El casino ya no queda detrás de una puerta reservada para adultos. Está en el celular, disponible a toda hora y mezclado con el fútbol, las redes sociales, los videojuegos y las conversaciones entre amigos.

Seis estudiantes tucumanos describieron esa realidad en el ciclo “Panorama Tucumano”. Contaron que algunos chicos conocen las plataformas desde los 10 o 12 años, saben cómo obtener una cuenta y encuentran distintas maneras de sortear los controles de edad.

El Mundial expuso hasta qué punto las apuestas ingresaron en la vida escolar. Mientras los profesores daban clase, algunos alumnos pedían sus celulares o preguntaban por los resultados porque un gol, una tarjeta o un tiro de esquina podían hacerles ganar o perder dinero. Según estimaron los entrevistados, seis o siete de cada 10 compañeros de su entorno habían apostado durante el torneo.

También hablaron de las historias que circulan entre pares: un joven que mostró haber ganado $1 millón y otro que habría vendido muebles de su casa para pagar deudas. Las ganancias se comparten, se celebran y funcionan como publicidad; las pérdidas suelen ocultarse, aunque detrás queden préstamos, mentiras y nuevos intentos por recuperar el dinero. Ese relato incompleto se potencia con la publicidad que aparece en transmisiones deportivas y contenidos de influencers. La apuesta se presenta como entretenimiento, habilidad o una oportunidad de ganar plata rápido, mientras se vuelve menos visible que el negocio necesita que la mayoría pierda. El dinero digital parece facilitar todavía más el acceso. En una billetera virtual, la plata puede sentirse como una cifra en la pantalla: el monto destinado a una hamburguesa o una salida se transfiere en segundos, sin la percepción concreta de estar entregando billetes.

Los testimonios forman parte de una serie de artículos que LA GACETA viene publicando sobre las apuestas online entre menores. La cobertura aborda el acceso temprano, su impacto en las aulas y la salud mental, el papel del dinero digital, la promoción mediante influencers, las responsabilidades empresariales y el circuito informal de los “cajeros”.

La normativa establece que los menores de 18 años no pueden apostar. Sin embargo, las leyes parecen quedar en letra muerta si los controles pueden eludirse con cuentas ajenas o intermediarios que operan por WhatsApp, como contaron los jóvenes. La responsabilidad no puede recaer solamente sobre los adolescentes ni quedar encerrada en cada familia. Las empresas deben demostrar que sus controles funcionan; el Estado debe fiscalizar, las escuelas necesitan herramientas para intervenir y los adultos tienen el desafío de poder conversar sin limitarse al castigo.

Los chicos ya advirtieron lo que ocurre y pusieron el problema sobre la mesa. Escucharlos debería llevarnos a preguntarnos qué modelo de entretenimiento estamos naturalizando y por qué un negocio destinado a adultos se instala en los bolsillos, las aulas y la vida cotidiana de los menores.