La inteligencia artificial puede escribir, responder preguntas, resolver problemas, generar imágenes y hasta mantener una conversación que parece humana. Pero ¿puede pensar como una persona? ¿Puede tener conciencia? ¿Puede comprender las consecuencias de sus decisiones? Y, sobre todo, ¿qué ocurre con los seres humanos cuando comienzan a delegar en las máquinas capacidades que durante siglos fueron consideradas propias?
Esas fueron algunas de las preguntas que atravesaron el primer panel de Expocon 2026, dedicado a la encíclica “Magnifica Humanitas”, el documento firmado por el papa León XIV que reflexiona sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial. La encíclica fue firmada el 15 de mayo de 2026 y propone justamente poner la tecnología en diálogo con la dignidad humana, el bien común y la responsabilidad.
El encuentro reunió a Alejandra Ferraro, exdirectora global de Recursos Humanos de Accenture; José Funes, doctor en Astronomía y licenciado en Filosofía; Hugo Leonardo Rufiner, investigador principal del Conicet; y Gustavo Riesgo, director de Paideia, con Luis Galeazzi como moderador.
La discusión tuvo un punto de partida si la IA no debería ser pensada solamente como una herramienta tecnológica. También obliga a preguntarse qué sociedad se está construyendo con ella.
“¿Qué estamos construyendo? ¿Qué sociedad estamos construyendo?”, planteó Ferraro al explicar uno de los ejes de la encíclica papal. Para la especialista, el documento utiliza dos imágenes bíblicas para pensar ese desafío: la Torre de Babel y la reconstrucción de Jerusalén.
En la primera, explicó, aparece una construcción marcada por el afán de poder y el lucro, que termina dejando personas afuera. En la segunda, la reconstrucción de Jerusalén comienza con una pregunta, con la participación de distintas voces y con una construcción colectiva.
La diferencia, según Ferraro, sirve para pensar el desarrollo tecnológico actual. No alcanza con preguntarse qué puede hacer la inteligencia artificial. También hay que preguntarse para qué se la utiliza y qué consecuencias tiene aquello que se construye con ella.
Economía del Conocimiento en Tucumán: qué temas se debatirán en la ExpoconAsí, uno de los conceptos más fuertes que apareció durante el panel fue el de la “deuda cognitiva”.
Ferraro advirtió que así como un músculo pierde capacidad cuando deja de ejercitarse, algo similar puede ocurrir con determinadas capacidades del cerebro cuando las personas delegan de manera permanente tareas intelectuales en herramientas tecnológicas.
La especialista citó un estudio realizado por el MIT para explicar esa preocupación. Según relató, distintos grupos resolvieron tareas con diferentes niveles de asistencia tecnológica y posteriormente se evaluó no solamente el resultado sino también su capacidad para explicar lo que habían hecho.
El problema, sostuvo, aparece cuando la herramienta resuelve una tarea pero la persona deja de comprender el proceso.
“Un riesgo es perder la capacidad de discernir, de tener juicio, de poder elegir, de tener conciencia de los actos con los que nos encontramos”, afirmó.
La advertencia no apunta a rechazar la tecnología. Ferraro se definió como una persona “pro tecnología”. El desafío, en cambio, es evitar que la comodidad termine reemplazando el ejercicio del pensamiento.
Una máquina no es una persona
Para Rufiner, una de las claves para entender el fenómeno consiste en no confundir la capacidad de una máquina para reproducir determinados resultados con la existencia de una inteligencia humana detrás de ellos.
El investigador recordó que la inteligencia artificial tiene sus raíces formales en la década de 1950 y que una de las preguntas que impulsó el campo fue si una máquina podía pensar.
Pero la tecnología evolucionó y hoy la pregunta adquiere otra dimensión. “Hay que distinguir cuando estamos frente a alguien y frente a algo, una herramienta”, sostuvo.
El investigador fue categórico al referirse a la conciencia: “La respuesta corta es: aquí no hay conciencia”.
Las máquinas pueden actuar de manera autónoma durante determinados períodos, explicó, pero eso no significa que sean autónomas en el mismo sentido que una persona. La autonomía técnica no equivale a libertad, conciencia ni responsabilidad.
El cuerpo también importa
Gustavo Riesgo llevó esa discusión un paso más allá. El problema, sostuvo, no es solamente distinguir entre una máquina y un cerebro humano, sino evitar pensar que una persona es simplemente un cerebro capaz de procesar información.
Para Riesgo, una diferencia fundamental está en la organicidad de la persona. “Nosotros no tenemos un cuerpo, somos un cuerpo y una mente encarnada en ese cuerpo”, explicó.
Una máquina puede tener partes, componentes y una enorme capacidad de procesamiento, pero eso no significa que posea aquello que caracteriza a la experiencia humana.
El especialista llamó la atención también sobre el modo en que hablamos de la IA. Palabras como “aprender”, “razonar” o “inteligencia” pueden utilizarse de manera analógica, pero si se las toma literalmente pueden llevar a una confusión.
El peligro aparece cuando esa analogía deja de ser una forma de explicar la tecnología y empieza a convertirse en una forma de definir qué es una persona.
La pregunta por el futuro
José Funes aportó otra dimensión al debate: la del futuro. El sacerdote doctor en Astronomía y licenciado en Filosofía recordó que nadie puede construir por sí solo una respuesta sobre cuál será la mejor manera de atravesar la transformación tecnológica.
“Seguimos perdiendo el tiempo”, dijo, al referirse a la necesidad de pensar qué futuro se está construyendo.
Para Funes, la pregunta no debería ser únicamente qué tecnología quedará disponible en los próximos años, sino qué planeta y qué humanidad recibirán las generaciones que vienen. “¿Qué patria, qué planeta, qué humanidad le dejamos a ustedes? Ese es el desafío”, planteó.
En esa construcción, sostuvo, no existe una única mirada capaz de resolverlo todo. Hace falta una perspectiva que reúna distintas disciplinas y experiencias.
“Nadie puede solo”, afirmó.
La idea coincide con uno de los planteos centrales de Magnifica Humanitas en la que la inteligencia artificial no puede ser evaluada únicamente por su eficiencia. La encíclica sostiene que la tecnología debe ser examinada según su impacto sobre las personas, la justicia, las oportunidades y las generaciones futuras.