Santiago Portillo todavía no había nacido y Los Tarcos ya ocupaba un lugar en su historia. Su madre estaba embarazada de ocho meses cuando decidió ir a la cancha para ver una de las definiciones. “Siempre me dice: ‘Si ese día no te parí…’”, contó entre risas, aunque esa breve anécdota explica su vínculo con el “Rojo”.
Después llegó todo lo demás. Una infancia íntegra en el club, dos Mundiales juveniles, Argentina XV, la oportunidad de Jaguares que una lesión frustró, el salto al profesionalismo, cinco años en Italia y, finalmente, un campeonato histórico con Valorugby Emilia. A los 30 años, sin embargo, Portillo empieza a imaginar que el último capítulo deberá escribirse exactamente donde comenzó el primero. “Antes del retiro tengo que jugar un año en Tarcos”, aseguró.
La posibilidad todavía no tiene fecha. Portillo está iniciando su sexta temporada en Italia y siente que físicamente tiene rugby por delante. El año pasado cambió de club después de cuatro temporadas en un equipo acostumbrado a transitar entre la mitad y la parte baja de la tabla.
Valorugby lo sedujo con una ambición distinta: quería ser campeón; un objetivo que parecía enorme para una institución que llevaba 80 años sin siquiera alcanzar las instancias decisivas del campeonato. Sin embargo terminó cumpliéndose. “Fue algo histórico acá en Reggio Emilia. Una locura”, resumió.
La dimensión de aquella conquista se entendió mejor fuera de la cancha. Reggio Emilia es una ciudad en la que el fútbol y el básquet suelen ocupar el centro de la escena deportiva, y el rugby aparece varios escalones por detrás. Sin embargo, el equipo fue arrastrando gente durante la temporada hasta provocar algo desconocido después de la final. “Durante cinco días íbamos al centro o a los bares y la gente nos frenaba: ‘Son los campeones de Italia, increíble lo que lograron’. Eso no nos había pasado durante todo el año”, recordó.
El título se convirtió en uno de los grandes logros de su trayectoria, aunque existe una conquista que todavía coloca por encima. “Mi sueño como jugador siempre fue salir campeón con el club. Incluso antes de decir ‘quiero jugar en algún seleccionado nacional’. Salir campeón con Tarcos fue tocar el cielo con las manos”, afirmó.
Su vínculo con el “Rojo” excede largamente los partidos que disputó. Su padre fue jugador y durante su infancia el club funcionó prácticamente como una segunda casa. “Me acuerdo de ir a las ocho de la mañana y volver a las nueve de la noche. Conozco a todos; mi infancia la pasé ahí”, explicó.
Una espina en la carrera de Portillo
Antes de construir una carrera profesional en Europa, estuvo cerca del máximo nivel del rugby argentino. Jugó dos Mundiales juveniles, integró Argentina XV y apareció en el radar de Los Pumas y Jaguares. El salto definitivo, sin embargo, siempre encontró algún obstáculo.
En una convocatoria recibió una suspensión posterior a un partido por una acción de juego y no pudo incorporarse. Más tarde apareció una oportunidad con Jaguares, pero llegó lesionado. Había decidido seguir jugando pese a las molestias y, al realizarse los estudios, descubrió que el problema era considerablemente mayor. Tuvo que detenerse durante seis meses. “Siempre me pasaban cosas. Yo lo pensaba como si no estuviera hecho para jugar a ese nivel”, reconoció. “La mentalidad que tengo ahora me hubiese gustado tenerla cuando era chico. Si hubiese sido así, creo que me comía el mundo”, agregó.
La frase resume una de las contradicciones que todavía aparecen al revisar su carrera. Asegura que no se arrepiente de nada, pero admite que existe una cuenta pendiente. “Si bien tengo número Puma, me hubiese gustado jugar un partido. Eso quedó pendiente”, señaló.
La persecución de aquel sueño había empezado mucho antes. En su último año de colegio calcula que asistió a apenas 80 de unos 200 días de clases. El resto se repartió entre viajes, concentraciones, seleccionados y entrenamientos. No fue a Bariloche y tampoco compartió muchos momentos con sus amigos. La intensidad de aquella etapa todavía aparece, incluso, de una manera insólita. “Mi esposa se ríe porque a veces me levanto agitado pensando que no terminé el colegio”, contó. “Hay cosas que uno deja de lado para apuntar a esto. No me arrepiento de nada”.
Un camino difícil
Su recorrido también le permitió conocer una realidad que atraviesa a muchos jugadores tucumanos: la enorme distancia entre destacarse en el rugby local y conseguir vivir del deporte. “Es difícil. Tiene mucho que ver con los contactos y también con un poco de suerte”, explicó. .
Italia se convirtió en uno de los destinos donde el argentino encontró mayor espacio. Los entrenadores valoran especialmente una característica que Portillo considera heredada del amateurismo. “Nos aprecian mucho por la dedicación y la pasión. Te cortás un tendón y querés jugar igual; se te sale un dedo y pedís que te lo acomoden porque querés seguir”, graficó.
También existe una cuestión económica; contratar jugadores argentinos suele resultar más accesible para los clubes. Según explicó, un recién llegado puede cobrar entre 1.000 y 2.000 euros mensuales, habitualmente con vivienda y vehículo cubiertos, mientras que un jugador consolidado puede moverse entre los 2.000 y 3.500.
El crecimiento de esa migración también empezó a generar resistencia. “Hay gente del rugby italiano que está un poco cansada y dice que deberían fomentar más a sus jugadores”, reconoció.
El problema, según su mirada, es más profundo. Considera que el rugby italiano atraviesa una crisis que se profundizó después de la pandemia: disminuyeron patrocinadores, recursos y público y varios clubes comenzaron a funcionar bajo esquemas semiprofesionales. A eso se suma una estructura juvenil que no siempre alcanza para alimentar a los planteles superiores.
La experiencia europea también modificó su vida fuera del rugby. Vive en Italia junto a su esposa y a sus hijos, y encontró una rutina mucho más estructurada que la que tenía en Argentina. Se levanta alrededor de las 6.50, se entrena durante la mañana, regresa a casa cerca de las 14 y dedica la tarde a la familia: colegio, fútbol, natación o alguna salida. Cerca de las 21.30, generalmente, el día está terminado. “Acá es todo mucho más organizado”, comparó.
La adaptación tuvo sus costos, por ejemplo la distancia con familiares y amigos, y el idioma. Por eso, no imagina una estancia definitiva en Italia. “Si vuelvo a Argentina es para quedarme. Tengo mis cosas armadas y el día que vuelva sé que no voy a estar mal”, explicó, pensando en un regreso a Los Tarcos.
Sigue siempre al club y considera que el “Rojo” atraviesa un recambio después de la salida de varios referentes. Su padre también analiza volver a involucrarse y Portillo no descarta hacer lo mismo después del retiro.
Sin embargo aún tiene contrato hasta el final de la temporada y percibe que Valorugby pretende renovarlo, aunque su prioridad inmediata es otra. Disputó el tramo decisivo del campeonato lesionado y los estudios posteriores detectaron un importante edema en la zona lumbar y cercana a la pelvis. Lleva más de un mes detenido y todavía tiene algunas semanas de recuperación por delante.
Eso sí, no quiere colocarle una fecha artificial a una carrera que todavía disfruta. “El día que deje de divertirme, me retiro”, remató.
Portillo encontró en Italia lo que fue a buscar. Hizo del rugby una profesión, construyó una vida lejos de Tucumán y terminó levantando un campeonato que su club nunca había ganado. Los Pumas quedaron como aquella pregunta que posiblemente nunca tenga respuesta y Europa todavía puede ofrecerle algunas temporadas más. Pero él piensa que el círculo sólo podrá cerrarse de una manera: otra vez con la camiseta de Los Tarcos.