pétalos que luego caen desde el campanario de la Catedral cuando las imágenes regresan al templo después de la procesión.

Así, una misma flor puede acompañar distintos momentos de la celebración y formar parte de una ceremonia que año tras año reúne a miles de salteños.

Una tradición familiar que lleva más de 120 años

La historia de las coronas está también ligada a una familia que lleva más de un siglo manteniendo vivo este oficio.

Alicia contó que pertenece a la sexta generación que participa de la confección de las coronas. La tarea, explicó, fue pasando dentro de la familia de una generación a otra.

"Soy de la sexta generación que realiza las coronas. Esto se transmite de abuela a madre y de madre a hija", relató.

Son más de 120 años de una tradición que sobrevivió al paso del tiempo y que todavía encuentra nuevas manos dispuestas a continuarla.

Para quienes participan de la preparación, además, cada clavel tiene un significado que va mucho más allá de su valor decorativo.

"Cada clavel lleva un pedido o un agradecimiento de la gente", señaló Alicia.

Por eso, cuando las coronas quedan finalmente terminadas, no representan solamente horas de trabajo. También reúnen las intenciones de miles de personas que, de una manera u otra, buscan estar presentes en la celebración del Milagro.

El rojo y el blanco que acompañan la fe de los salteños

Durante la procesión, las coronas se convierten en parte de la imagen que cada año vuelve a conmover a Salta: el rojo alrededor del Señor y el blanco acompañando a la Virgen.

La combinación de colores se convirtió con el paso de las décadas en una postal inseparable de la Fiesta del Milagro.

Detrás de esa imagen, sin embargo, hay una historia mucho más íntima: familias que durante generaciones aprendieron un oficio, personas que dedican jornadas enteras a preparar cada flor y fieles que entregan sus claveles como expresión de fe.

Cuando finalmente las imágenes vuelven a la Catedral, los pétalos que caen desde lo alto completan ese ritual. Una lluvia de flores despide la procesión y cierra, al menos por ese año, un trabajo que comenzó varios días antes y que volverá a repetirse cuando llegue nuevamente septiembre.

Porque en Salta, las coronas del Señor y la Virgen del Milagro no son solamente flores: son también memoria, herencia familiar, pedidos, agradecimientos y una tradición que continúa pasando de generación en generación.