En la escena política, Javier Milei insiste en profesar su fe libertaria con un dogmatismo sin fisuras. Su negativa a cualquier flexibilización lo coloca como guardián de la pureza doctrinaria, reforzada con berrinches, insultos a periodistas o bajadas de línea ante estudiantes, siempre con la culpa apuntada hacia los demás, con el kirchnerismo en primera fila. La pregunta inevitable a formular es si esa rigidez es convicción absoluta o si funciona como una pose: un papel teatral que le permite mantener la “coherencia” en su modo de pensar —para decirlo al modo de Hamlet— mientras otros actores del Gobierno ensayan movimientos más pragmáticos.
Luis Caputo, por ejemplo, dispuso que fondos de la ANSES se canalicen hacia los bancos para hipotecas UVA, apelando a la “justicia social” y al “efecto multiplicador” del crédito, mientras que la secretaría de Trabajo sugirió a los gremios que arranquen la negociación del salario mínimo en un millón de pesos y les adelantó: “avancen que lo vamos a homologar”. Es decir, ortodoxia en la cúspide, pero una dosis de pragmatismo en la gestión económica y laboral, por ahora más de brocha gorda que de sintonía fina. La tensión entre ambos registros alimenta una primera sospecha, la de un juego deliberado, una suerte de policía malo y policía bueno, con épica doctrinaria de un lado y realismo de bolsillo del otro.
La incógnita es si Caputo se cortó solo, si existe coordinación implícita o si Milei, para no manchar su credo, tolera que ciertas dosis de peronismo se filtren en otros despachos. Así, el primer mandatario preserva la narrativa de pureza ideológica, mientras su ministro amortigua el impacto social con medidas que apuntan al consumo. La fórmula puede resultar funcional: el número uno sostiene la épica de la lucha contra la casta y Caputo habilita válvulas de escape para que la economía respire. El resultado es un gobierno que oscila entre la doctrina y la necesidad de administrar la realidad, con la reelección como horizonte.
Es en este punto donde aparece otra pieza del tablero. Todo indica que la jugada ha sido pensada más arriba, porque mientras el Presidente se aferra al catecismo libertario y se encierra cada vez más en sus propias convicciones teóricas, es más que probable que, como siempre, su hermana Karina haya empezado a mover las piezas para darle otro matiz a la campaña electoral. Es allí donde empiezan a aparecer los alfiles necesarios para sostener una nueva situación, dominada por una búsqueda de mayor realismo político.
El único ruido serio para el Gobierno en la semana provino de la postura demasiado rígida de Milei frente a los empresarios, que no cayó bien —sobre todo en el exterior— mirando hacia las elecciones y se tradujo en una suba del riesgo-país, el lastre de estos días. Allí surge una hipótesis que vuelve a enlazar las dos caras de la estrategia: ¿fue por eso que Caputo salió a balancear con gestos de realismo? El contraste se reinstala con nitidez: el Presidente se aferra a sus convicciones y paga los costos financieros, mientras su ministro –hombre de esa vertiente- introduce concesiones para amortiguar la tensión.
En ese tablero, Diego Santilli se ocupa del toma y daca con los gobernadores, mientras el cineasta Santiago Oría desembarcó en la comunicación con un tropiezo de principiante por la exposición pública de los bots encargados de replicar mensajes. Quedó claro: no eran militantes, sino máquinas, un papelón de aquellos, aunque respaldado por “la Jefa”. Todo sea para desplazar también a Santiago Caputo de ese metier y darle aire a un nuevo andamiaje comunicacional. Así, entre doctrina y administración, entre épica, fallidos y concesiones, el Gobierno intenta sostener su equilibrio con la reelección en la mira.
En la semana, el accionar de Milei estuvo en la boca de todos sobre todo por varios temas de fondo que dominaron las conversaciones en la política y en los mercados. Más allá de anuncios puntuales o de las polémicas del día, lo que se discutió de él fueron gestos y procederes que revelan cómo se ejerce el poder y qué impacto tienen en la gobernabilidad. Su prolongada ausencia a la Casa Rosada, tradicional sede del poder, hasta la reunión de Gabinete del lunes último, tras 24 días de ausencia de Balcarce 50, abrió un debate inevitable: ¿se puede gobernar sin presencia física en el corazón del poder?
Es cierto que hoy la tecnología permite comunicación fluida y decisiones a distancia, pero la política —como ocurre en las empresas— también se nutre de lo informal, de los gestos y de la percepción de autoridad. Incluso del semblanteo a los Granaderos o de las preguntas a quienes sirven el café en los despachos. Una ausencia prolongada corre el riesgo de ser interpretada como vacío y es sabido que en política los vacíos siempre tienden a ser ocupados. La presencia ordena jerarquías y marca el centro de gravedad del poder y sin ella, la conducción puede desdibujarse. Como recuerda el refrán: “el ojo del amo engorda el ganado”.
La polémica por las formas presidenciales también tuvo su capítulo. Desde los insultos a Marcelo Bonelli hasta el discurso ante los alumnos de la ORT, Milei volvió a poner en cuestión el valor de las formas. Allí desplegó un mensaje de casi cuarenta minutos que mezcló economía, religión y política en tono proselitista: vinculó sus ideas con la “ley de Dios”, descalificó a la oposición como “sucia” y alentó a los jóvenes a abuchear al periodismo. Ex directivos y padres lo interpretaron como un gesto disruptivo y discutible, porque trasladó la confrontación política a un ámbito que debería fomentar pensamiento crítico y pluralismo.
El episodio reavivó la discusión sobre el uso de espacios educativos para bajar línea ideológica. El oficialismo había denunciado prácticas similares durante el kirchnerismo, lo que genera una contradicción evidente. Al presentar sus ideas como principios divinos y al hostigar a la prensa frente a estudiantes próximos a votar, Milei reforzó la identificación personalista de su liderazgo y naturalizó la confrontación como parte de la formación. En lugar de abrir un debate plural, instaló un mensaje de adhesión obligatoria.
En definitiva, lo ocurrido en la ORT no fue un exabrupto aislado, sino un síntoma de cómo el Presidente concibe la comunicación política: como batalla cultural, incluso en espacios donde debería primar la neutralidad institucional. Así, la escuela quedó convertida en escenario de adoctrinamiento libertario, con el riesgo de erosionar no sólo la convivencia democrática, sino la confianza en la educación como espacio de libertad.
Todo esto no se trata de solemnidad ni de hipocresía, sino de comprender que el lenguaje presidencial arrastra representación institucional. La espontaneidad puede ser celebrada en redes, pero cuando se naturalizan los exabruptos desde la cima del Estado, lo que se deteriora no es sólo la imagen personal, sino la autoridad de la institución presidencial. Las formas, en definitiva, no son un adorno, sino parte del ejercicio mismo del poder.
Por otra parte, la descalificación sistemática de la prensa y la construcción de una victimización permanente son rasgos clásicos del populismo, combinados ahora con los primeros gestos de pragmatismo económico en clave electoral. Al convertir al periodismo en actor opositor, la rendición de cuentas se transforma en una saga épica contra los poderes ocultos. Así, el ataque al árbitro desplaza el foco del contenido hacia la supuesta intencionalidad del emisor, blindando la credibilidad del núcleo propio de seguidores. No se trata de convencer al escéptico, sino de consolidar un terreno de hechos alternativos donde el líder se erige como encarnación de la voluntad popular.
Entre tanto dogma y pragmatismo, entre épica y concesiones, lo que ya se insinúa es que la campaña respira en cada gesto. Ocurre que, en política, nunca está del todo pintada la pared, ya que siempre queda un rincón sin cubrir una vez pasada la primera pintura. Es seguro que habrá que hacer muchos más retoques hacia adelante porque la oposición también juega.