NOVELA: PRINCIPIO, MEDIO, FIN / POR VALERIA LUISELLI - (Feltrinelli - Barcelona)

“En el principio, eran una madre y una hija”. Así comienza esta historia y no queda muy claro de qué principio habla, si de los tiempos o de la novela. Pero, lo que sí queda claro es que es femenino y que, más que un principio es un volver a empezar luego de un divorcio y de una crisis creativa que llevarán a la protagonista a emprender, junto a su hija, un viaje hacia la semilla, el reverso del viaje que su abuela había hecho desde Catania trayendo un mosaico del dios Proteo, robado de una tumba romana.

Con el fantasma del alzheimer rondando a su madre, y como en un juego de espejos, escribe este relato de viajes para ella, mientras revisita la tradición cultural europea y elige a Plinio como su dios tutelar, con el telón de fondo de la erupción del volcán Etna y la catástrofe inminente, mientras su hija colecciona viejas postales en las que escribe, en el reverso, su propia novela.

Valeria Luiselli: “Las mamás nos enseñan a hablar y luego el mundo no hace más que callarnos”

Escrito junto a la Historia Natural de Plinio, esa enciclopedia de la Antigüedad de todo lo existente y contra La Odisea y la idea de patrimonio masculino como herencia cultural, elige la genealogía de mujeres como transmisora de saberes. Pero si hay un autor que ilumina este relato es Borges, quien construyó su propio camino en la literatura, al hacer de la lectura desviada de la tradición su modus operandi.

Y si el viaje de la protagonista se parece más a una fuga o a “un plan maestro”, le servirá a la vez para encontrar la libertad de reinventar su relación con la escritura, con la maternidad y con el deseo. Un viaje que también emprenderá por la historia y el origen de las palabras, haciendo de la etimología su oráculo personal, y en el que descubrirá el sentido de la palabra griega “catástrofe”, como el momento previo al final, donde se desata el nudo del conflicto, y en el que finalmente podrá encontrar, en el sonido del tecleo de la computadora, la propia casa.

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Por María Eugenio Villalonga